Como era de esperar la iglesia católica no se quedó de brazos cruzados. Los reformadores habían ido demasiado lejos. Había que hacer algo que estuviera a la altura de aquel movimiento herético que comenzaba a desestabilizar todo. ¿La respuesta católica? Una reforma propia, es decir, una Contrarreforma.

 Corría el mes de noviembre de 1545 cuando, bajo la égida de Pablo III, en el pueblito italiano de Trento se reunió la crema y nata de la jerarquía católica: veinticinco obispos y cinco superiores generales de órdenes religiosas dieron inicio al plan programático de la Contrarreforma. Este importantísimo evento, conocido como Concilio de Trento, se extendió hasta el 13 de diciembre de 1563, fecha en que concluyó con Pio V  a la cabeza.

 En medio de contradicciones, intrigas, juegos de poder, intereses, plagas, se dieron  resultados destinados a mejorar la fisonomía de una iglesia que comenzaba a marchitarse. 

 A partir de aquel momento la ética de los obispos estaría en la mira. Se dictaminaba que no podían aprovecharse de los fieles para acumular riquezas y que debían residir en sus respectivas diócesis. El celibato clerical se mantendría intachable. Los párrocos tenían que predicar los domingos y los días de fiestas religiosas, además de registrar cuidadosamente fallecimientos, matrimonios y nacimientos.

 El papa continuaba siendo la máxima autoridad, del mismo modo que la santa Madre Iglesia seguiría siendo el Cuerpo de Cristo, que garantizaba la salvación de los seres humanos.  Obras y fe salvarían al hombre y no, como aseveraba el herético Lutero, solamente la fe (Sola fide). El hombre no estaba condenado de antemano, así que de paso se rechazaba de plano la teoría de la predestinación que con tanto ahínco defendió Calvino. La misa, los santos y la existencia del purgatorio se mantenían intactos.

 

Dos cosas sucedieron en el Concilio que resultan de vital interés para una historia de la lectura; ambas están estrechamente relacionadas. La primera es la reinstauración de la “santa” inquisición, que había sido creada en el siglo XIII y temida por todos desde entonces; la segunda fue la creación, en 1557, del Index librorum prohibitorum et exporgatorum, un  índice que consignaba los libros, pasajes y autores prohibidos por la iglesia católica.  Pero vayamos despacio. El asunto es más complejo de lo que parece.

 Un decreto fechado el 7 de abril de 1546 afirmaba que, como sucedía con la Biblia, la Tradición debía ser recibida con reverencia. Mientras los protestantes animaban al público lector a acercarse directamente a las escrituras (si bien, como ya vimos, terminaron dictando pautas e intentando sustituir la Biblia por sus propias versiones de la Palabra), los católicos insistían en la dicotomía de roles entre prelados y fieles.

 Los sacerdotes debían influir en la comunidad a través de prédicas; dirigir espiritualmente a los fieles, aconsejarlos y recordarles las “exigencias de la Palabra”; los seglares, en cambio tenían que escuchar atentamente el mensaje de aquellos que se autodenominaban como autoridad en materias bíblicas.

 Recordemos enseguida que estamos en un momento en el que la cosmovisión de la sociedad europea estaba constituida por la religión cristiana de una manera que hoy asombra. Aun no se consolidaba la revolución científica que cambiaría, aunque muy lentamente, el imaginario colectivo. Estamos en un período en el que el humanismo despertaba de su “sueño dogmático”, si se me permite emplear la frase de Kant, pero lo hacía de una manera incipiente. Con razón uno siglos más tarde Max Weber hablará de un “desencantamiento del mundo” para referirse a la nueva cosmovisión que se gestaba en la modernidad, y en la cual santos y demonios retrocedían como actores de glorias pasadas.

 Ya en el cuarto encuentro del Concilio se estableció una lista de libros de la Biblia considerados como católicos y se reconoció a la Vulgata  como la única colección auténtica de Escrituras. Asimismo, se dictaminaba que nadie podría tomarse la libertad “confiando en su propio juicio” de interpretar la Palabra contrariamente a lo que afirmaba la Santa Madre Iglesia, pues ésta era quien determinaba lo que era verdadero y lo que no.

 Como afirma la investigadora Dominique Julia, esta actitud conducía a una doble política: por un lado, se garantizaba el control riguroso de los libros sobre “asuntos sagrados”, que en lo adelante impresores y libreros debían someter a la aprobación del ordinario del lugar. A partir de entonces el Papa debía dar los últimos toques a la tarea de censura elaborada por  una comisión del Concilio, es decir a la “consagración del sistema del Index”, cuya primera edición promulgara Pablo IV. Por otro lado era necesario dedicarse a la producción de literatura destinada a uniformizar las prácticas en el conjunto de la catolicidad. Tal unicidad tendría como núcleo los textos bíblicos, litúrgicos y catequísticos, redactados en lengua latina. 

 Hay algo que ha llamado la atención de los investigadores y que denota la diversidad de puntos de vista en el Concilio: en ningún texto tridentino se habla de prohibir a los seglares la lectura de textos bíblicos.

 Como dice Dominique Julia, “ese silencio era la confesión de un conflicto abierto entre  los Padres conciliares, que los legados pontificios prefirieron soslayar ante la imposibilidad de zanjarlo. Y menos aun se habla de textos litúrgicos: la misa tenía que decirse en latín, y tanto determinadas palabras del canon como las palabras de la consagración tenían que ser pronunciadas submissa voce, con voz contenida”  

 El único documento que recibió aprobación para ser traducido a lenguas vernáculas fue el Catechismus ex Decreto Concilii Tridentini, dirigido explícitamente ad parochos. Eran los sacerdotes los encargados de explicar el contenido al “pueblo fiel”. Y, como es natural, con esto bastaría a los cristianos, a quienes  no les faltaría en lo adelante “casi nada para conocer lo que podían anhelar saber.”  

Para contrarrestar las publicaciones protestantes se puso en marcha un rápido plan de acción para difundir la literatura oficial. Pronto los territorios españoles adoptaron los textos conciliares. En Francia los libreros protestaban por el monopolio que comenzaba a establecerse. La demanda de aquellos textos fue tal que Pio IV llegó a fundar en Roma una especie de oficina para estampar las obras oficiales. Para tal empresa mandó a buscar nada más y nada menos que al gran editor Aldo Manucio y lo invistió con el siguiente privilegio: los impresores y libreros que le contradijeran serían excomulgados de inmediato.

 El Index Librorum prohibitorum se publicó finalmente en marzo de 1564, precedido por reglas especiales para el uso adecuado de las traducciones bíblicas. Según la cuarta regla sólo quedarían autorizadas aquellas personas que tuvieran un permiso escrito del obispo o inquisidor; eso sí, después de que estos últimos hubieran consultado al confesor o al párroco correspondiente. Naturalmente, el permiso sólo se otorgaba  a personas “sabias y piadosas” que fueran incapaces de extraer “no daño, sino un incremento de fe y piedad”.

 Pero si a usted, estimado lector, no le parecen suficientes tales retorcimientos,  sepa que ya en 1593, Clemente VIII retiró el permiso, no ya de leer las traducciones vernáculas  a las almas “sabias y piadosas”, sino a los propios obispos de conceder los permisos de lectura. De ahora en adelante nadie podría leer, ni poseer Biblias en lenguas vernáculas. Todos los índices posteriores hasta el siglo de las luces mantuvieron esta prohibición, hasta que Benedicto XVI, en 1757, dejó de mencionarla.

 Entonces comenzaron a proliferar las traducciones de las Santas Escrituras. Felipe Scío de san Miguel, obispo de Segovia, realiza la primera traducción completa de la Vulgata al español, que aparece en Venecia de 1791 a 1793; Antonio Pereira de Figueiredo presentó la suya al portugués en veintitrés volúmenes entre 1778 y 1790; la de Antonio Martín salió a la luz en Italia entre 1769 (el Nuevo Testamento) y en 1776 (el Antiguo).

 Poco a poco se fue descomprimiendo el rigor que pesaba sobre las traducciones de obras religiosas. Ya entre 1670 y 1720 el latín deja de emplearse en los colegios franceses. Luego, muy lentamente, ocurriría lo mismo en otros tantos lugares y el latín dejaría de ser lo que fue para devenir en lo que es hoy: una lengua muerta. 

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Era usual que el lector humanista leyera con una pluma en la mano, tomando notas como hacemos muchos de los lectores contemporáneos. Pero en ocasiones, y esto difícilmente podría encontrarse hoy en día, más que leer lo que hacía era copiar los libros completos, sobre todo cuando no había otra manera de conseguir determinados textos.

Durante la segunda mitad del siglo XV, los humanistas y los cartolai copiaban los textos “con la misma frecuencia con que los compraban”, y no sólo los manuscritos, sino también los textos impresos. Se sabe que a lo largo del siglo XVI, con la imprenta mejor establecida que en el siglo precedente, se continuaron haciendo copias a mano de obras griegas y latinas.

Es cierto en algunos casos el propósito era fundamentalmente publicar lo que se copiaba, pero abundan otros en los que la copia era un especie de tributo a la obra original, y se realizaba por tanto con un alto nivel de estética caligráfica, y aun otros en que se pretendía “aprehender” el contenido enteramente.

“Así como el alumno podía conocer su texto palabra por palabra porque lo había memorizado y recitado, así también el erudito solía conocer el suyo porque lo había copiado línea por línea, y disfrutaba consultándolo de una manera que no se podía compartir, sino que venía impuesta por su propia caligrafía y su propia elección de lecturas”(Grafton, 2001: 364)

Las glosas, es decir, las notas que el lector humanista tomaba sobre los márgenes de los libros eran de diversa índole: recopilaban información técnica, registraban variaciones de textos cotejados, criticaban el contenido textual, o reflejaban inquietudes artísticas y literarias. A finales del siglo XVI, los coleccionistas competían para conseguir libros con anotaciones de eruditos en sus márgenes.

Se sabe que Montaigne incluyó sus comentarios marginales sobre Plutarco y Guicciardini en los Ensayos; que Escalígero se servía de los libros que poseía como herramientas para introducir información; y que Gabriel Harvey anotaba sus reacciones ante los textos que leía y que incluía datos cronológicos referentes a discusiones propias o ajenas, privadas o públicas sobre estos mismos textos.

En sus libros, algunos de estos humanistas indicaban que las notas marginales eran también para el consumo de sus amigos. Como apunta Grafton, “el humanista creaba en su libro un registro único de su propio desarrollo intelectual y de los círculos literarios en que se movía. Por otra parte, la belleza y perfección de la caligrafía nos hace pensar que el autor daba a aquellas notas un carácter definitivo.” Harvey, por solo citar un ejemplo, reunía colecciones enteras para hacerlas circular entre sus allegados.

A finales del siglo XVI se inventaron una serie de aparatos que facilitaban la ordenación y consulta de diversas obras a la vez. Uno de ellos era una gran rueda giratoria que se hacía detener a voluntad, con estantes y divisorios para los libros. A la utilidad práctica de estas sofisticadas tecnologías, hay que añadir la satisfacción y sensación de esnobismo que experimentaban los intelectuales que las poseían.

Pero no debemos pensar que toda esta dinámica literaria estaba orientada en exclusivo al goce espiritual. Existen datos que muestran cuan frecuentemente la lectura tenía un motivo concreto: era una incitación a la práctica. Este era el caso de las conferencias que daba Maquiavelo ante un grupo de jóvenes florentinos en los jardines de Rucellai y el del ya citado Gabriel Harvey, que era bien pagado para que comentase textos históricos junto a influyentes políticos:

“Harvey repasó junto a Thomas Smith la descripción de Aníbal, por Tito Livio antes de que Smith acabase sus días en Irlanda, mientras intentaba consolidar el control inglés y proteger las inversiones de su familia. Repasó junto con sir Philip Sydney el relato de Tito Livio sobre los orígenes de Roma antes de que Sydney partiese para llevar su embajada al sacro emperador romano, Rodolfo II. Y probablemente diseñó su propio ejemplar, profusamente anotado, de Tito Livio, en el cual registró estas lecturas, en recuerdo de sus esfuerzos personales por poner la sabiduría al servicio del poder y también para servirse de ellas en años posteriores” (Grafton, 2001: 368-369)

Este tipo de actitud parece haber estado extendida en el Renacimiento. De hecho, Hobbes culpó de la guerra civil a un grupo de jóvenes “educados en el saber clásico” que, en opinión del filósofo, se habían tomado demasiado apecho los puntos de vistas republicanos de historiadores griegos y romanos.

Grafton escoge a Huet para representar los lamentos del lector renacentista ante el fin del auge de la tradición humanista. La era de la filología llegaba a su final y cedía lugar a la de las matemáticas. A mediados del siglo XVII los filósofos argumentaban que la lectura era insuficiente para proporcionar determinados conocimientos sobre la historia natural y humana. Los humanistas aceptaron las críticas.

“Puedo entonces decir- sostenía Huet- que yo he visto florecer y morir a las Letras, y que las he sobrevivido.” Pero esta supervivencia espiritual tenía mucho de decepción, de sentimiento de decadencia, quizá pueda decirse de extrañamiento ante un mundo nuevo que se abría, más racional, más empírico, menos romántico.

Por eso Huet se sentía como un fantasma vagando en otro mundo. Un fantasma apegado a su pasado, que continuaba coleccionando y anotando libros clásicos en latín, y, sobre todo, que se mantuvo a contracorriente en la suposición de que los libros sí eran una fuente fiable de conocimiento, tanto en las ciencias humanas como en las naturales. Un fantasma con una pasión por los manuscritos únicos, que recordaría aquellas cuatro horas en la biblioteca humanista de la duquesa de Usez, “llena de libros sabiamente seleccionados, elegantemente encuadernados y decorados”, como las más felices de su vida.

Continuará…

 

A pesar de las diferencias de contenido en las obras heredadas de la antigüedad, los intérpretes escolásticos habían logrado examinarlas desde una perspectiva que les confería cierta unidad. Se había creado un estilo de interpretación de textos que hacía ver aquel conjunto de libros como un sistema de proposiciones a considerar, sin tener en cuenta a los seres vivientes que los habían escrito. Los lectores renacentistas, en cambio tenían otra perspectiva: actualizar el contenido.

 Como ha explicado Anthony Grafton en su artículo El lector humanista, lo que hacía al texto interesante en el Renacimiento no era que describiera un mundo antiguo, sino la posibilidad de adaptarlo a las necesidades de la realidad moderna. El velo totalitario que los medievales habían tendido sobre los clásicos se fue haciendo jirones mientas los renacentistas se mofaban de su glosas. Vemos a Petrarca abandonando el estudio del derecho romano, indignado ante la incapacidad de los maestros de transmitir “la historia” del derecho, lo mismo que a Erasmo satirizando los comentarios medievales a la Biblia.

 Y no sólo estamos ante una manera diferente de abordar los contenidos, sino ante una nueva demanda de la forma estética de aquellos libros. Imagine que usted tiene delante un libro. Lo abre y encuentra una gran página cuyo texto se reduce a dos columnitas en el centro manuscritas con letra gótica y, alrededor, en los amplísimos márgenes, un grueso de comentarios oficiales con una letra pequeñita, orientándole acerca de cómo debe interpretar lo que lee. Ahora se comprende mejor por qué los sabios renacentistas se enojaban con sus antecesores y por qué se propusieron estandarizar un modelo de libro sin comentarios marginales que llegaría a caracterizar las colecciones humanísticas.

 Lo primero a cambiar era esa horrible letra gótica. Petrarca  detestaba aquellos diminutos caracteres, que ni el copista mismo podía interpretar, insertados en aquellos libros que el lector se llevaba a casa junto a toda “la ceguera” que lo acompañaba. Su influencia se hizo notar en discípulos y sucesores.

 Una nueva minúscula, ahora más redondeada se diseña en los inicios del siglo XV; sabios y artistas prefieren una mayúscula de aspecto “simétrico y grandioso”; eruditos y copistas inventan un nuevo tipo de cursiva que economizaba el espacio en la página. La adopción paulatina de estos tipos de letra se generalizó en toda Europa.

 Pero no sólo se transformó la letra, la estética y el diseño de los libros: las bibliotecas  cambiaron tan drásticamente como ellos. Las oscuras salas medievales con sus libros encadenados- representación material de un propósito espiritual- fueron sustituidas por amplias y e iluminadas salas de lectura.

 El papel que jugaba el libro y la lectura en el ámbito cultural renacentista se evidencia en la actitud de algunos príncipes del siglo XV como es el caso de Alfonso de Aragón, que invita a los humanistas a su corte para celebrar duelos literarios públicos; o el de Federico da Montefeltro, que gustaba de ser retratado con un libro en la mano. Este último “confesó en una ocasión a Donato Acciaiuoli que había retenido a su enviado mas de lo necesario a fin de poder leer el nuevo comentario de  Acciaiuoli sobre la Política de Aristóteles”. Como bien afirma Grafton, “la elección de lecturas adecuadas formaba parte del nuevo estilo de vida de la corte renacentista y tenía tanta importancia como saber a qué arquitecto contratar o que ropa ponerse”. (Grafton, 2001:328)

 Que la imprenta sustituyera gradualmente al manuscrito no cambió el estilo y la presentación de los textos. De hecho, los caracteres impresos imitaban a los manuscritos. Los textos clásicos se editaban con caracteres humanísticos. La intención era representar clásicamente los textos clásicos, a veces imitando en el más pequeño detalle los rasgos de los amanuenses. Este es el caso de las ediciones de Aldo Manucio, que desde sus orígenes, en 1501, reproducían la cursiva humanística.   

 Sigismund Thurzo escribía en ese mismo año, que los libros aldinos de bolsillo le habían hecho cambiar la forma de entender la literatura: eran tan manejables que podía leerlos en cualquier ocasión, y hasta le permitían galantear si así se le presentaba la oportunidad. La norma del  nuevo libro era la elegancia, la manejabilidad, su carácter práctico y su austeridad. 

 Paradójicamente, esta intención generalizada de presentar las ediciones renacentistas con una estética clásica, de hacer sentir al lector que se encontraba ante un texto auténtico en contenido y estilo tenía una curiosa característica: no constituía una imitación ni un resurgimiento de lo antiguo, sino una pura invención.

 Al lado de ciertos elementos clásicos empleados con finalidades diferentes, como es el caso de las mayúsculas epigráficas para títulos, encabezamientos o índices de materias, se hallaban recursos medievales en desuso. La caligrafía humanista no podía imitar a la antigua, sencillamente porque en la antigüedad no existían las minúsculas; en cambio, imitaban claramente la minúscula de los manuscritos carolingios, “tan sobria por su forma como poco clásica por su rigen.” En palabras de Grafton:

 “En su forma definitiva, el libro del humanista era el resultado de complejas negociaciones entre diversas partes. Los cartolai [libreros], los copistas, los artistas y los eruditos tenían cada uno su punto de vista, y los modelos medievales que se siguieron usando parcialmente ejercían de manera sutil su propia atracción, llevando a los copistas y escritores a emplear abreviaturas y sistemas de puntuación que hoy no nos parecen nada clásicos”(Grafton, 2001:330)

 Por otra parte, se continuaron usando libros que no tenían el nuevo formato. Ediciones medievales  de libros clásicos (“textos literarios más que técnicos, redactados en letra gótica, a menudo provistos de ilustraciones en las que los personajes llevan ropas modernas, y destinados más a los lectores cortesanos que a los eruditos”) ejercieron gran influencia durante el Renacimiento.

 Se daba el caso de algunos humanistas puritanos florentinos que despreciaban las ilustraciones, pero también el de lectores cortesanos milaneses que gustaban de textos clásicos, con las grandes iniciales iluminadas de los romances medievales. Así, en un Plutarco humanista, Marco Antonio lleva una armadura de caballero, Sertonio es asesinado ante un tapiz en un banquete medieval y Pirro muere entre las murallas de una ciudad italiana.

 El Esopo florentino de Gerardo di Giovanni se mostraba como un hombre moderno, y lo mismo sucedía con el resto de los personajes, que se movían en un paisaje toscano, vivían en edificios florentinos y cazaba en los exteriores de una ciudad con una catedral italiana.

 No siempre los esquemas decorativos clásicos reemplazaron a los medievales, por el contrario, estas anacronías estéticas han revelado a los estudiosos la coexistencia de convenciones medievales y renacentistas, el “deseo de actualizar el mundo antiguo y el de reconstruirlo tal como era.” Como los intérpretes, también los eruditos recrearon el mundo antiguo representándolo según sus concepciones estéticas, es decir, lo construyeron imaginariamente.

 Pero, ¿cómo surgían y circulaban los libros? ¿Era un producto exclusivamente de autores y lectores o existía todo un movimiento “empresarial” que dinamizaba su selección, edición, y distribución? ¿Cómo se configuró la industria del libro con el advenimiento de la imprenta?

 Los copistas, cajistas e iluminadores que fabricaban los libros seguían, en realidad, órdenes de empresarios y comerciantes. Eran quienes controlaban la economía editorial los que generalmente determinaban el aspecto y la forma de los libros. Pero no puede dejarse de lado que también los clientes solían tener gran influencia.

 Con la imprenta el panorama editorial se transforma drásticamente. El sistema de producción artesanal del libro se sustituye por el sistema industrial. Ahora la venta mayorista reemplaza al minorista; la producción uniforme a gran escala se instala dejando atrás la técnica artesanal de los copistas.

 “El libro se convierte así en la primera de las muchas obras de arte que son alteradas fundamentalmente por la reproducción mecánica. El lector ya no tiene ante sí un preciado objeto personal para el cual ha elegido la letra, las ilustraciones y la encuadernación, sino un objeto impersonal cuyas características han sido establecidas de antemano por otras personas. (Grafton, 2001:335)

 El lugar que ocupaban las características físicas del libro en la disposición emocional de su dueño quedará suplantado a partir de ahora por los recuerdos y experiencias personales de su propietario.

 Continuará…