Muchos tratados de la época imperial para educación del lector han desaparecido, pero se tiene testimonios de otros como, Conocer los libros, de Telefo de Pérgamo, El Bibliófilo, de Damófilo de Bitinia o Sobre la elección y adquisición de libros, de Erennio Filón.

 Pudiera pensarse que los libros de orientación para lectores estuviesen dedicados exclusivamente promover la alta cultura; lo cierto es que el propio Ovidio hace referencia a libros triviales que enseñaban juegos de sociedad y hasta modos de entretenimiento, y que circulaban entre individuos instruidos.  

 Los autores no podían ignorar a ese nuevo lector que ya no pertenecía necesariamente a la clase culta, ni las demandas  que esto suscitaba. Ahora los lectores podían provenir de los más distintos ámbitos sociales. Si autores como Horacio tenían reservas  con respecto al destino interpretativo de sus obras, otros como Ovidio vieron en ello una oportunidad.   

 La nueva literatura de consumo o de entretenimiento emergente, objeto del nuevo lector ya no podía ser clasificada según los criterios taxonómicos tradicionales. Cavallo nos ofrece una interesante relación:

 “Poesía de evasión, épica en paráfrasis, historia reducida en biografías o concentrada en epítomes, tratados de culinaria y de deportes, opúsculos de juegos y pasatiempos , obras eróticas, horóscopos, textos mágicos o de interpretación de los sueños, pero, sobre todo, una narrativa realizada con situaciones típicas, con estereotipos descriptivos, con psicología esquemática, con un desarrollo del relato basado en la intriga, en el enredo, y en los golpes de escena: todo ello arropando una trama de amor y de aventura”

    Algunos lectores preferían la literatura erótica que Ovidio escribe con la finalidad del entretenimiento, y en las cuales el poeta, aprovechando su difusión, introduce indicaciones sobre el lugar que ocupaba un libro entre otros del conjunto de su obra o explica las variaciones de una segunda edición; otros preferían los obscenos Milesiakà, de Arístides; y todavía otros perseguían afanosamente las guías eróticas con imágenes indecentes como los molles libelli, de Elefantiades, de la cual Tiberio poseía un ejemplar.

 Lo curioso es que no puede hacerse una distinción precisa entre la literatura que consumía el lector culto y la que prefería el cultura media-baja. Las novelas de Petronio con sus pederastas, rufianes y nuevos ricos “de repugnantes costumbres” agradaban tanto a unos como a otros. Mientras los primeros se deleitaban hallando sentidos mucho más profundos al texto, los segundos sencillamente se entretenían.

 Hay que destacar, no obstante, que la paulatina masificación de la lectura traía consigo un deterioro en los estándares de apreciación literaria. Los lectores de poca cultura tenían que conformarse con interpretaciones aproximativas. Pero siempre podían elegir textos de niveles bajos como los Phoinikkà, de Lolliano, o los Rhodiakà de Filippo de Antipoli, considerada como una obra “absolutamente obscena”. 

 En este sentido, no pueden olvidarse aquellos textos griegos ilustrados encontrados en Egipto, pertenecientes a la primera época imperial que muestran un interesante trabajo de reducción y adaptación de obras mayores, como es el caso de la poesía homérica. El contenido se recortaba y se simplificaba para hacerlo más “potable” a los lectores de baja cultura.

 Además, al parecer en los siglos II y III d. C. la imagen tenía un lugar preponderante en la cultura escrita. El texto podía encontrarse incluso reducido a “elementos esenciales” con una función “casi exclusivamente didáctica”. Hablamos de libros donde lo literario  era ínfimo comparado con lo iconográfico, como es el caso de un rollo sobre los trabajos de Hércules. 

 

Modalidades y contextos. Los pasos del aprendizaje

Si un  modo de distribución y consumo de libros se daba gracias a la red que se establecía con los préstamos de los propietarios de  las bibliotecas privadas  a sus amigos y clientes, otro será el de las tabernae librariae: las cada vez más frecuentes librerías de las cuales se ocupaban sobre todo empresarios libertos. Cavallo cita incluso a libreros célebres como Sosi, Doro, Trifón y Atrecto. Estas librerías también eran espacios de conversaciones cultas y hasta de “encendidas discusiones” literarias.

 Y como la lectura no es una categoría homogénea, realizable indistintamente con un mismo nivel de profundidad por cualquiera que sea capaz de descifrar caracteres, hay que señalar las dificultades que entrañaba la lectura de textos literarios para quienes no tenían un elevado nivel de alfabetización en comparación con la de manifiestos, documentos o mensajes que repetían ciertas fórmulas, como ha notado el teórico de la lectura Henri Jean-Martin en su Histoire et pouvoirs de l’ ecrit.

 Recordemos enseguida que leer un libro era, entre los siglos II y III d.C., leer un rollo.  Guglielmo Cavallo nos describe la modalidad típica: “Se tomaba el rollo en la mano derecha y se iba desenrollando con la izquierda, la cual sostenía la parte ya leída; cuando la lectura se terminaba, el rollo quedaba envuelto todo él en la mano izquierda.” Los mejores testimonios de éste y otros procedimientos complementarios se encuentran en los monumentos funerarios, donde se puede observar:

  “El rollo dentro de dos cilindros mantenido por ambas manos que delimitan una sección más o menos amplia del texto que se estaba leyendo; el rollo abierto a modo de “lectura interrumpida” sostenido por una sola mano que, uniendo los dos cilindros por los extremos, deja libre la otra mano; el rollo por la última parte, asomando hacia la derecha, pues ya la lectura se estaba concluyendo; y por último, el pergamino completamente enrollado de nuevo, sujeto en la mano izquierda”

 Los contextos de la práctica de la lectura son diversos y están documentados tanto en iconografías como en textos literarios. Las primeras muestran al lector ante un auditorio, al maestro en la escuela, al orador con su escrito delante, al viajero en un carruaje o al comensal tumbado con el rollo entre las manos; las segundas revelan, entre otras situaciones,  lecturas durante la caza y en la noche antes de dormir.

 Antes de aprender a leer se aprendía a escribir. De hecho, quienes dejaban la escuela tempranamente podían ser capaces de escribir pero no de leer. Los escolares debían conocer las figuras y los nombres de las letras por orden alfabético, incluso con ayuda de objetos físicos. El maestro grababa en madera las letras, cuyos surcos debían llenar con sus trazos los  discípulos; luego debían hacer los grabados por sí solos.  Luego se realizaba el mismo procedimiento con las sílabas, las palabras y, finalmente, con frases completas.  

 Una segunda etapa se dedicaba al aprendizaje de la lectura. Se aprendía a leer sobre todo en el ámbito familiar, a través de maestros o en escuelas públicas. Este aprendizaje podía detenerse lo mismo cuando se era capaz de “leer” las mayúsculas, que luego de intensos estudios  con maestros de retórica y gramática.

 El orden didáctico en este segundo momento era similar al de la escritura: letras, sílabas, palabras y frases. Luego de una lectura lenta se iba ganando en rapidez hasta llegara  la emendata velocitas, a la lectura rápida y sin errores. Se leía en alta voz con la indicación siguiente: los ojos debían adelantarse a la voz y colocarse en la palabra siguiente a la que acababa de pronunciarse.

 La modalidad predominante en la Roma Antigua era, al igual que en Grecia, la lectura en alta voz. Comenta Quintiliano en su Institución oratoria  que el adolescente debía conocer el momento justo en que debía contener la respiración, dónde dividir las líneas con una pausa, captar el inicio y clausura de sentido, bajar y subir la voz, la inflexión adecuada para la articulación de cada elemento con la voz, la velocidad, el ímpetu y la dulzura con que debía leerse en cada caso.

 Primero se ejercitaba con Homero y Virgilio, luego venían los líricos, los trágicos y los cómicos. Los alumnos comenzaban por seguir con la vista en silencio la lectura del maestro, y pasaban después a la lectura en voz alta que dejaría apreciar mejor los errores formales del texto.

 Era tanta la importancia de la lectura en alta voz  que lo que se escribía tenía que tener en cuenta el estilo de la oralidad, que la condicionaba. La literatura estaba hecha para ser leída en voz alta. En palabras de Quintiliano, citado por Cavallo: “Se deberá componer siempre del mismo modo en el que se deberá dar voz al escrito”.

 Continuará…

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Leer no es sólo decodificar de modo mecánico un conjunto de caracteres previamente inscritos en un soporte material. La lectura tiene una historia, presupone la activación de la subjetividad y su encuentro con otros mundos pensados, soñados, descritos. Para comprender su trayectoria es necesario hurgar en las tradiciones en que se enraíza este fenómeno, vital para el desarrollo de la cultura escrita, indagar en sus modalidades primarias, esto es, remontarse a la antigüedad clásica griega, cuna de las tradiciones occidentales.

 Es necesario advertir que lo que se sabe de la práctica de la lectura en el mundo griego ha tenido que deducirse de los escritos de la época, sea infiriéndolo de algunas narraciones que directa o  indirectamente dejan ver ciertos trazos; sea rastreando en la evolución del aparato lingüístico; sea estableciendo complejas hipótesis a partir de detalles aparentemente triviales; ora en tablillas funerarias, ora en rollos de papiro de diversa índole y función, ora interpretando pictografías arcaicas. 

 La dificultad de esta labor indagadora se comprende mejor cuando se conoce la profunda importancia que tenía en Grecia la tradición oral. Como ha notado el investigador sueco Jesper Svenbro, cuando alrededor del siglo VIII a. C. el alfabeto llega a aquel territorio por primera vez, irrumpe en un escenario de oralidad; un escenario donde lo que los héroes épicos perseguían era la fama, que sólo tenía sentido para ser escuchada: “La gloria de un Aquiles era, pues, una gloria para el oído, una gloria acústica, sonora”.

 Tanto es así que el alfabeto, importado de los fenicios, pronto fue modificado: se operó en él una redefinición de signos que permitió la inclusión  de las vocales. Pero la naciente cultura escrita estaría al servicio de la oral. Más que salvar la tradición épica, se contribuía ahora a la producción de sonidos, de nuevas palabras, de “gloria clamorosa.”

 Es obvio que no puede pensarse la antigüedad griega en términos modernos cuando se habla de libro o de la lectura. Tómese por ejemplo la difusión de lo escrito en un ámbito donde muy pocos sabían leer aunque, como se verá más adelante, no se dejara de disfrutar el contenido de los textos a través del oído.

 Una transición entre la escasa presencia del libro y su distribución pública la enmarca el erudito francés Roger Chartier desde el siglo VI hasta finales del V a.C. Separación que se evidencia  cuando en su obra Fedro, Platón hace decir a Sócrates que todo texto escrito “circula en múltiples direcciones” susceptible de ser malinterpretado.

 Hasta ese entonces, la función de la escritura en la Grecia clásica había sido la de conservar  los textos. Muestra clara de ello son los testimonios antiguos sobre obras científico-filosóficas o poéticas dedicadas a templos donde quedaban luego encerradas con el sello del autor, como garantía de la autenticidad del escrito.

 Pero ya los vasos áticos del siglo V. a. C ilustran no sólo escenas representativas del uso escolar de los libros, sino aquellas de lecturas protagonizadas por hombres y mujeres en contextos de ocio, que incluían conversaciones en espacios de vida asociativa. La lectura individual era poco frecuente.

 Hoy llama la atención la carencia de textos de entretenimiento en aquella época, a diferencia de los que Chartier llama “obligatorios por la profesión”. Creo que hasta podría decirse que se estaba operando una diversificación de la exclusiva función profesional a una función lúdica del texto.

 Recordemos que Platón sólo toma en cuenta en sus Diálogos los textos filosóficos, es decir, aquellos que circulaban en el ámbito académico. De hecho, las primeras colecciones privadas de libros conocidas son de carácter profesional, como es el caso  de las de Eurípides y Aristóteles.  

 Que las cosas comenzaban a cambiar también en este sentido se nota en la pregunta de Sócrates a Eutidemo: “¿Deseas ser rapsoda? (…) se dice que posees todo Homero”. Los rapsodas eran cantores populares errantes de la Grecia antigua, que recitaban sobre todo trozos de los poemas homéricos, de modo que la pregunta de Sócrates se funda en el hecho de que quien poseía “todo Homero” era con algún propósito profesional. Sin embargo Eutidemo no tenía tal propósito, sino el de leer cuantos libros le fuera  posible.

 En el Erecteo, de Eurípides, se leen los siguientes versos: “posa la lanza […], pueda yo desplegar la voz de las tablillas de donde sacan fama los sabios”. Esta lectura en voz alta, afirma Chartier, no tiene vestigio profesional. También un libro de arte culinario mencionado por Platón indica que a comienzos del siglo VI a.C. comenzaban a circular algunas  literaturas de consumo.

 Continuará…