El ámbito universitario

 Con el auge de la filosofía aristotélica en el siglo XIII el arte del razonamiento se entrona: la lógica se impone en todas partes; se cultiva la técnica de la argumentación más que la comprensión del contenido de los textos; la organización y la especialización rompen el delicado equilibrio de organización primitiva. En palabras de Hamesse:

 “Hasta en el ámbito de la propia Facultad de Teología se evidenció que, en el siglo XIV, los Comentarios bíblicos ya no le interesaban a nadie. Cambio de perspectiva, nueva mentalidad…se pasó a una lectura de naturaleza diferente.”(Hamesse, 2001: 197)

 A excepción de Bolonia, en todas partes era obligatorio pasar por la Facultad de Artes, antes de hacer la especialización. La escasa formación que traían los estudiantes a esta facultad hacía brutal el choque con las obras que tenían que aprender.

 El método de enseñanza en boga contaba con tres niveles: explicación gramatical palabra por palabra (littera), el comentario literal, para captar el sentido de la expresión (sensus) y la explicación por parte del profesor (sententia). Se suponía que de esta manera el alumno aprendiera lo necesario.

 Pero a pesar de la metodología y de los esfuerzos para familiarizar al estudiante con las ideas expuestas en ciertas obras, como es el caso de las de Aristóteles, por ejemplo, éstas continuaban siendo difíciles. Si, por una parte, los alumnos evitaban las obras originales de los autores, por otra, como todavía sucede, muchos profesores hacían lo mismo.

 Hay que destacar que el caso de los profesores medievales era comprensible. Además de que el precio del pergamino era extraordinariamente caro, existía una especie de limitación cultural que asombraría a cualquier moderno: la labor de escribir era considerada como servil. Según Hamesse:

 “Hasta el siglo XIII la mayoría de los intelectuales tenían a su servicio amanuenses o encargaban la labor de escribir a copistas de oficio, lo cual suponía otro gasto importante. Incluso en la época universitaria, cuando el acto de escribir entró obligatoriamente en las costumbres de los intelectuales, se comprueba que determinadas ordenes religiosas mendicantes prohibían a sus miembros que se pasaran el tiempo copiando textos” (Hamesse, 2001:198)

 Es cierto que algunas bibliotecas prestaba manuscritos, pero siempre en un número muy inferior a la demanda. Fue por ello que en el marco de la universidad se adoptó la solución de reproducir los textos por exemplar y pecia. Por supuesto, bajo una vigilancia que garantizara que las copias no tergiversaran los contenidos. Pero los estudiantes ya le habían cogido el gusto a los resúmenes; otra de las costumbres verificables en el ámbito universitario contemporáneo.

 

Pero veamos más detenidamente este interesante pasaje de la historia medieval, tal y como lo presentan Lucien Febvre y Henri-Jean Martin en su paradigmática obra La aparición del libro.

 La universidad medieval creó un sistema de préstamo de copias, que debían ser cotejadas y revisadas con mucho cuidado. El manuscrito que servía de base, es decir, el exemplar, se devolvía al estacionario, quien se ocupaba de alquilarlo. Como las copias eran hechas a partir de un modelo único, se evitaban de este modo alteraciones del texto.

 Si un estudiante quería hacer copiar un exemplar, debía alquilarlo al estacionario, pero, atención, la obra no se entregaba en su totalidad. Para evitar que un exemplar estuviera demasiado tiempo en manos del estudiante, y garantizar de este modo que una obra pudiera ser copiada simultáneamente, los estacionarios alquilaban sólo partes de ésta, es decir, cuadernos llamados peciae (piezas).

 La universidad fijaba los precios de estos cuadernos y los estacionarios no podían alterarlo. Todo el que así lo deseara tenía el derecho de alquilarlos. Si un exemplar resultaba defectuoso se retiraba inmediatamente de la circulación. Este sistema se mantuvo hasta el final de la Edad Media. Como apuntan H.-J. Martin y L. Febvre, 

 “fue en el marco de estas instituciones donde se introdujo la imprenta, bajo el auspicio de las autoridades universitarias. Para éstas, en efecto, en sus inicios las prensas debieron representar un medio cómodo para multiplicar los textos con mayor rapidez y fidelidad que el sistema de la pecia, por ingenioso que fuera” (Martin y Febvre 2005: XXVIII-  XXIX)

El sistema de exemplar y pecia  no era el único por el cual los estudiantes adquirían los textos necesarios para sus clases. Un interesante trabajo de Paul Saenger  titulado La lectura en los últimos siglos de la Edad Media, muestra que el dictado, además de servir como procedimiento didáctico para enseñar a ortografía y caligrafía, servía para la producción universitaria de libros.

 Cuando este último era el caso, se organizaban sesiones especiales previas a la lección, como sucedió en la universidad de Lovaina, en 1425, donde los libros y las bibliotecas eran notablemente insuficientes. Algunas consecuencias de este método se hicieron notar cuando la universidad de París, en 1355, se quejaba de que la excesiva lentitud de las lecciones para que los alumnos tomaran sus notas, interfería en la calidad del aprendizaje. 

Las auctoritates y los florilegios medievales

 Los notabilia, es decir, los pasajes más importantes, se comenzaron a extraer de los libros oficiales. Los ejercicios en la universidad presuponían el conocimiento de las “autoridades” por parte de los estudiantes. Si se pretendía “atrapar” algo en clase, era necesario haberse preparado con antelación. El pensamiento personal tenía que ser el resultado de haber procesado el pensamiento oficial.

 En los inicios de la orden de los dominicos, Jordano de Sajonia prohibió  a los hermanos más jóvenes la lectura de filosofía, a no ser que algún experimentado maestro de la orden pudiera explicársela y comentarla. Sólo se tenía libre acceso a las obras propiamente teológicas. 

 Algunas órdenes religiosas promovieron la creación de florilegios para evitar el riesgo que suponía la libre lectura: la mala interpretación de ideas filosóficas podría conducir a contradicciones con las doctrinas cristianas. Los religiosos se encargarían de componer compilaciones con pasajes que no ofrecieran ambigüedad.

 Estas selecciones servirían incluso a algunos papas. Juan XXII (1316-1334) las empleaba con frecuencia. Claro, en este caso el pontífice conocía muchas de las obras originales. De hecho, en uno de sus sermones se queja de que sus detractores le criticaran haciendo uso de aquellos epítomes.

 En los inventarios de la biblioteca papal de Avignon se podía encontrar numerosos florilegios. Se sabe incluso que muchos papas encargaban ya no sólo selecciones, sino compilaciones de extractos a las órdenes religiosas. Pero también reyes, como Roberto de Anjou y nobles, como el duque Federico de Urbino (que en el siglo XV encargó al dominico Jordán de Bergomo un florilegio de Aristóteles),  hicieron lo mismo.

 Con el paso al Renacimiento la ratio comienza a prevalecer sobre la auctoritas. La enseñanza de la lógica continúa ganando terreno y se notan cambios en la actitud de los intelectuales ante las autoridades. Los humanistas prefieren el contacto directo con los originales. No obstante, esto no significa que se haya eliminado el uso de los florilegios, por el contrario, el género se diversifica. Tanto los predicadores como los letrados acudían a resúmenes y en la enseñanza se mantuvo su empleo.

 Ya a finales de la Edad Media se prefiguran gustos literarios que se generalizarán en el Renacimiento. Comienza ahora el paulatino regreso de los textos eróticos, favorecidos por la instauración de la lectura en silencio, es decir, de la misma modalidad que se había consolidado en los piadosos monasterios. Un tipo de espiritualidad diferente se gesta; el equilibrio de esa peculiar dinámica medieval entre el cambio y el reposo, se quiebra. A partir de entonces, las cosas serán diferentes.

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Muchos tratados de la época imperial para educación del lector han desaparecido, pero se tiene testimonios de otros como, Conocer los libros, de Telefo de Pérgamo, El Bibliófilo, de Damófilo de Bitinia o Sobre la elección y adquisición de libros, de Erennio Filón.

 Pudiera pensarse que los libros de orientación para lectores estuviesen dedicados exclusivamente promover la alta cultura; lo cierto es que el propio Ovidio hace referencia a libros triviales que enseñaban juegos de sociedad y hasta modos de entretenimiento, y que circulaban entre individuos instruidos.  

 Los autores no podían ignorar a ese nuevo lector que ya no pertenecía necesariamente a la clase culta, ni las demandas  que esto suscitaba. Ahora los lectores podían provenir de los más distintos ámbitos sociales. Si autores como Horacio tenían reservas  con respecto al destino interpretativo de sus obras, otros como Ovidio vieron en ello una oportunidad.   

 La nueva literatura de consumo o de entretenimiento emergente, objeto del nuevo lector ya no podía ser clasificada según los criterios taxonómicos tradicionales. Cavallo nos ofrece una interesante relación:

 “Poesía de evasión, épica en paráfrasis, historia reducida en biografías o concentrada en epítomes, tratados de culinaria y de deportes, opúsculos de juegos y pasatiempos , obras eróticas, horóscopos, textos mágicos o de interpretación de los sueños, pero, sobre todo, una narrativa realizada con situaciones típicas, con estereotipos descriptivos, con psicología esquemática, con un desarrollo del relato basado en la intriga, en el enredo, y en los golpes de escena: todo ello arropando una trama de amor y de aventura”

    Algunos lectores preferían la literatura erótica que Ovidio escribe con la finalidad del entretenimiento, y en las cuales el poeta, aprovechando su difusión, introduce indicaciones sobre el lugar que ocupaba un libro entre otros del conjunto de su obra o explica las variaciones de una segunda edición; otros preferían los obscenos Milesiakà, de Arístides; y todavía otros perseguían afanosamente las guías eróticas con imágenes indecentes como los molles libelli, de Elefantiades, de la cual Tiberio poseía un ejemplar.

 Lo curioso es que no puede hacerse una distinción precisa entre la literatura que consumía el lector culto y la que prefería el cultura media-baja. Las novelas de Petronio con sus pederastas, rufianes y nuevos ricos “de repugnantes costumbres” agradaban tanto a unos como a otros. Mientras los primeros se deleitaban hallando sentidos mucho más profundos al texto, los segundos sencillamente se entretenían.

 Hay que destacar, no obstante, que la paulatina masificación de la lectura traía consigo un deterioro en los estándares de apreciación literaria. Los lectores de poca cultura tenían que conformarse con interpretaciones aproximativas. Pero siempre podían elegir textos de niveles bajos como los Phoinikkà, de Lolliano, o los Rhodiakà de Filippo de Antipoli, considerada como una obra “absolutamente obscena”. 

 En este sentido, no pueden olvidarse aquellos textos griegos ilustrados encontrados en Egipto, pertenecientes a la primera época imperial que muestran un interesante trabajo de reducción y adaptación de obras mayores, como es el caso de la poesía homérica. El contenido se recortaba y se simplificaba para hacerlo más “potable” a los lectores de baja cultura.

 Además, al parecer en los siglos II y III d. C. la imagen tenía un lugar preponderante en la cultura escrita. El texto podía encontrarse incluso reducido a “elementos esenciales” con una función “casi exclusivamente didáctica”. Hablamos de libros donde lo literario  era ínfimo comparado con lo iconográfico, como es el caso de un rollo sobre los trabajos de Hércules. 

 

Modalidades y contextos. Los pasos del aprendizaje

Si un  modo de distribución y consumo de libros se daba gracias a la red que se establecía con los préstamos de los propietarios de  las bibliotecas privadas  a sus amigos y clientes, otro será el de las tabernae librariae: las cada vez más frecuentes librerías de las cuales se ocupaban sobre todo empresarios libertos. Cavallo cita incluso a libreros célebres como Sosi, Doro, Trifón y Atrecto. Estas librerías también eran espacios de conversaciones cultas y hasta de “encendidas discusiones” literarias.

 Y como la lectura no es una categoría homogénea, realizable indistintamente con un mismo nivel de profundidad por cualquiera que sea capaz de descifrar caracteres, hay que señalar las dificultades que entrañaba la lectura de textos literarios para quienes no tenían un elevado nivel de alfabetización en comparación con la de manifiestos, documentos o mensajes que repetían ciertas fórmulas, como ha notado el teórico de la lectura Henri Jean-Martin en su Histoire et pouvoirs de l’ ecrit.

 Recordemos enseguida que leer un libro era, entre los siglos II y III d.C., leer un rollo.  Guglielmo Cavallo nos describe la modalidad típica: “Se tomaba el rollo en la mano derecha y se iba desenrollando con la izquierda, la cual sostenía la parte ya leída; cuando la lectura se terminaba, el rollo quedaba envuelto todo él en la mano izquierda.” Los mejores testimonios de éste y otros procedimientos complementarios se encuentran en los monumentos funerarios, donde se puede observar:

  “El rollo dentro de dos cilindros mantenido por ambas manos que delimitan una sección más o menos amplia del texto que se estaba leyendo; el rollo abierto a modo de “lectura interrumpida” sostenido por una sola mano que, uniendo los dos cilindros por los extremos, deja libre la otra mano; el rollo por la última parte, asomando hacia la derecha, pues ya la lectura se estaba concluyendo; y por último, el pergamino completamente enrollado de nuevo, sujeto en la mano izquierda”

 Los contextos de la práctica de la lectura son diversos y están documentados tanto en iconografías como en textos literarios. Las primeras muestran al lector ante un auditorio, al maestro en la escuela, al orador con su escrito delante, al viajero en un carruaje o al comensal tumbado con el rollo entre las manos; las segundas revelan, entre otras situaciones,  lecturas durante la caza y en la noche antes de dormir.

 Antes de aprender a leer se aprendía a escribir. De hecho, quienes dejaban la escuela tempranamente podían ser capaces de escribir pero no de leer. Los escolares debían conocer las figuras y los nombres de las letras por orden alfabético, incluso con ayuda de objetos físicos. El maestro grababa en madera las letras, cuyos surcos debían llenar con sus trazos los  discípulos; luego debían hacer los grabados por sí solos.  Luego se realizaba el mismo procedimiento con las sílabas, las palabras y, finalmente, con frases completas.  

 Una segunda etapa se dedicaba al aprendizaje de la lectura. Se aprendía a leer sobre todo en el ámbito familiar, a través de maestros o en escuelas públicas. Este aprendizaje podía detenerse lo mismo cuando se era capaz de “leer” las mayúsculas, que luego de intensos estudios  con maestros de retórica y gramática.

 El orden didáctico en este segundo momento era similar al de la escritura: letras, sílabas, palabras y frases. Luego de una lectura lenta se iba ganando en rapidez hasta llegara  la emendata velocitas, a la lectura rápida y sin errores. Se leía en alta voz con la indicación siguiente: los ojos debían adelantarse a la voz y colocarse en la palabra siguiente a la que acababa de pronunciarse.

 La modalidad predominante en la Roma Antigua era, al igual que en Grecia, la lectura en alta voz. Comenta Quintiliano en su Institución oratoria  que el adolescente debía conocer el momento justo en que debía contener la respiración, dónde dividir las líneas con una pausa, captar el inicio y clausura de sentido, bajar y subir la voz, la inflexión adecuada para la articulación de cada elemento con la voz, la velocidad, el ímpetu y la dulzura con que debía leerse en cada caso.

 Primero se ejercitaba con Homero y Virgilio, luego venían los líricos, los trágicos y los cómicos. Los alumnos comenzaban por seguir con la vista en silencio la lectura del maestro, y pasaban después a la lectura en voz alta que dejaría apreciar mejor los errores formales del texto.

 Era tanta la importancia de la lectura en alta voz  que lo que se escribía tenía que tener en cuenta el estilo de la oralidad, que la condicionaba. La literatura estaba hecha para ser leída en voz alta. En palabras de Quintiliano, citado por Cavallo: “Se deberá componer siempre del mismo modo en el que se deberá dar voz al escrito”.

 Continuará…