La importancia que tuvo la imprenta para la Reforma fue tal que algunos la consideraron como un instrumento del mismísimo Dios para la difusión de aquellas ideas que comenzaban a cambiar el panorama religioso de manera definitiva. Incluso Lutero llegó a afirmar que la imprenta era “el último don de Dios, y el mayor” Por su mediación, decía el reformador, Dios deseaba dar a conocer “la causa de la verdadera religión a toda la tierra, hasta los extremos del orbe.”

 Como explica Jean-Francois Gilmont en su artículo Reformas protestantes y lectura,  con la imprenta se renovó la portada de los libros, se estandarizó el diseño de tipos, se abandonaron las ligaduras, se propiciaron profundas modificaciones en los textos a publicar dejando ver una gran apertura a autores modernos, y se incrementó el esfuerzo de los grandes editores por ganar lectores fuera del marco de sus ciudades. Las oficinas tipográficas se multiplicaron y pasaron rápidamente desde Alemania a Italia, a Francia y luego al resto de Europa. Como era de esperar el precio de los libros disminuyó y el tamaño medio de las bibliotecas aumentó.

 La imprenta favoreció la difusión de las lenguas vernáculas, que ya tomaba fuerza en esta época. Su mismo proceso natural de expansión no podía dejar fuera nada que significara un mayor número de lectores. Así, cuando Lutero se manifestó en contra de la predicación de las indulgencias se produjo una “campaña de prensa” entre 1520 y 1525, gracias a la cual circularon miles de panfletos en lo que constituyó “el primer recurso al impreso para alertar a la opinión pública.”

 Incluso en aquellos países que se mantuvieron fieles a la iglesia tradicional, las ideas de la Reforma se dieron a conocer, aunque de manera más discreta. Al principio los textos salían de las prensas locales de ciudades como París o Venecia, pero luego este tipo de actividad se fue volviendo más peligrosa y terminó por crearse una red de venta ambulante radicada en Ginebra o Estrasburgo.

 Los reformadores tenían como propósito acercar la Biblia a la gente, de modo que su preocupación por traducirla a lenguas vernáculas dio buenos resultados. Lutero no fue ni el primero ni el único. Antes de terminar su propia versión en 1534, los pastores de Zurich, en 1530, habían propuesto una traducción al alemán; desde 1526 existía una traducción al neerlandes, mientras que al italiano la había vertido Antonio Brucioli en 1532. Ya en 1535 Olivétan entregó la suya al francés y Miles Coverdale al inglés.

 Como vemos se trata de un fenómeno editorial cuyo éxito se evidencia en la cantidad de reediciones que se sucedieron vertiginosamente. Baste mencionar que la Biblia alemana de Lutero se reeditó más de cuatrocientas veces (parcial o totalmente) antes de la muerte del reformador en 1546.

 Resulta curioso el modo en que Lutero no sólo es uno de los principales modificadores de la geografía religiosa europea, sino que gracias a él se haya transformado incluso la situación económica de Wittenberg. Gracias a la difusión de las ideas del reformador, esta ciudad universitaria pasó de tener un modesto y provinciano taller tipográfico en 1517, a constituirse en pocos años en uno de los primeros centros tipográficos de Alemania.

 En Ginebra sucedió algo similar desde que se proclamara allí la Reforma y se instalara Calvino.  Según comenta el profesor Gilmont, fue sobre todo a partir de 1550, momento en que la ciudad tenía alrededor de doce mil habitantes, cuando comenzó a notarse un número cada vez mayor de impresores que inundaron los países vecinos con publicaciones reformadas.

 

Naturalmente, no era la pasión religiosa lo que movía a estos impresores sino sus sólidos intereses materiales “los archivos de la ciudad han conservado el eco de abundantes conflictos suscitados por una competencia feroz: de 1550 a 1562, imprimir libros reformados en Ginebra representaba una fuente de fructuosos beneficios.” Además de biblias y catecismos, los impresores se ocupaban de trabajos eruditos destinados a pastores, fueran síntesis teológicas como la de Melanchthon o controversias doctrinales entre católicos y protestantes, o incluso entre los propios protestantes: “esos doctos teólogos se despedazaban en el transcurso de polémicas renovadas sin cesar: para los impresores, no fueron más que beneficios…”  

 La incontrolada difusión los textos de la Reforma y su penetración desde otros países en la Inglaterra de inicios del siglo XVI, debido al atraso de su imprenta, llevó  a Enrique VIII a diseñar una interesante estrategia, en un momento en el que una oleada de ataques de reformadores a su posición intermedia cobraba fuerza. Una vez que descubrió lo que todos los príncipes de su siglo, a saber, que era más fácil controlar las prensas locales que las extranjeras, decidió fomentar el desarrollo de la imprenta en su país. Ahora la labor policial era mucho más efectiva.

 “En el siglo XVI, todo grupo religioso tenía a gala tener acceso a la imprenta: lo demuestra la política de las sectas disidentes de Europa central. Tanto los antitrinitarios de Polonia y Hungría como los utraquistas de Bohemia o la Unidad de los Hermanos de Moravia, todos estimaban indispensable disponer de prensas para afirmar su identidad religiosa. Las prensas satisfacían a la vez necesidades internas de obras litúrgicas, catequísticas y espirituales y la propaganda o la contrapropaganda frente a las demás confesiones cristianas.”   

 Los católicos temían a las publicaciones protestantes y por tanto prohibían su difusión. Desde los comienzos del movimiento reformador condenaron sus libros: se les quemaba en hogueras. La policía vigilaba cada vez más severamente y ya a partir de 1540 la cosa se puso realmente fea para los vendedores ambulantes. El castigo pasó de libros a libreros, a quienes encarcelaban y cocinaban placenteramente en las hogueras. Y como los piadosos católicos no querían un final como este para los libreros, tuvieron la amabilidad de redactar Indices librorum prohibitorum, para mantenerlos informados sobre aquellos textos que podían traerles tan funestas consecuencias.  

 En 1565 los católicos de la ciudad de Laon ordenaron cegar los tragaluces de las casas que dieran a la calle porque sospechaban que los enviados de Ginebra echaban libritos reformadores a los sótanos; la oscuridad de aquellas calles no impidió que un buen número de habitantes de aquel lugar abrazaran la nueva religión luterana.

 El empleo de lenguas vernáculas en los folletos determinó en gran medida el éxito; pero hay que reconocer que el proceso de traducción no era tan sencillo como nos puede parecer. Después de todo estamos hablando de eruditos habituados a escribir en latín, una lengua antigua en la cual se habían redactado la mayoría de los tratados teológicos hasta el momento. De hecho, Lutero continuaba con sus liturgias latinas y sólo se decidió por el alemán bajo la presión de discípulos radicales como Thomas Müntzer y Andreas Karlstadt, aunque nunca abandonó por completo el uso del latín en las liturgias.

 Calvino, mientras se distanciaba del latín, continuaba escribiendo las cartas a sus mejores amigos francófonos en esta lengua. Sus obras se redactaron en latín hasta la aparición de Le petit traicté de la Cène, cuando, según sus palabras, adoptó una manera de enseñar “sencilla, popular y adaptada a los ignorantes”, aunque confesaría que tenía la costumbre de escribir con más cuidado para quienes entendían el latín.

 Sobre la traducción de uno de sus tratados teológicos Bèze se quejaba en 1572 de la pobreza del francés, y alertaba que en algunas partes la traducción francesa podría ser menos comprensible que la obra original en latín. Como señala Gilmont, las lenguas vernáculas estaban en plena evolución y los conceptos pulimentados en las lenguas clásicas eran muy difíciles de expresar.

 Frente a su traducción de la Biblia, Olivétan decía que “hacer hablar a la elocuencia hebraica y griega el lenguaje francés equivalía a enseñar al dulce ruiseñor a cantar el ronco canto del cuervo”. De manera muy similar se quejaba Lutero:

 “Me cuesta sangre y sudores el pasar los Profetas a la lengua vulgar. ¡Dios mío, que trabajoso y difícil es forzar a los escritores hebreos a hablar en alemán…! Como no quieren abandonar su hebraicidad, se niegan a deslizarse en la barbarie germánica. Es como si el ruiseñor, perdiendo su dulce melodía, se viera obligado a imitar al cuco con su monótona nota.”

 En resumen, que era bien difícil sustituir al latín, dotado de un complejo aparato conceptual, armado cuidadosamente durante siglos a través de sofisticadas argumentaciones y debates teológicos, y que para colmo se hablaba internacionalmente. De hecho, los tratados de Calvino, escritos en francés, debieron ser traducidos latín para que los reformadores alemanes pudieran leerlo.

 Continuará…