Era usual que el lector humanista leyera con una pluma en la mano, tomando notas como hacemos muchos de los lectores contemporáneos. Pero en ocasiones, y esto difícilmente podría encontrarse hoy en día, más que leer lo que hacía era copiar los libros completos, sobre todo cuando no había otra manera de conseguir determinados textos.

Durante la segunda mitad del siglo XV, los humanistas y los cartolai copiaban los textos “con la misma frecuencia con que los compraban”, y no sólo los manuscritos, sino también los textos impresos. Se sabe que a lo largo del siglo XVI, con la imprenta mejor establecida que en el siglo precedente, se continuaron haciendo copias a mano de obras griegas y latinas.

Es cierto en algunos casos el propósito era fundamentalmente publicar lo que se copiaba, pero abundan otros en los que la copia era un especie de tributo a la obra original, y se realizaba por tanto con un alto nivel de estética caligráfica, y aun otros en que se pretendía “aprehender” el contenido enteramente.

“Así como el alumno podía conocer su texto palabra por palabra porque lo había memorizado y recitado, así también el erudito solía conocer el suyo porque lo había copiado línea por línea, y disfrutaba consultándolo de una manera que no se podía compartir, sino que venía impuesta por su propia caligrafía y su propia elección de lecturas”(Grafton, 2001: 364)

Las glosas, es decir, las notas que el lector humanista tomaba sobre los márgenes de los libros eran de diversa índole: recopilaban información técnica, registraban variaciones de textos cotejados, criticaban el contenido textual, o reflejaban inquietudes artísticas y literarias. A finales del siglo XVI, los coleccionistas competían para conseguir libros con anotaciones de eruditos en sus márgenes.

Se sabe que Montaigne incluyó sus comentarios marginales sobre Plutarco y Guicciardini en los Ensayos; que Escalígero se servía de los libros que poseía como herramientas para introducir información; y que Gabriel Harvey anotaba sus reacciones ante los textos que leía y que incluía datos cronológicos referentes a discusiones propias o ajenas, privadas o públicas sobre estos mismos textos.

En sus libros, algunos de estos humanistas indicaban que las notas marginales eran también para el consumo de sus amigos. Como apunta Grafton, “el humanista creaba en su libro un registro único de su propio desarrollo intelectual y de los círculos literarios en que se movía. Por otra parte, la belleza y perfección de la caligrafía nos hace pensar que el autor daba a aquellas notas un carácter definitivo.” Harvey, por solo citar un ejemplo, reunía colecciones enteras para hacerlas circular entre sus allegados.

A finales del siglo XVI se inventaron una serie de aparatos que facilitaban la ordenación y consulta de diversas obras a la vez. Uno de ellos era una gran rueda giratoria que se hacía detener a voluntad, con estantes y divisorios para los libros. A la utilidad práctica de estas sofisticadas tecnologías, hay que añadir la satisfacción y sensación de esnobismo que experimentaban los intelectuales que las poseían.

Pero no debemos pensar que toda esta dinámica literaria estaba orientada en exclusivo al goce espiritual. Existen datos que muestran cuan frecuentemente la lectura tenía un motivo concreto: era una incitación a la práctica. Este era el caso de las conferencias que daba Maquiavelo ante un grupo de jóvenes florentinos en los jardines de Rucellai y el del ya citado Gabriel Harvey, que era bien pagado para que comentase textos históricos junto a influyentes políticos:

“Harvey repasó junto a Thomas Smith la descripción de Aníbal, por Tito Livio antes de que Smith acabase sus días en Irlanda, mientras intentaba consolidar el control inglés y proteger las inversiones de su familia. Repasó junto con sir Philip Sydney el relato de Tito Livio sobre los orígenes de Roma antes de que Sydney partiese para llevar su embajada al sacro emperador romano, Rodolfo II. Y probablemente diseñó su propio ejemplar, profusamente anotado, de Tito Livio, en el cual registró estas lecturas, en recuerdo de sus esfuerzos personales por poner la sabiduría al servicio del poder y también para servirse de ellas en años posteriores” (Grafton, 2001: 368-369)

Este tipo de actitud parece haber estado extendida en el Renacimiento. De hecho, Hobbes culpó de la guerra civil a un grupo de jóvenes “educados en el saber clásico” que, en opinión del filósofo, se habían tomado demasiado apecho los puntos de vistas republicanos de historiadores griegos y romanos.

Grafton escoge a Huet para representar los lamentos del lector renacentista ante el fin del auge de la tradición humanista. La era de la filología llegaba a su final y cedía lugar a la de las matemáticas. A mediados del siglo XVII los filósofos argumentaban que la lectura era insuficiente para proporcionar determinados conocimientos sobre la historia natural y humana. Los humanistas aceptaron las críticas.

“Puedo entonces decir- sostenía Huet- que yo he visto florecer y morir a las Letras, y que las he sobrevivido.” Pero esta supervivencia espiritual tenía mucho de decepción, de sentimiento de decadencia, quizá pueda decirse de extrañamiento ante un mundo nuevo que se abría, más racional, más empírico, menos romántico.

Por eso Huet se sentía como un fantasma vagando en otro mundo. Un fantasma apegado a su pasado, que continuaba coleccionando y anotando libros clásicos en latín, y, sobre todo, que se mantuvo a contracorriente en la suposición de que los libros sí eran una fuente fiable de conocimiento, tanto en las ciencias humanas como en las naturales. Un fantasma con una pasión por los manuscritos únicos, que recordaría aquellas cuatro horas en la biblioteca humanista de la duquesa de Usez, “llena de libros sabiamente seleccionados, elegantemente encuadernados y decorados”, como las más felices de su vida.

Continuará…