Durante el desarrollo de esta gran industria naciente, los libreros o cartolai tuvieron una importancia insoslayable. De hecho, fueron los intermediarios  entre autores antiguos y lectores modernos; influyeron en los criterios literarios seguidos por la mayoría de los lectores de la época; dominaron la producción de libros manuscritos en los inicios del siglo XV y se convirtieron en colaboradores de los impresores, llegando incluso a ejercer como tales.

 Según la descripción de Grafton, los libreros invertían en grandes cantidades de caro  papel vitela, contrataban a iluminadores y copistas, seleccionaban los textos a reproducir, hacían fabricar múltiples copias individuales para abastecer sus librerías, sin que nadie se las hubiera solicitado, producían grandes cantidades de libros de manera especulativa, anunciaban las obras que vendían, denunciaban a los intrusos que competían con ellos y colaboraban con sus clientes y empleados para catalogar los libros más meritorios.

 Además de seleccionar los textos, los cartolai elegían las iluminaciones más convenientes para imprimir el sello de “clásico”, es decir, tomaban decisiones en materia estética. Vespasiano, uno de los más exitosos libreros renacentistas, se jactaba de que él podía reconocer lo que hoy sería un best seller, y de que su papel era de suma importancia para el futuro del libro y del autor.

 Editores e impresores imitaban a los libreros: como ellos, sacaban ediciones limitadas en vitela para unos pocos y otras grandes en papel para el mercado común, contrataban iluminadores hábiles para satisfacer a su clientela, etc…

 Todos estos intermediarios influían en el modo en que los compradores importantes apreciaban los libros que adquirían.  Del aspecto exterior del libro podía deducirse su contenido y destinatario. Las expectativas de un lector renacentista con respecto a un libro estaban mediadas por aspectos formales: dependía de si la letra era humanística o gótica, de si el texto tenía notas, de si estaba iluminado o no, e incluso de si había sido publicado por Vespasiano o por Aldo Manucio.

 Generalmente, los lectores cultos mandaban a encuadernar sus libros (“No puedo leer libros que no estén encuadernados”, dijo una vez José Escalígero), y sabían que tenían que pagar por ello. Las encuadernaciones de lujo llegaron a convertirse en una norma para los cartolai renacentistas.

 Coleccionistas como Monteferro o D’ Angio influyeron en el desarrollo de esta costumbre. Contrataban a artistas de renombre para que diseñaran los dibujos de la piel de sus libros: monedas y medallas antiguas, iniciales y lemas ornamentaban lujosamente las cubiertas a la vez que permitían identificar al propietario.  Como explica Grafton, el libro era, “desde que entraba en una biblioteca pública o privada, tanto un objeto precioso como una posesión personal: el punto de intersección entre la cultura y el estilo individual.” (Grafton, 2001:342)

 Para los vendedores como para los compradores, la adquisición de libros no era una actividad cualquiera, era una “transacción trascendental”, tanto desde el punto de vista económico como desde el cultural, y era necesario  tener casi la misma erudición y el buen gusto necesarios para escribirlos. Era frecuente que un lector humanista anotara cuidadosamente  la fecha, el lugar y las circunstancias de la compra.

 Lo más común era que los libros se produjeran en serie. Pero si bien una vez terminados se colocaban junto a otros similares, y se vendían en aquellas librerías a un precio asequible, ya en las manos del comprador mutaban, se modificaban, se personalizaban: se les cambiaba el aspecto y se les añadía adornos para hacerlos únicos.

 A diferencia de la actualidad, donde el libro se produce en serie con un mismo aspecto y por tanto los adquirimos como algo ya terminado, listo para leer, en el Renacimiento se precisaba de una activa colaboración entre fabricante y lector. Esta costumbre duraría todavía algunos siglos en las esferas más cultas  de la sociedad europea.

 

Ahora bien, paralelamente al desarrollo de la industria editorial, puede hablarse de un conjunto de técnicas docentes que predominaron en el período humanista. Todavía en los siglos XV y XVI los textos tenían una cualidad oral. A fines de esta última centuria la capacidad de recitar textos de memoria, en casos como el de los eruditos Justo Lipsio y José Escalígero, causaba asombro.  Lipsio estaba dispuesto a recitar un texto completo de Tácito con un puñal en el cuello, para que se lo clavasen si cometía alguna equivocación. Escalígero traduce oralmente al griego un texto de Marcial desde su cama.

 Pero veamos brevemente algunas de las técnicas renacentistas que facilitaban estas virtudes, tal y como las expone Anthony Grafton en el artículo que reseño.  

 Ante todo, era necesario acercarse al texto desde el punto de vista formal y desde su significado.  Según el primero,  el humanista debía examinar  las cualidades formales que fungirían como recursos nemotécnicos: la métrica, las aliteraciones o las combinaciones de sonidos llamativas; además, en su práctica cotidiana tenía que pronunciar “sensualmente” las palabras  que leía. 

 El significado se aprehendía gradualmente. Ante el alumno, el maestro parafraseaba el documento línea por línea. El contenido debía ser reducido escuetamente para garantizar el arraigo de las ideas expuestas. Luego se releía mucho más despacio, esta vez explicando mitos, hechos históricos o doctrinas. El maestro dilucidaba paso a paso el enorme rompecabezas que suponía la lógica interna del texto en cuestión.

 Lo curioso es que este proceso escapaba a la situación contextual del aprendizaje. El impresor introducía entre cada dos líneas del texto, una barra de metal para que el estudiante escribiera el resumen en latín de lo que explicaba el profesor, y dejaba márgenes amplios para hacer espacio a las anotaciones del alumno.

 A través de sus lecturas obligatorias, y a un ritmo de veinte líneas diarias, el estudiante acumulaba una masa de conocimientos a la vez que formaba una actitud y se adiestraba en el manejo de las herramientas que adquiría. El alumno debía pasar de analizar y comprender el texto a utilizarlo.

 Una de las obras más exitosas de la época, concebida como un manual de técnicas de lectura, y como una colección de textos a los que aplicar esas técnicas, fue la compilada por Erasmo: los Adagios. Erasmo no se contentó con compilar proverbios, sino que localizó las fuentes originales y las comentó. Su magna compilación  fue una de las más vendidas en la Europa septentrional, según sugieren los registros de los editores y las listas bibliográficas de los estudiantes de Cambridge del siglo XVI.

 “El lector de los Adagios podía recomendar a un amigo propenso a irritar a sus superiores ne ignen gladio fodias, que no atizase el fuego con la espada; podía convencer a algún amigo descontento con su suerte de que Spartam nactus es, hanc orna, a mal tiempo, buena cara; podía advertir al amigo incapaz de terminar una disertación de que todos los eruditos y artistas debían aprender a retirar manum de tabula, la mano del cuadro; y podía advertir a los jóvenes reyes beligerantes que dulce bellum inexpertis, la guerra es emocionante para los que no la han sufrido”(Grafton, 2001:352)

 La obra pedagógica de Erasmo era una entre otras como es el caso de la Officina, de Ravisius Textor, que reunía asociativamente pasajes históricos de la antigüedad para presentar casos de moralidad e inmoralidad a los estudiantes. La multiplicación de este tipo de obras llevó a Jean Bodin a escribir su  Methodus ad facilem historiarum cognitionem, un  sistemático método de lectura útil tanto para textos antiguos como para los modernos.

 En los inicios del siglo XVI se había logrado impedir la distribución una gran parte de los cometarios medievales incompatibles con los principios de los humanistas. Pero en lugar de eliminar dichos comentarios, los reemplazaron por otros más acordes a la nueva época. Ahora se escribían en letra humanista y no en la odiada gótica; y trataban de diversos temas, a veces con tanto arte que llegaban a competir con el texto original.    

 De hecho, la expectativa general ya no iba a ser encontrar el texto clásico en cuestión si no era acompañado de los comentarios humanistas. La glosa humanística comenzaba a ocupar el lugar que antes ocupó la de la autoridad medieval: las glosas modernas también sugerían cómo leer e interpretar el texto. Al igual que en la Edad Media, al contenido del libro se sumaba el del sistema exegético renacentista  que lo acompañaba.

 Continuará…