A pesar de las diferencias de contenido en las obras heredadas de la antigüedad, los intérpretes escolásticos habían logrado examinarlas desde una perspectiva que les confería cierta unidad. Se había creado un estilo de interpretación de textos que hacía ver aquel conjunto de libros como un sistema de proposiciones a considerar, sin tener en cuenta a los seres vivientes que los habían escrito. Los lectores renacentistas, en cambio tenían otra perspectiva: actualizar el contenido.

 Como ha explicado Anthony Grafton en su artículo El lector humanista, lo que hacía al texto interesante en el Renacimiento no era que describiera un mundo antiguo, sino la posibilidad de adaptarlo a las necesidades de la realidad moderna. El velo totalitario que los medievales habían tendido sobre los clásicos se fue haciendo jirones mientas los renacentistas se mofaban de su glosas. Vemos a Petrarca abandonando el estudio del derecho romano, indignado ante la incapacidad de los maestros de transmitir “la historia” del derecho, lo mismo que a Erasmo satirizando los comentarios medievales a la Biblia.

 Y no sólo estamos ante una manera diferente de abordar los contenidos, sino ante una nueva demanda de la forma estética de aquellos libros. Imagine que usted tiene delante un libro. Lo abre y encuentra una gran página cuyo texto se reduce a dos columnitas en el centro manuscritas con letra gótica y, alrededor, en los amplísimos márgenes, un grueso de comentarios oficiales con una letra pequeñita, orientándole acerca de cómo debe interpretar lo que lee. Ahora se comprende mejor por qué los sabios renacentistas se enojaban con sus antecesores y por qué se propusieron estandarizar un modelo de libro sin comentarios marginales que llegaría a caracterizar las colecciones humanísticas.

 Lo primero a cambiar era esa horrible letra gótica. Petrarca  detestaba aquellos diminutos caracteres, que ni el copista mismo podía interpretar, insertados en aquellos libros que el lector se llevaba a casa junto a toda “la ceguera” que lo acompañaba. Su influencia se hizo notar en discípulos y sucesores.

 Una nueva minúscula, ahora más redondeada se diseña en los inicios del siglo XV; sabios y artistas prefieren una mayúscula de aspecto “simétrico y grandioso”; eruditos y copistas inventan un nuevo tipo de cursiva que economizaba el espacio en la página. La adopción paulatina de estos tipos de letra se generalizó en toda Europa.

 Pero no sólo se transformó la letra, la estética y el diseño de los libros: las bibliotecas  cambiaron tan drásticamente como ellos. Las oscuras salas medievales con sus libros encadenados- representación material de un propósito espiritual- fueron sustituidas por amplias y e iluminadas salas de lectura.

 El papel que jugaba el libro y la lectura en el ámbito cultural renacentista se evidencia en la actitud de algunos príncipes del siglo XV como es el caso de Alfonso de Aragón, que invita a los humanistas a su corte para celebrar duelos literarios públicos; o el de Federico da Montefeltro, que gustaba de ser retratado con un libro en la mano. Este último “confesó en una ocasión a Donato Acciaiuoli que había retenido a su enviado mas de lo necesario a fin de poder leer el nuevo comentario de  Acciaiuoli sobre la Política de Aristóteles”. Como bien afirma Grafton, “la elección de lecturas adecuadas formaba parte del nuevo estilo de vida de la corte renacentista y tenía tanta importancia como saber a qué arquitecto contratar o que ropa ponerse”. (Grafton, 2001:328)

 Que la imprenta sustituyera gradualmente al manuscrito no cambió el estilo y la presentación de los textos. De hecho, los caracteres impresos imitaban a los manuscritos. Los textos clásicos se editaban con caracteres humanísticos. La intención era representar clásicamente los textos clásicos, a veces imitando en el más pequeño detalle los rasgos de los amanuenses. Este es el caso de las ediciones de Aldo Manucio, que desde sus orígenes, en 1501, reproducían la cursiva humanística.   

 Sigismund Thurzo escribía en ese mismo año, que los libros aldinos de bolsillo le habían hecho cambiar la forma de entender la literatura: eran tan manejables que podía leerlos en cualquier ocasión, y hasta le permitían galantear si así se le presentaba la oportunidad. La norma del  nuevo libro era la elegancia, la manejabilidad, su carácter práctico y su austeridad. 

 Paradójicamente, esta intención generalizada de presentar las ediciones renacentistas con una estética clásica, de hacer sentir al lector que se encontraba ante un texto auténtico en contenido y estilo tenía una curiosa característica: no constituía una imitación ni un resurgimiento de lo antiguo, sino una pura invención.

 Al lado de ciertos elementos clásicos empleados con finalidades diferentes, como es el caso de las mayúsculas epigráficas para títulos, encabezamientos o índices de materias, se hallaban recursos medievales en desuso. La caligrafía humanista no podía imitar a la antigua, sencillamente porque en la antigüedad no existían las minúsculas; en cambio, imitaban claramente la minúscula de los manuscritos carolingios, “tan sobria por su forma como poco clásica por su rigen.” En palabras de Grafton:

 “En su forma definitiva, el libro del humanista era el resultado de complejas negociaciones entre diversas partes. Los cartolai [libreros], los copistas, los artistas y los eruditos tenían cada uno su punto de vista, y los modelos medievales que se siguieron usando parcialmente ejercían de manera sutil su propia atracción, llevando a los copistas y escritores a emplear abreviaturas y sistemas de puntuación que hoy no nos parecen nada clásicos”(Grafton, 2001:330)

 Por otra parte, se continuaron usando libros que no tenían el nuevo formato. Ediciones medievales  de libros clásicos (“textos literarios más que técnicos, redactados en letra gótica, a menudo provistos de ilustraciones en las que los personajes llevan ropas modernas, y destinados más a los lectores cortesanos que a los eruditos”) ejercieron gran influencia durante el Renacimiento.

 Se daba el caso de algunos humanistas puritanos florentinos que despreciaban las ilustraciones, pero también el de lectores cortesanos milaneses que gustaban de textos clásicos, con las grandes iniciales iluminadas de los romances medievales. Así, en un Plutarco humanista, Marco Antonio lleva una armadura de caballero, Sertonio es asesinado ante un tapiz en un banquete medieval y Pirro muere entre las murallas de una ciudad italiana.

 El Esopo florentino de Gerardo di Giovanni se mostraba como un hombre moderno, y lo mismo sucedía con el resto de los personajes, que se movían en un paisaje toscano, vivían en edificios florentinos y cazaba en los exteriores de una ciudad con una catedral italiana.

 No siempre los esquemas decorativos clásicos reemplazaron a los medievales, por el contrario, estas anacronías estéticas han revelado a los estudiosos la coexistencia de convenciones medievales y renacentistas, el “deseo de actualizar el mundo antiguo y el de reconstruirlo tal como era.” Como los intérpretes, también los eruditos recrearon el mundo antiguo representándolo según sus concepciones estéticas, es decir, lo construyeron imaginariamente.

 Pero, ¿cómo surgían y circulaban los libros? ¿Era un producto exclusivamente de autores y lectores o existía todo un movimiento “empresarial” que dinamizaba su selección, edición, y distribución? ¿Cómo se configuró la industria del libro con el advenimiento de la imprenta?

 Los copistas, cajistas e iluminadores que fabricaban los libros seguían, en realidad, órdenes de empresarios y comerciantes. Eran quienes controlaban la economía editorial los que generalmente determinaban el aspecto y la forma de los libros. Pero no puede dejarse de lado que también los clientes solían tener gran influencia.

 Con la imprenta el panorama editorial se transforma drásticamente. El sistema de producción artesanal del libro se sustituye por el sistema industrial. Ahora la venta mayorista reemplaza al minorista; la producción uniforme a gran escala se instala dejando atrás la técnica artesanal de los copistas.

 “El libro se convierte así en la primera de las muchas obras de arte que son alteradas fundamentalmente por la reproducción mecánica. El lector ya no tiene ante sí un preciado objeto personal para el cual ha elegido la letra, las ilustraciones y la encuadernación, sino un objeto impersonal cuyas características han sido establecidas de antemano por otras personas. (Grafton, 2001:335)

 El lugar que ocupaban las características físicas del libro en la disposición emocional de su dueño quedará suplantado a partir de ahora por los recuerdos y experiencias personales de su propietario.

 Continuará…