El período escolástico

 Si en la alta Edad Media los monasterios constituían el lugar por excelencia donde se dedicaban horas diarias a leer, el período escolástico traerá consigo cambios que afectarán incluso la noción misma de lectura; ésta comenzará a concebirse con determinada organización.

 En su artículo El modelo escolástico de la lectura, la investigadora belga Jacqueline Hamesse caracteriza las más significativas transformaciones en el ámbito del libro y la lectura en la baja Edad Media. Transformaciones que sentarán las bases de algunas de las prácticas que todavía se emplean en las universidades occidentales.

 Allí se lee que partir del siglo XIII la noción de rentabilidad, de utilidad,  se tornó central. Una carta dirigida a Hugo de san Víctor llevaba por subtítulo “a propósito de la manera y el orden a seguir en la lectura de las Sagradas Escrituras”, lo cual expresaba la preocupación general por seguir un método para abordar la lectura de un texto.

 Como señala Hamesse, esta organización crearía a su vez nuevas necesidades. El lector debía encontrar con facilidad lo que buscaba sin tener que leer cada página, así que se comenzó a marcar los párrafos, a ponerle un título a cada capítulo, a crear índices alfabéticos y de contenido. Todo ello favorecía a la consulta y localización de los pasajes buscados.

 En la baja Edad Media coexistían tres tipos de lectura: la lectura silenciosa (in silentio), la lectura en voz baja (murmullo o ruminatio; modo adecuado para la meditación y la memorización), y la lectura en alta voz, que se realizaba según una técnica particular semejante a la recitación litúrgica del canto.

 A diferencia de la antigüedad donde se daban a conocer las obras recientes de los autores, en el período escolástico no tienen lugar las lecturas públicas en la esfera de la enseñanza. Se trata más bien de la lectura (comentada y explicada) de algún texto del programa de instrucción.

 Este hecho, sumado a otros, como que hayan cambiado las condiciones de producción del libro con una intensificación en la distribución y un énfasis en las obras que había que leer, marca ya una diferencia entre la lectura escolástica y los modos anteriores de lectura. 

 El término “lectura”

 En el latín clásico, el vocablo legere era ambiguo; significaba lo mismo “leer” que “enseñar”. Esto llevó en el siglo XII a Juan de Salisbury a intentar clarificar el término para hacerlo más preciso. Su proposición era la siguiente: llamar praelectio a la enseñanza y lectio a la lectura. Pero la acepción generalizada de lectio en el período escolástico es la de “clase” o “lección”.

 La sintaxis latina deja ver los diversos sentidos que tenía el verbo legere.   Hamesse trae a colación tres ejemplos que muestran cómo varía la construcción de la frase de acuerdo con la designación de la enseñanza del maestro, la instrucción del alumno o la  lectura personal. Según nos dice, “se hablaba de legere librum illi («explicar un libro a alguien»), de legere librum ab illo («aprender un libro con ayuda de alguien») o de legere librum(«leer un libro»).”

 Entre las transformaciones semánticas del término “lectura” hay que mencionar un momento interesante, dado en el contexto de las escuelas de derecho. Me refiero a cuando aquel se empleaba para designar el método de enseñaza según el cual las explicaciones de los textos complicados se anotaban en los márgenes del libro.

 Como dice Hamesse “resulta curioso comprobar que hubo que esperar a la segunda mitad del siglo XII para que el sustantivo lectura apareciera en la lengua latina.” Ya en el siglo XIII se afirma el uso del término para referirse al contenido de una clase o lectura comentada de un texto.

 

Métodos e instrumentos de trabajo

 A la altura del siglo VIII los Padres de la Iglesia se habían  convertido ya en autoridades a las cuales había que citar si se quería dar consistencia a una argumentación. Ahora, en pleno siglo XII, época en que proliferan escritos literarios y las citas de la Biblia se hacen imprescindibles, se crean nuevos métodos para facilitar no sólo el acceso a los textos sino su memorización.

 Si en la alta Edad Media la lectura se realizaba lentamente, para digerir bien los textos, ahora se abría paso a una lectura fragmentaria que no coadyuvaba tanto a la interiorización de la doctrina cuanto al aprendizaje de pasajes concretos. En una palabra, “la utilidad prevaleció sobre el conocimiento”.

 Los florilegios exegéticos, teológicos, patrísticos o de autores clásicos que se habían desarrollado en la alta Edad Media cobran ahora una importancia mayor. En estas compilaciones se ofrecía lo esencial de una obra o tema, en frases fáciles de memorizar. Además, tenían una gran ventaja para los intereses del poder eclesiástico: no poseían pasajes heréticos.

 Con las transformaciones que trae consigo la creación de las universidades el vocabulario se torna más tenaz.  El siglo XII constituyó un período de transición. El florecimiento literario de esta centuria hace imposible la lectura de todos los libros que se escribían. Era imposible aprender de memoria todos los títulos disponibles. Todavía no había inventarios ni índices. Se acude entonces a la elaboración de sumas que resultarían muy cómodas a los intelectuales.

 Así, si se quería comprender el texto bíblico se acudía a la Glosa ordinaria; los juristas tenían a su disposición el Decreto, de Graciano; y los teólogos contaban con el Libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo. Jacqueline Hamesse cita el prefacio de este último, cuyo objetivo  era recoger “en un corto volumen las opiniones de los Padres (…) con el fin de que no le sea ya necesario al investigador consultar la abundancia de libros, ya que para él la brevedad de los extractos compilados le ofrece sin esfuerzo lo que busca.”

 Para estar al tanto de los nuevos conocimientos se crearon enciclopedias que reunían lo más importante en diferentes materias. Es entonces que ven la luz De natura rerum, de Alejandro Neckham, De finibus rerum, de Arnoldo de Sajonia, De propietatibus rerum, del franciscano Bartolomé el Inglés, y Speculum maius, del dominico Vicente de Beauvais.

 Los glosarios y léxicos colaboraron para hacer más fácil la comprensión de términos. Pionero en esta materia fue el Elementarium, de Papias, que si bien no tuvo la importancia que merece en su época, un siglo más tarde se recuperarán sus principios de clasificación. Pero los “verdaderos maestros en materia de elaboración de instrumentos de trabajo” fueron los cistercienses: organizaron los textos, los separaron por secciones, destacaron los pasajes importantes, etc.

 Luego surgirían los sumarios, compendios, índices analíticos por orden alfabético, de contenidos y de conceptos, concordancias de términos y hasta resúmenes de sumas para reducirlas a un  solo libro. Ahora la lectura no era directa: un compilador que operaba la selección mediaba entre autor y lector. El saber, aunque fragmentario, era lo importante; la meditación abre paso a la utilidad.

 Las compilaciones medievales son las precursoras de las que se emplean actualmente en las universidades. Los estudiantes universitarios del Medio Evo las preferían porque les resultaban más comprensibles que los oscuros textos originales. La costumbre actual de   emplear selecciones de lectura como libros de texto comenzaron en las universidades germánicas y luego se extendieron por toda Europa. 

 Y tuvieron tanto éxito que sustituyeron a las obras originales de los autores, que ya no era necesario leer. Incluso los profesores se fueron apropiando paulatinamente de estos manuales para tomarlos como base de sus lecciones. Como es obvio, esto trajo consigo un empobrecimiento en el ámbito académico.

 La lectura, la meditación y la contemplación como etapas en la cultura monástica fueron pronto sustituidas por tres maneras de abordar el texto: explicación y comentario (legere), el arte de la discusión (disputare), y la dimensión espiritual (praedicare). Pero la discusión fue ganando terreno hasta suplantar a las otras.

 Continuará…