El cuño cristiano: hermenéutica bajo supervisión

 En su tratado del siglo VIII adversum Elipandum, Beato de Liébana compara el cuerpo gramatical con el cuerpo humano. Del mismo modo que el ser humano posee cuerpo, alma y espíritu, los libros deben ser entendidos histórica, moral y místicamente. Pero el tratado de hermenéutica más influyente en esta época fue De doctrina Cristiana, de san Agustín, cuya divulgación tuvo mayor amplitud en el siglo IX, donde se considera a la alegoría como un don del Espíritu Santo para estimular el entendimiento.

 En De schematibus et tropis san Beda se propone facilitar un manual de exégesis a los cristianos. Las figuras de la alegoría se ilustran aquí con ejemplos de la Biblia. Pero a pesar de su éxito, este tratado no rivaliza con las obras de los Padres de la Iglesia, localizados y copiados entre los siglos VII y XI.

 Entre las obras de la patrística tratadas como bibliografía autorizada Parkes menciona De viris ilustribus de san Jerónimo, el primer libro de las Instituciones, de Casidoro, y las listas que los propios autores elaboraban, sobre todo las Retracciones de san Agustín, que referenciaban cronológicamente sus obras, con títulos exactos y resúmenes de su contenido.

 Para tener una idea adecuada de las Sagradas Escrituras había que seguir fielmente a los Padres de la Iglesia. Las discrepancias entre las ideas de dichos Padres debían ser comprendidas, como apuntó el sabio Juan Escoto Eríugena en el siglo XI, a los numerosos sentidos de las Escrituras, “todos los cuales eran acordes con la fe.”

 En el tercer libro del manual De clericorum institutione, escrito por Rabano Mauro para los clérigos en el siglo IX, se afirma que el contenido de los “libros divinos” debía ser investigado y enseñado, al igual que las “cosas útiles” que aparecían en las obras paganas, que tendrían que ser examinadas por un miembro de la iglesia.

 La curiosa manera con que Mauro trata de justificar lo inconveniente es un ejemplo claro de que el interés de la iglesia no era propiciar la libre interpretación de los textos: si un pasaje de la Biblia no hacía referencia a la honestidad de la moral o a la autenticidad de la fe entonces había que obviar su sentido literal y la interpretación debía suponer un sentido figurado. En una palabra, a veces convenía lo literal, otras no: toda  interpretación debía de estar en consonancia con la fe verdadera.

En su Historia de las bibliotecas, Hipólito Escolar nos cuenta que san Isidoro recomendaba a los monjes que ignoraran las doctrinas de los poetas paganos para evitar caer en el error. El cristiano debía huir de la elocuencia de las palabras paganas pues el deleite de fábulas inútiles provocaba la lujuria y carecía de la sabiduría de la virtud. El lenguaje sagrado, aunque de expresión “desaliñada” brillaba por la sabiduría de su contenido.

 Este santo fijó en su reglas las horas que debía dedicarse a la lectura en la mañana y en la tarde, en dependencia de la estación. A su juicio, el monje debía consagrar determinadas horas al trabajo porque que el ocio engendraba malos pensamientos, otras a la lectura y todavía otras a la oración, para purificarse. Durante las comidas, un monje leería en alta voz un pasaje de la Biblia mientras el resto escuchaba en silencio con la mayor atención posible.

 Para san Isidoro la lectura necesita de constancia para desarrollar el ingenio y la inteligencia. Esta actividad podía complementarse con la conversación y la escucha de personas sabias. Lo aprendido, había de ser utilizado para mayor gloria de Dios, en lugar de engreírse y pecar de vanidad. La naturaleza soberbia del presuntuoso le impedía alcanzar una perfecta sabiduría.

 San Leandro, por su parte, recomienda a las monjas que alternen ininterrumpidamente la lectura con la oración y que cuando se ocuparan de algún trabajo manual, hicieran que alguien les leyera en alta voz para evitar que el corazón “se deslizara por la pendiente de los vicios.”

 Continuará…