Los historiadores de la lectura suelen enmarcar el nacimiento y posterior desarrollo de la literatura latina a partir del siglo II a. C.  Hasta aquel momento el universo de lo escrito no sólo era apenas existente en Roma, sino que se limitaba a los libros de carácter religioso compilados por los pontífices, y a los testimonios documentales de archivos propios del ámbito gentilicio.

 La literatura disponible en el siglo III a. C era todavía griega, y es precisamente de ella  que los comediógrafos latinos se nutren para obtener la inspiración. Si se me permite extrapolar  la teogonía de Menocchio, el molinero del siglo XVI ejecutado a causa de sus extrañas y pintorescas ideas teológicas, podría decir que el modelo griego fue el queso de donde surgirían los gusanos de la literatura latina.

 Y esto era lógico. Los textos griegos llegaban a Roma por la vía del botín de guerra, producto del saqueo al cual se incorporaron en la segunda centuria antes de nuestra era: en 168 a. C. Emilio Paolo los había traído desde Macedonia, y lo mismo habían hecho en 86 a. C. Sila de Atenas y en 71\70 a. C.  Lúculo del Ponto Euxino.

 El origen de las Bibliotecas en Roma

 Así comenzaron a constituirse las primeras bibliotecas privadas, signo de riqueza y de poder, a las cuales accedía una élite culta: la práctica de la lectura era cosa de las clases altas. ¿No disfrutaba Polibio de los libros prestados por el mismo Emilio Paolo o por Escisión Emiliano? ¿No se sumergiría más tarde Cicerón en la biblioteca privada de Fausto Silla, trasladada por el dictador a su villa de Pozzuoli, después arrebatársela durante el saqueo de Atenas al filósofo peripatético Apelación de Teos y que poseía ejemplares de Aristóteles y de Teofrasto? ¿No era caso gracias a la de Lúculo que Catón de Utica estudiaba a los estoicos?

 Las bibliotecas “de conquista” que llegaban a Roma  estaban organizadas según el modelo helenístico-alejandrino. Sin embargo, las cosas comenzaban a cambiar: al diseñar su biblioteca y la de su hermano Quinto, Cicerón establece una división  entre libros latinos y griegos en dos secciones.

 En una de sus cartas Cicerón le escribe a su hermano: “no sé que hacer por lo que respecta a los libros latinos, tan defectuosos como son las copias en comercio”. Su objetivo era formar una biblioteca latina incluyendo en ella obras admiradas por él en su adolescencia. Como recuerda Guglielmo Cavallo en su artículo Entre el volumen y el codex, cuando Lucio Papirio Peto le dona una biblioteca, Cicerón agradece los libros latinos más que los griegos.

 La idea de la primera biblioteca pública en Roma se debe a Julio César, quien escoge para su proyecto a Marco Terencio Varrón, que curiosamente había luchado contra él frente a dos legiones pompeyanas. Algunos autores como Valcárcel y Fernández, opinan que esta elección se debe en gran parte al interés de César por poner de su lado a un adversario de la talla de Cicerón, amigo de Varrón, debido a la enorme influencia pública que tenía, a la vez que tendía un gesto reconciliador a los pompeyanos, mostrando de este modo que estaba dispuesto a mantener una política liberal.

La muerte de Cesar en 44 a.C. aplaza la materialización de su proyecto. La idea  arraiga en sus sucesores y ya en 39 a.C,  Gayo Asinio Polión funda la primera biblioteca pública romana, en el Atrium Liberatis. Luego Augusto funda dos más: una al lado del templo de Apolo de Palatino y la otra en el Campo de Marte.

 Como es natural, el surgimiento de estas primeras bibliotecas trae consigo la creación del puesto de bibliotecario público. Baste mencionar entre los pioneros a Gneo Pompeyo Macer y a Cayo Meliso, con Augusto; a Tiberio Claudio Scirto, con Tiberio; o a C. Julio Higinio, lo mismo  con Calígula que con Claudio. 

 Hay que pensar las bibliotecas públicas de entonces como algo muy diferente a lo que se entiende hoy como tal. Aquellas traían consigo la idea de un espacio de ocio, de esparcimiento junto a libros y amigos, de grandes villas señoriales. Estas villas contaban, además de la biblioteca, con jardines, salas de recreo, pórticos y ambientes cuyos nombres evocaban algunas instituciones helenísticas como la academia, el gymnasium, el lyceum, etc. que “configuran el escenario para la lectura privada de las clases cultas”.

 Los estudiosos admiten que poco se sabe acerca de la función de las bibliotecas públicas como espacio de lectura, aunque sí que fueron concebidas como áreas de “esparcimiento culto de la vida urbana” y, que no obstante su apertura a todos, sólo eran visitadas por los lectores de nivel “medio-alto.”

 Es a través de estas bibliotecas que se expresa la censura del poder hacia determinados autores, como es el caso de Ovidio. Sin embargo, esto no significaba que hubiera que conformarse con lo que se encontrara en su interior, pues nada impedía la circulación y placentera lectura de textos que se copiaban furtivamente a espaldas de la censura del gobierno.

 Desde el siglo I hasta el III d. C se hacen más comunes las escenas sobre lectura en frescos, mosaicos y relieves escultóricos; lo cual hace pensar en una demanda de libros inaudita hasta aquel momento.  Sin embargo, tampoco se han conservado testimonios de este tipo que muestren la vida en el interior de las bibliotecas, que florecían por iniciativa imperial para conservar el patrimonio literario, así como las memorias civiles y religiosas de Roma. Pero cabe pensar que la modalidad típica, es decir de pie y con gestos marcados    a la par que se leía, era poco probable en este tipo de espacio. Lo que sí se sabe es que se leía fundamentalmente a lo largo de los paseos, lo mismo que dentro de una Basílica o en la sala de un complejo termal.

 Las bibliotecas se frecuentaban lo mismo para buscar textos antiguos que para realizar cotejos, leer fragmentos concretos o, sencillamente para interactuar socialmente. Aunque el objetivo era brindar servicios a un público numeroso, más bien se encontraba allí a los “literatos de profesión.” No se puede pasar por alto la posibilidad de que existieran “bibliotecas menores” cuyos fondos de lectura privilegiaran más la literatura de entretenimiento. 

 Al parecer, quienes frecuentaban las bibliotecas públicas eran los mismos que poseían una privada. Poseer una biblioteca propia era casi una obligación para quien quisiera ostentar poder y dinero, aunque no supiera leer o estuviera escasamente instruido. El libro y la lectura otorgaban una distinción social.

 Alfabetización, lecturas, lectores…

 En el siglo I. a. C, comienza  circular el novus liber, volumen latino inspirado en el modelo griego para satisfacer a los lectores cultos. Cavallo  lo describe: “papiro de primera calidad, utilizado por primera vez, una estudiada paginación de lo escrito, formas gráficas cuidadas y elegantes, texto corregido, uso de iniciales distintivas y escrituras particulares para el nombre del autor y el título de la obra la final de cada unidad librera, y, por último, el uso de palillos para envolver el volumen”

 A la par de este público culto, destinatario del novus liber hay que mencionar ese otro indiferente a la calidad que leía solo por voluptas y no por utilitas, lo cual muestra que existía un sector de lectores anónimo, desconocido para los autores; estos últimos comenzarán a tomar en cuenta  progresivamente a ese público para elaborar estrategias en cuanto al destino de sus obras.

 El público lector será, continuará siendo, no obstante, una minoría. Hay que contar en él a los círculos aristocráticos cultos, lo mismo que al grupo de gramáticos y retóricos (que podían ser o haber sido eslavos), a la vez que al grupo de “lectores nuevos” que podía rozar la  clase  media-baja.

 Entrada la época imperial se constata un mayor nivel de alfabetización y de circulación de la cultura escrita que en el período precedente. Ahora la literatura se difunde tanto  para un público docto, como para otro de “nuevos lectores”, meramente alfabetizado. Se encuentran en esta etapa fichas con inscripciones, calendarios, cartas, libros de reclamaciones, mensajes, además de la habitual documentación civil, militar   y jurídica; pero también huellas de escritura de un público alfabetizado (que va desde lo más humilde hasta lo culto) en las paredes y casas de Pompeya: inscripciones obscenas, chistes vulgares, a la vez que versos de autores célebres y composiciones poéticas.

 Las victorias en las guerras se anuncian en carteles, mientras que los pasquines, fueran en verso o en prosa, se encargaban de difamar públicamente a los gobernadores. Además, florecen de los tratados para guiar al los lectores a refinar el gusto, la selección y adquisición de determinados libros.

 Continuará…