Lámina 6 del Libro de los Peces

En febrero del año 1763 arribó a La Habana el portugués Antonio Parra y Callado, como un soldado más entre otros 2000 de las tropas españolas que venían a reforzar la Isla tras el cese de la dominación inglesa; tres décadas más tarde se convertirá en uno de los hombres más ilustres del país. Su celebridad atravesará las fronteras y los siglos: a él se deben no sólo el primer gabinete de historia natural que hubo en La Habana, sino también el primer libro científico publicado en Cuba.

El libro en cuestión vería la luz en la imprenta de la Capitanía General en 1787 con el título Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, representadas en setenta y cinco láminas. Todo parece indicar que fue editado dos veces en ese mismo año.

¿Era entonces Antonio Parra un erudito educado en alguna de aquellas centenarias universidades europeas? ¿Acaso un científico de amplios y profundos conocimientos ictiológicos? En lo absoluto. En la dedicatoria de su libro al Rey Carlos III, el propio naturalista confiesa que fue inspirado en la admirable belleza de la Isla de Cuba que decidió ocupar sus ratos libres en la recolección de piezas, fundamentalmente del ramo marítimo. Así, alrededor de 1776 comenzó a disecar peces. Primero los vaciaba y los endurecía, luego los pintaba y los barnizaba para hacerlos más atractivos. Y fue gracias a los elogios de “algunos curiosos” que le visitaban, que se animó para realizar todos los esfuerzos posibles por obtener cada vez más raros ejemplares. 

Mucho más estimulado debió sentirse cuando supo de la Real orden enviada en 1784 por el Marqués de Sonora a Luis de Uznaga, gobernador y capitán general de la Isla, solicitando el apoyo de los jefes de provincias a algunos comisionados encargados de recoger objetos de historia natural en las Indias. De inmediato, Parra se propuso mejorar su gabinete particular y encargó la construcción de sus primeros muebles y urnas de caoba.

Un año después, el naturalista autodidacta escribía a la corte para solicitar al rey un transporte seguro con el propósito de llevar a Madrid algunos cajones que contenían peces, caguamas, macaos, langostas y careyes disecados, además de cinco caimanes y un cocodrilo vivos. Sin embargo, la muerte de dos de sus protectores en España y la inestabilidad política reinante en la Isla ocasionaron la postergación de su viaje.

El investigador cubano Armando García calcula que fue precisamente en este período (1784-1785) cuando el portugués debió comenzar a escribir su obra. Pero no se trataba de un libro común: a su condición científica se añadirán su importancia histórica y su valor artístico. De hecho, más que un libro en el sentido riguroso del término, Parra se proponía hacer un catálogo que presentara sus colecciones y, por tanto, necesitaba un ilustrador lo suficientemente hábil como para copiar con fidelidad cada uno de sus ejemplares. ¿A quién podría encargarle entonces semejante tarea, en una ciudad donde escaseaban los grabadores?

Pues bien, fue su propio hijo de 16 años quien se ofreció a ayudarle y, una vez que debió vencer las resistencias iniciales de su desconfiado padre, realizó las ilustraciones. Para la iluminación, es decir, para la decoración a mano con acuarela de dichas ilustraciones, padre e hijo consultaron algunos maestros entre los que probablemente se encuentre el notable grabador cubano Francisco Javier Báez. Lo cierto es que el jovencito Manuel Antonio logró hacer los 75 grabados en cobre con tal calidad que sería reconocida años después, incluso por prestigiosos científicos franceses.

En efecto, en su Histoire Naturelle des Poissons los célebres sabios franceses G. Cuvier (1769-1832) y M. Valenciennes (1794-1865) se refieren al catálogo como “infinitamente más valioso” a causa de las figuras con que fue enriquecido. Luego, en una nota al pie, afirman que ésta es una de las obras más útiles al conocimiento de los peces del Golfo de México, no tanto por el texto como por las figuras “muy exactas en las cuales están representados”. Ambos sabios fijaron nombres científicos para los peces de Parra.

Lámina 18 del Libro de los Peces

En la Descripción…se catalogan básicamente animales marinos. La primera parte se ocupa de los peces y crustáceos; la segunda de las esponjas y corales; mientras que la tercera se concentra en las petrificaciones de animales. De modo general, las piezas son enumeradas y descritas en su aspecto exterior. Se ha señalado que, a pesar de los errores de clasificación cometidos debido a su falta de formación científica, Parra poseía una gran capacidad de observación, como lo revela el caso de la inclusión del erizo estrellado entre los crustáceos. La obra también dedica un espacio a la “ciguatera”, toxicosis debida a la ingestión de algunos de los animales registrados. Llama la atención que en la tercera parte de la obra, Parra incluyera, como fenómeno curioso, la historia y tres ilustraciones de un negro calesero con una hernia de “cuatro arrobas y dos libras de peso”.

Es necesario destacar que si bien el Libro de los Peces, como también se le conoce, tuvo el honor de ser el primero de carácter científico impreso en Cuba, y además con un tema propiamente cubano, cuenta sin embargo con precedentes desde dos perspectivas diferentes: no fue ni el primer libro que se imprimió en la Isla, ni el primero que se redactó sobre un tema científico. Si bien la imprenta había llegado a Cuba alrededor de 1720, y en 1723 tuvo lugar la primera impresión con la Tarifa general de precios de medicinas, Ambrosio Fornet considera que fue en el año de 1761 cuando un reglamento militar se convirtió en el primer libro “propiamente dicho” impreso en la Isla; a su juicio, los anteriores no rebasan la categoría de folletos. Por otra parte, desde la perspectiva científica, El arte de navegar, publicado en Madrid en 1673, había sido terminado en La Habana un año antes por el médico sevillano Lázaro de Flores Navarro. Sin embargo, ninguno de estos dos libros tendría la relevancia y acogida que tuvo el libro de Parra entre los lectores de nuestro país.

En 1789, dos años después de la publicación, Parra logra por fin navegar rumbo a España con su libro y algunos ejemplares de su colección: peces, crustáceos, reptiles y un armadillo. Fue el bailío Antonio Valdés quien los llevó ante el rey, y los entregó al director del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. En ese mismo año, Parra regresó a la Isla para continuar su labor. Aquí le esperaba la fama y un amplio reconocimiento social.

Piénsese que el Papel Periódico de la Havana divulgó en diversas ocasiones la minuciosa obra del portugués, que ya comenzaba a ser mencionado con orgullo nacional: el 6 de febrero de 1791 se publica un artículo elogiando ampliamente su trabajo; en 1792, se exhorta al público para que coopere con producciones relativas a la industria, el comercio, la agricultura, el arte y la ciencia, y se pone como ejemplo la labor de Don Antonio Parra; el 22 de julio de este último año se anuncian los horarios de visita a su gabinete, ubicado en la calle Tejadillo No 8. Desde entonces, el libro del naturalista ha sido objeto de estudio por parte de nuestras más ilustres personalidades.

Así, el eminente científico Felipe Poey (1799-1891) nunca dejó de reconocer en sus obras la labor de Parra como precursor de su propio trabajo e, incluso, le dedicó varias especies, como lo confirman los casos de la Monocanthus parraianus y la Exocoetus parrae; el pensador José Antonio Saco incluía en un estudio la denominación científica de los peces de Parra y destacó el interés que su obra despertó en España; el polemista y académico Marcos J. Melero (1830-1900) empleó la obra de Parra para rebatir algunas ideas de Felipe Poey sobre la ciguatera; el geógrafo Andrés Poey (1825-1919) la homenajeaba como la más antigua obra de ciencia publicada en Cuba; para el prestigioso escritor y crítico literario Domingo del Monte (1804-1853) el libro en cuestión era el primero de alguna importancia publicado en La Habana.

También entre los investigadores del siglo XX, tanto cubanos como extranjeros, hallará difusión el catálogo del portugués aclimatado. Baste citar en el primer caso a Carlos de la Torre y Huerta, discípulo de Felipe Poey, quien le regalara en 1948 al entonces depuesto rey de Bélgica, Leopoldo III, un espécimen de la Palma animal registrada en el libro de Parra. En el segundo caso pueden mencionarse los trabajos del prestigioso naturalista español Francisco de las Barras y Aragón, así como los del ictiólogo norteamericano David S. Jourdan.

Las últimas noticias sobre Antonio Parra se refieren a la publicación, en 1799, de un folleto sobre los medios de transplantar diversos árboles cubanos en España. En efecto, entre 1770 y 1792 Parra se había desarrollado también como botánico: había recolectado y enviado decenas de cajones de semillas y plántulas a la metrópoli. Gracias a su intensa dedicación a la flora cubana llegó, incluso, a obtener el título de Miembro Correspondiente del Real Jardín Botánico de Madrid. Pero esta es otra historia.