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Joven musulmana estudiando

La prohibición del velo islámico en Francia es un asunto más grave de lo que pudiera parecer. En nombre de la libertad y de la autonomía, cientos de jóvenes musulmanas se ven privadas de un derecho, a la vez que son estigmatizadas y reducidas a objetos sexuales. ¿Alguien se ha preguntado si, en vez de pronunciarnos irreflexivamente sobre el significado del velo, no sería mejor preguntarles a quienes lo usan el significado que para ellas tiene?  Te invito a leer mi artículo: El velo islámico y la escuela republicana,  donde exploro los debates y posiciones que han tenido lugar en Francia sobre la prohibición de los signos religiosos.

 

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Corría el año 1635 cuando dos barcos cargados de esclavos provenientes del golfo de Guinea  naufragaron muy cerca de San Vicente. Por aquel entonces, esta isla caribeña estaba poblada por la sociedad de los Calíponas, resultado de la mezcla entre la tribu de aborígenes conquistadores Callinagu y la Arahuaca, oriunda de San Vicente. Dispuestos a adoptar sin reparos las nuevas costumbres, los recién llegados se unieron en matrimonio con las nativas, dando origen a la raza Garífuna, caribes negros cuyo nombre significa “gente que come yuca”.

 Años más tarde, cuando los ingleses colonizaron San Vicente después de sangrientas batallas contra los caribes negros, los primeros se encontraron con un problema inesperado. Resultaba problemática la convivencia entre sus propios esclavos y los garífunas, pues aunque ambos eran de piel negra, los caribes negros mantenían su condición de libertad. La solución más práctica que encontraron los colonizadores fue cazar y asesinar a cuantos garífunas encontraran en el camino. De los cuatro mil trescientos sobrevivientes que fueron enviados a Balliceaux, la mitad murió de fiebre amarilla, mientras que el resto fue embarcado, en 1797,  a la Isla de Roatan, frente a la costa hondureña. De hecho, suele celebrarse el 12 de abril de este año como la fecha de arribo de los Garífunas a Honduras.

 La cultura garífuna hondureña se ha conformado incorporando múltiples influencias, entre las que destacan la africana, la arahuaca y la europea. De la herencia africana pueden apreciarse las danzas de punta, sus fábulas, sus cultos a los antepasados, y sus tambores.  Es destacable que el orgullo por la ascendencia africana se muestra en la preferencia de muchos garífunas a ser llamados “garinagu”, es decir,  la versión africana del nombre de su pueblo, y que su representativa bandera tricolor tiene al negro como un símbolo de lo africano. De la parte amerindia conservan muy vivas tradiciones como la preparación del casabe, la cultura del mar y de la pesca, la fe en los curanderos, los velorios, el empleo de maracas en las danzas festivas y, sobre todo, la propia lengua garífuna, descendiente de la familia arahuaca, aunque con elementos del bantú africano occidental, del español, del miskito, del inglés, y del francés.

 En la comunidad garífuna, la religión es una especie de mezcla sincrética del catolicismo y otros sistemas de creencias amerindios y africanos. En los ríos, lagunas y estuarios los varones realizan ritos y ceremonias para evitar que los espíritus se lleven el pescado. Duendes garífunas, espíritus de difuntos llamados mafias, espíritus malignos y el Hombre del Mar forman parte del imaginario religioso de esta comunidad.

 Como parte de una ceremonia conocida como dügu, que permite expiar la mala conducta y apaciguar los espíritus molestos, los varones cantan durante tres días de pesca; luego recolectan productos de las áreas forestales y regresan a la comunidad, donde son recibidos con tambores, velas y canciones de playa. Cuando finaliza la ceremonia, se envía alimento a los antepasados del otro lado del mar sea enterrando la comida en la playa, sea echándola al mar. (1)

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Los tambores son parte imprescindible tanto de los ceremoniales religiosos como de la cultura garífuna en general. No sólo se le atribuyen poderes místicos, sino que influyen realmente en la subjetividad de los integrantes de esta comunidad.   Algunas leyendas cuentan que, en los períodos de guerra,  un caribe negro jamás entraba en el campo de batalla sin tamboristas confiables, y que estos podían incluso dirigir el combate con el toque del tambor. Así, por ejemplo, determinados toques alentaban al ataque mientras que otros llamaban a retirada. Se ha dicho incluso que el toque del tambor era tan poderoso que podía convertir a un gran guerrero en un cobarde. Es por ello que se entrenaban  soldados especiales sólo para proteger a los tamboristas, que a menudo eran blanco de los ataques de los adversarios. (2) En la actualidad, el  rol del tambor ha cambiado considerablemente: se emplean para convocar a la comunidad a un velorio, para establecer contacto con los antepasados o para establecer el ritmo de un buen baile de punta, considerado como uno de los mayores aportes de la cultura garífuna al mundo.

 De manera general, el baile de punta se da entre una hembra y un varón. Cada uno intenta bailar mejor que el otro, moviendo las caderas y los pies al ritmo del tambor, mientras que la banda comienza a agilizar el toque acelerando el ritmo que debe seguir la pareja o el grupo. El baile de punta se puede observar en la mayoría de los eventos festivos aunque, según la tradición, en sus inicios fue empleado también en los velorios para garantizar que el espíritu del muerto encontrara mejor vida. Este no ha sido, sin embargo,  el único cambio en la tradición de los bailes de punta garífunas.  Antes sólo los adultos podían bailarlos, y las mujeres no solían tocar los tambores. Hoy todo esto es distinto. Incluso los rústicos  tambores de madera, la concha y las maracas han sido sustituidos por instrumentos eléctricos  dando origen al género de punta rock. (3)

Notas: 

1-Cf. Griffin, Wendy: Ritos garífunas de la pesca y el mar. Disponible en:   http://www.stanford.edu/group/arts/honduras/discovery_sp/customs/ritual/fish.html

2-Cf. Los poderes místicos de los tambores garífunas. Disponible en:  http://www.stanford.edu/group/arts/honduras/discovery_sp/

3-Para una visión más amplia y personal véase  Adebisi Akinrimisi:   Perspectivas sobre la danza de punta. Disponible en:

 http://www.stanford.edu/group/arts/honduras/discovery_sp/art/dance/punta3.html

Pseudomonas_aeruginosa

Si concebimos la globalización como un proceso de interconexión y comunicación planetaria, veremos que no es, en absoluto,  un fenómeno reciente. De hecho, constituye uno de los caminos de la evolución de la vida recorridos por las bacterias hace más de 2800 millones de años.

Las bacterias transfieren e intercambian, eficientemente, material genético proveniente de diferentes linajes, pues disponen  de un mismo banco de genes que les permite tener acceso a los mecanismos de adaptación de todo el reino bacteriano; esto significa que tienen a su alcance los mismos medios y herramientas para resolver problemas. Una prueba en favor de este excelente proceso de recombinación de ADN es la frecuente supervivencia bacteriana a los medicamentos que empleamos para eliminarlas. Sin embargo, no ha sido éste el único camino exitoso para la evolución de la vida.

Se conoce como “simbiosis” a la tendencia de los organismos a establecer relaciones entre sí tan íntimas que con frecuencia unos llegan a vivir –literalmente- dentro de otros. Muestra verificable de ello es nuestra propia convivencia con las bacterias en los intestinos. También la respiración de las células y la creación de nuevas formas de vida fueron posibles a partir de “acuerdos  simbióticos”.

Estas teorías, como bien ha notado el físico austriaco Fritjof Capra en su libro La trama de la vida, echan por tierra aquellos darwinismos sociales que veían únicamente competencia en la naturaleza. En ella se comienza a ver ahora la cooperación continua y la mutua interdependencia que se da entre todas las formas de vida: son las alianzas, más que los combates, los medios a través de los cuales la vida conquista el globo.

Entre las implicaciones que tienen estas últimas ideas hay que señalar el necesario desplome de toda teoría que justifique la competencia económica sobre la base de supuestas leyes naturales infalibles, según las cuales el mundo está diseñado exclusivamente para la supervivencia del más fuerte. Así, cuando tales “leyes” se tambalean, lo más lógico es voltearse  hacia los epígonos de la  imitatio natura, y preguntarles si están dispuestos a ser consecuentes con su doctrina, y aceptar que el éxito de las estrategias de supervivencia bacteriana durante miles de millones de años nos podría proporcionar un hermoso ejemplo de cooperación fraterna. Es cierto que, hasta donde sabemos, las bacterias tienen un comportamiento determinado por la naturaleza y carecen por tanto de libertad de elección. Pero también es cierto que poseen un tipo de conocimiento (en el sentido más reciente de este término: vivir es conocer) que les permite rechazar o aceptar aquello que les pueda ser  perjudicial o beneficioso. Mediante la vía ensayo y error las bacterias han aprendido a discernir “lo que les conviene” y se han creado un mundo propio efectuando cierres organizacionales y aperturas informacionales, lo cual les permite intercambiar información con el entorno sin perder su estructura, sin dejar de ser ellas mismas, sin perder su “identidad”.

Si extrapolamos este fenómeno a la evolución y constitución cultural, tal vez pueda establecerse una cierta analogía. Al fin y al cabo,  ¿qué es la cultura sino el conjunto de comportamientos, costumbres, formas de vida y expresiones idiosincrásicas creados y conformados gracias a un flujo filogenético de información, que se actualiza y desarrolla ontogenéticamente configurando una identidad específica? Si se actualiza ontogenéticamente es gracias tanto a la persistencia de la tradición, como a la influencia de la nueva información incorporada sobre ese sistema abierto que es la cultura (novedades culturales, transformación y mejoramiento  de costumbres, normas, corrientes estéticas y artísticas, etc.). De este modo (dialéctico, dialógico), la cultura se afirma a sí misma continuamente a la vez que se transforma.

Las bacterias han evolucionado a partir de acuerdos simbióticos, estableciendo alianzas mediante las cuales no sólo logran la convivencia, sino que producen nuevos niveles de organización de la materia que conducen frecuentemente a nuevas formas de vida. Las culturas, por su parte, se constituyen también sobre la base de simbiosis, pero estas no son necesariamente “acordadas”, pues es frecuente que medie la violencia, sea ésta simbólica o material.

Si recordamos ahora que hace millones de años ciertos tipos de bacterias que absorbían el oxígeno poblaron las células y que, gracias a ello, éstas últimas aprendieron a respirar creando mitocondrias, en vez de morir intoxicadas por los altos niveles de oxígeno que comenzaban a llenar la atmósfera, postularemos con gusto que lo que vale en el reino bacteriano podría valer también en el reino cultural, añadiendo, claro está, el componente ético: necesitamos una simbiosis ética de la cultura.

Es de presumir que si ciertos grupos de bacterias hubieran tomado el poder e intentado globalizar sus propias características, limitando al resto e imponiendo condiciones, la vida no hubiera tenido lugar más allá de sus propias existencias individuales.

Después de haber escrito obras como Sociedad civil y hegemonía o  Modernidad, Ateísmo y Religión (ésta última en coautoría con Jesús Espeja) el profesor Jorge Luis Acanda publica Traducir a Gramsci, un ameno e ilustrativo libro, que vale la pena comentar. Si bien el metafórico título indica que estamos ante un texto que facilitará la  comprensión de la teoría de quién fuera uno de los más grandes pensadores del siglo XX, el autor  no sólo “traduce” al líder comunista italiano (1891-1937), sino también a Kant, a Hegel, a Marx y, de paso, establece claramente las diferencias esenciales entre la filosofía  propiamente marxiana y los  más extendidos postulados de la vulgata marxista.

Desde el primer capítulo, Acanda describe el modo en que suele entenderse la teoría gramsciana en Cuba; una teoría cada vez más recurrida sin ser completamente comprendida. Entre las razones que recrea el autor se encuentran: la propia oscuridad de los Cuadernos de la cárcel, que Gramsci tuviera que escribir en lenguaje cifrado para burlar al carcelero y evitar la destrucción de la obra; la influencia del marxismo mecanicista, economicista y dogmático, proveniente dela Unión Soviética y del cual V. Konstantinov fuera el más decidido campeón; y las frecuentes “traducciones” del pensamiento gramsciano desde perspectivas liberales, como la de Norberto Bobbio, que terminan convirtiendo a Antonio Gramsci en un pensador reformista e incluso idealista.

Por ello, a lo largo de los 10 capítulos y el epílogo que componen su libro, Acanda transita por los marcos explicativos  que ofrece el contexto histórico, económico,  filosófico y sociopolítico en el cual surge la teoría gramsciana. Es así que términos usualmente empleados como son Liberalismo, Modernidad, Fascismo, Sociedad, Mercado, Libertad, Racionalidad, Propiedad, Democracia, Apropiación, Fetichismo, Producción, Enajenación, Socialismo, Poder, Capitalismo etc., se articulan complejamente enriqueciendo la perspectiva del lector.

El libro es también una formidable lección de economía política que va más allá del habitual discurso economicista. En él se nos aclara que el capitalismo es mucho más que la búsqueda de la maximización del valor, mucho más que la simple reproducción ampliada  del capital. Tras la complaciente apariencia de un sistema que produce mercancías para la satisfacción de necesidades, Acanda hace notar otro rostro: el de un sistema que produce y reproduce una modalidad de relaciones sociales sobre la base de la producción y reproducción de necesidades humanas, es decir, sobre la base de la producción y reproducción de un tipo específico de subjetividad: la del individuo consumidor de mercancías.

La gnoseología es otra de las áreas abordadas en esta obra. Acanda se detiene en la problemática de nociones aparentemente contrapuestas como son lo  “Objetivo” y lo  “Subjetivo” y, recurriendo a la física Óptica,  despeja una dicotomía  promulgada sobre todo por quienes identifican lo “Objetivo” con lo verdadero. En el texto se nos explica por qué un fenómeno puede ser falso y, sin embargo, real y objetivo.

Es entonces (cuando hemos recibido imprescindibles lecciones de economía política, gnoseología, física óptica, filosofía moderna, historia y teoría sociopolítica), que estamos listos para comprender el significado de términos como “sociedad civil”, “poder y dominación”, “sentido común y buen sentido”, “guerra de posiciones”, “bloque histórico”, “revolución pasiva”, “intelectual orgánico”, “intelectual tradicional” y otros tantos que se imbrican y presuponen, pues  “es esta vinculación esencial entre ellos lo que con razón puede denominarse concepción o teoría gramsciana de la hegemonía”.

Traducir a Gramsci es, sin dudas, una didáctica obra que, aunque teórica, está escrita con  un lenguaje sorprendentemente claro.  En ella, es cierto,  se nos muestran las claves para la comprensión del pensamiento del autor de los Cuadernos, sin embargo, y tal vez de manera inconsciente, además de los conocimientos que constituyen el contenido del libro, Acanda nos revela el arte de  “traducir”, es decir, nos ofrece las claves para la “traducción” de cualquier otro pensador. De este modo, el libro consigue ser un ejercicio de estudio lo suficientemente hábil como para enseñarnos mucho más de lo que nos ha prometido.

La cultura comercializada masivamente, advierte Parenti, nos aparta del pensar demasiado en cosas más importantes. Entretenerse es más fácil que sentirse informado. Cuando se quiere entretener a todos se busca el más bajo denominador común. Entonces, 

“Los gustos del público se convierten en algo armónico con la cultura basura, las ofertas de lo inútil, lo grosero, lo tremendamente violento, lo estimulante de momento y lo desesperadamente superficial. Estos contenidos a menudo tienen un verdadero contenido ideológico. Incluso si fuera supuestamente apolítica, la cultura del entretenimiento (…) es política en su impacto, propalando imágenes y valores que tienen que ver con lo sexista, racista, autoritario, materialista y militarista”

 Nótese que lo que plantea el autor es la idea inversa a la que supone una industria del entretenimiento complaciente con los intereses populares. Es el suministro el que crea la demanda. Hay todo un conjunto de razones,  diferentes al gusto popular, para determinar el proceso de selección de un programa televisivo, o de los libros que acepta una librería.

 En este último caso, la industria editorial, dominada por unas pocas poderosas sociedades, impone una censura. Los libros que estas grandes editoras publican tienen mucha más posibilidad de distribución, propaganda y ubicación en bibliotecas y estantes que las pequeñas editoriales. El mundo del arte no es algo aparte del mercado del arte, del mismo modo que – diría yo- la producción de literatura no es algo aparte del mercado literario.

 La influencia de la ideología dominante no se limita al ámbito cultural. Muchas investigaciones científicas se divulgan y subvencionan de acuerdo a marcados intereses comerciales.  Así, las compañías de tabaco financian investigaciones que afirmen que el cigarro no hace daño; las petroleras a aquellas según las cuales el calentamiento global es un cuento de hadas; la industria química, por su parte, preferirá los estudios que demuestren las bondades de los pesticidas.

 En plena armonía con la Historia popular de la ciencia, de su coterráneo el historiador Clifford D. Conner, Parenti recuerda las muchas veces en que los científicos se han puesto al servicio de determinadas ideologías. Ciencias como la psiquiatría se han mostrado como efectivos mecanismos de control.

 Durante siglos no pocos hombres, detentando el poder y la autoridad que confiere el halo de las Ciencias Medicas, han declarado a las mujeres seres inferiores y a los negros deficientes morales y mentales .

 A finales del siglo XIX y todavía en el XX, se inventaron enfermedades como la ninfomanía y la dependencia masturbatoria. También en esta época se creía que la histeria era una enfermedad causada por el útero, al punto que eminentes doctores como William Goodell aconsejaban la extirpación de este órgano femenino como medida más efectiva.

 El eminente psiquiatra Benjamin Rush, entendía la cordura como “la práctica de hábitos regulares”, mientras la locura era “todo lo contrario” (dudo que alguien encuentre una mejor justificación para reprimir cualquier manifestación contra el orden establecido). Según el padre de la psiquiatría americana, el mejor remedio para la demencia era la flagelación, el terror, el uso del “miedo acompañado de dolor y el sentimiento de vergüenza” (¿y existirá alguna justificación más adecuada para la tortura?); de hecho, afirmaba Rush, la inmovilización total y el confinamiento de las partes del cuerpo producía efectos tan tranquilizantes en el paciente que el prestigioso científico se había deleitado aplicándolos.

 Pero si los casos de los sabios Goodell y Rush aun no le parecen suficientes, habrá que  mencionar el resultado de una investigación que en 1851 publicó el doctor Samuel Cartwright titulada  Informe sobre enfermedades y peculiaridades psíquicas de la raza negra, donde concluía que la drapetomania, es decir aquella extraña enfermedad que motivaba a los negros a huir de la esclavitud, “era un desarreglo como cualquier otra alienación mental, y mucho mas curable, como regla general.”                                                                                   

La cura que proponía el doctor, basado en sus rigurosas investigaciones era la aplicación de latigazos para los primerizos y, en caso de reincidencia (imagino que por ser un estado de empeoramiento de la enfermedad), el corte de orejas, los grilletes, el hierro caliente o la castración.  

 ¿Y que decir de la adición que hizo, en 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría de la homosexualidad a la lista de enfermedades emocionales en su Manual de Diagnóstico y Estadística de Enfermedades Mentales? Ahora a los homosexuales se les podía discriminar sobre la base de criterios científicos, a pesar de que en el citado Manual no se explicaban esos mismos criterios. Eso sí, como los programas de modificación del comportamiento, el confinamiento institucional, los medicamentos, y la cirugía del cerebro no habían logrado curar la homosexualidad, se concluyó que esta era una enfermedad bien difícil de tratar.

 Apunta Parenti que ni la inclusión en aquel año, ni su exclusión en 1974 tuvieron nada que ver con la ciencia:

 “La lista de 1952 fue la respuesta a una cultura homofóbica y a una larga práctica dentro de la psiquiatría. Y la decisión de 1974 de quitarla de la lista fue la respuesta a la lucha política llevada a cabo por los gays contra esa cultura homofóbica. Ambas decisiones demuestran : a) cómo los sesgos culturales penetran en los sistemas de creencias, incluyendo los sistemas científicos que presumen de estar libres de sesgos culturales, y b) cómo la cultura no siempre es un concepto fijo e inmutable, sino que a veces la puede cambiar una agitación consciente y organizada”

 El etnocentrismo y el imperialismo cultural son temas que no escapan a la mira de Parenti. El etnocentrismo es la tendencia a considerar a los demás de acuerdo con las características preferidas de nuestro propio grupo, con el consecuente desprecio cuando “el otro” se muestra diferente a nosotros; el imperialismo cultural, por su parte, es el aliado del imperialismo político-económico: el saqueo, la conquista, las guerras, la expropiación de tierras, de trabajo, de capital, de recursos naturales, de mercado, en fin, el peso del poderío militar de una nación descargado sobre otra, trae como consecuencia la perdida de modos de vida, de ritos, artes, costumbres, mitos, música, dioses e idiomas.  En una palabra, el imperialismo cultural es la imposición de nuestra cultura, y lleva por tanto una alta dosis de etnocentrismo.

 Muestras de etnocentrismo son las guerras de religiones, la masacre de los cristianos a los judíos, la lucha entre musulmanes y cristianos, las matanzas entre chiíes y suníes, el proceso de colonización industrial en las poblaciones indígenas, las expropiaciones de obras de arte o la supuesta inferioridad del “África más oscura”.

 Parenti muestra no obstante una posición equilibrada a la hora de juzgar en práctica ambas nociones. El error de muchos teóricos es pretender resolverlo todo con teorías, discursar con fórmulas, desprender consecuencias no de la realidad, sino de sus notas, de sus lecturas. Si la realidad contradice criterios bien establecidos, entonces hay que revisar esa realidad. De este modo, es muy fácil llegar al dogmatismo.

 De ahí que el profesor se muestre escéptico ante la suposición radicalmente opuesta al etnocentrismo  de considerar que cada cultura es feliz con sus tradiciones. Declarar que  sociedad con un alto grado de injusticia social debe comprenderse desde sus propias pautas, y por tanto que hay que abstenerse a juzgarla es en sí mismo un acto de injusticia.

 La sociedad islámica puede tomarse por ejemplo. El estricto puritanismo y la misoginia reinante generan un nivel de estrés que se estima la causa del más alto nivel de accidentes de tráfico del mundo, así como de los extraordinarios porcentajes de diabetes y de la alta tensión sanguínea.   

 “Como cualquier sociedad en la que hay una represión intensa, en Arabia Saudí existe gran cantidad de hipocresía. Por ley y por principios religiosos a nadie le está permitido tener una antena de televisión por satélite. Sin embargo  el país es el mayor consumidor de televisión por satélite de Oriente medio. Por ley y por principios no puede haber bancos que cobren intereses, no obstante el 90 % de los bancos saudíes están basados en el sistema de intereses. Por ley y por principios las imágenes y practicas sexuales deben estar fuera de la vista y de la mente, pero los hombres ven pornografía en internet en forma regular” 

 En fin, que respetar otras culturas no significa aceptarla en todos sus aspectos, concluye Parenti, que examina luego con detalle las terribles injusticias cometidas contra las mujeres, la esclavitud infantil, las violaciones incestuosas, el matrimonio heterosexual como institución fundamental de la civilización, aunque todo indique lo contrario, los mitos racistas, el hiperindividualismo, las ventajas y desventajas de la New Age, las nociones de “paradigmas”, “objetividad” y “opinión disidente”, entre otras. Siempre nos ofrece el autor datos sorprendentes, sucesos inesperados, realidades que a pesar de su actualidad nos parecen las más crueles pesadillas.

 La obra de Parenti nos invita a movernos a contracorriente, a resistirnos a las falsedades de una cultura cuya trivialidad  no es para nada inocente, y detrás de la cual siempre ocultarán su rostro  la ideología y el poder.

Imaginemos por un instante que Johannes Kepler y Tycho Brahe contemplan juntos una puesta de sol. Brahe es un fiel seguidor de Aristóteles y Ptolomeo: para él, la tierra se encuentra en un punto fijo alrededor del cual giran el sol y el resto de los cuerpos celestes. Kepler, uno de los protagonistas de la revolución científica del siglo XVII, está convencido de que es la tierra la que gira teniendo al sol como centro. ¿Observan ambos astrónomos lo mismo mientras disfrutan esa escena crepuscular? ¿Tienen acaso la misma experiencia visual?

 Los mismos fotones son emitidos desde el sol, y atraviesan nuestra atmósfera. Cómo los dos observadores tienen una visión normal, dichos fotones pasarán a través de sus córneas, humor acuoso, iris, lentes, y del cuerpo vidrioso de sus ojos para afectar sus retinas y provocar similares cambios electroquímicos en sus células de selenio. No hay dudas: los dos astrónomos ven lo mismo…pero no tienen la misma experiencia visual.

 Existe una marcada diferencia entre el estado físico y la experiencia visual. Los conocimientos, la cultura, los esquemas mentales ejercen más influencia que las reacciones en la retina. Más que un estado fotoquímico, la observación es una experiencia. Son las personas quienes ven,  no sus ojos. Las cámaras fotográficas y los globos del ojo son ciegos.

 Los intentos de localizar en los órganos de la vista algo que pueda denominarse visión deben de ser rechazados: para Tycho Brahe, el sol realiza su cotidiano paseo teniendo a la tierra como centro; para Kepler la tierra gira hacia sus espaldas, mientras  el sol permanece inmóvil.

 Hace unos años se sometió a un grupo de ciegos de nacimiento a una operación con técnicas quirúrgicas nuevas. La vista les había sido devuelta. Todos los mecanismos fisiológicos para la visión estaban totalmente constituidos. Sin embargo, no era mucho lo que podían ver, más allá de vagas formas y sombras. Eran incapaces de distinguir objetos específicos.

 Los investigadores concluyeron que los seres humanos no ven con sus ojos, sino con su cerebro. Aquellos ciegos de nacimiento tenían todo lo necesario para ver, pero eran incapaces de organizar sus percepciones visuales.

 Con el ejemplo de los astrónomos empleado en la obra Patrones de descubrimiento, el filósofo e historiador de la ciencia norteamericano N.R. Hanson, prestaba apoyo hace más de cuatro décadas a la entonces reciente teoría de los paradigmas elaborada por Thomas Kuhn en su ya clásica La estructura de las revoluciones científicas.

 El caso de los ciegos lo he extraído de la obra La batalla de la cultura, del politólogo (también norteamericano) Michael Parenti, publicada por la editorial Ciencias Sociales. Tanto las páginas en que Parenti recurre a la física óptica como el capítulo “Observación” de la obra de Hanson  se refieren a un mismo caso aunque con dos propósitos diferentes. ¿El caso? La observación neutral es un mito. ¿El propósito? Hanson quería demostrar que la observación está cargada de teoría; Parenti, que la percepción de los seres humanos está configurada culturalmente. Es a la obra de este último a la que quiero referirme en lo que sigue.

 Como el concepto de cultura es central en su libro, Parenti la define como un componente del poder social: es el panorama completo de creencias y prácticas convencionales dentro de cualquier sociedad, de ahí que el profesor se proponga explorar aquellos aspectos que se manifiestan en los conflictos sociales, tales como el género, la raza, la ciencia, la identidad sexual, el New Age y otros temas. 

 Por mucho que sus ideas armonicen con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, el autor, de orientación marxista,  no pretende elaborar una teoría; antes bien, se contenta con exponer una ristra de ejemplos ilustrativos de la sociedad contemporánea, algunos de los cuales, a pesar de su extraordinaria sordidez, son poco conocidos.

 Estamos ante un punto de vista que se aleja de las acostumbradas caricaturas ideológicas para presentar una visión matizada, equilibrada de los problemas culturales contemporáneos. Una perspectiva que advierte que la cultura es cualquier cosa menos neutral, pues tiene mucho de transmisión selectiva de los intereses de las élites dominantes.

 “Los publicistas, eruditos y profesores pueden trabajar libremente en tanto se mantengan dentro de ciertos parámetros ideológicos. Cuando entran a territorio prohibido, manifestando o haciendo cosas iconoclastas, experimentan las restricciones estructurales impuestas a su subcultura profesional por la jerarquía social más elevada.”

 En apoyo a esta afirmación, Parenti cita el caso de Gary Webb, ganador de un premio Pulitzer y en la cumbre de su carrera periodística hasta que escribió un artículo que relacionaba la contra nicaragüense, subvencionada por la CIA, con el comercio de drogas en varias ciudades norteamericanas. El debate nacional que ello suscitó lo hizo caer en picada, mientras era desprestigiado con una fuerza descomunal. Su propia noción de periodismo neutral se desvaneció como consecuencia de aquellos ataques, lanzados incluso por sus propios colegas. Sólo tuvo que escribir algo censurado, tocar la tecla sensible, para caer en desgracia. En 2004 se suicidó.

 Para Parenti, las creencias culturales no existen en un vacío social, de modo que hasta los tabúes aparentemente irracionales pueden tener su origen en consideraciones racionales: el comportamiento humano está orientado a resolver problemas prácticos. Veamos el ejemplo de las vacas sagradas de la India, desde la perspectiva del antropólogo Marvin Harris, citado por nuestro autor.

 

Algunos expertos occidentales aseguran que es inútil la adoración de las vacas en la India. Estas producen poca leche, su carne no  puede ser comida, y para colmo deambulan por doquier creando complicaciones, mientras los pobres campesinos pasan hambre. Cuando una vaca se enferma, se reza por ellas, y cuando un ternero nace se llama urgente a un sacerdote para bendecir el nacimiento. A simple vista, es cierto que parece un acto estúpido abstenerse de comer de esa alimenticia carne, sobre todo cuando se pasa hambre, pero Harris no comparte esta opinión.

 Las vacas producen bueyes, que son imprescindibles para el trabajo en las granjas. Cuando el que nace es un cebú jorobado, estamos ante un animal que resiste las frecuentes sequías de la India, que casi nunca enferma, se recupera pronto cuando lo hace, sobrevive con poco y trabaja hasta el día de su muerte.

 Y aunque en comparación con las vacas americanas, las de la India producen diez veces menos, esto es suficiente para la supervivencia de las familias más pobres, que aprovechan la inmunidad legal de las sacras reses para hacerlas pastar en los patios de los ricos, y lograr de este modo una más justa redistribución de valores calóricos.

 Como es natural, si no se sacrifica ganado vacuno,  este crece constantemente debido a las atenciones que recibe, y entonces la cantidad de estiércol que produce es astronómica: 700 millones de toneladas que sirven para fertilizar la tierra y para cocinar en las casas, debido a su llama limpia y lenta.

 Nos dice Parenti que precisamente a causa del alto consumo de carne de res en los Estados Unidos, el 75% de los cultivos se utilizan para alimentar el ganado y no a la gente. Si los indios hicieran lo mismo sería el fin de miles de familias pobres.

 Todo esto para mostrar cómo una costumbre, componente idiosincrásico de una cultura tan antigua como la India, está lejos de ser una simple  superstición inútil y, a pesar de su apariencia mítica, se orienta a resolver el más importante de los problemas: el de la supervivencia.

 Las tradiciones tienen un sentido. Este puede ser resolver un problema práctico como el que acabamos de ver, o mantener vivo el tejido originario del alma de un  pueblo. ¿Qué sucede entonces cuando la cultura se convierte en un artículo de consumo? Parenti señala que G. P. Elliot se quejaba de  la seudocultura como algo prefabricado, producto de la ideología y de la tecnología, mas no de las costumbres y la tradición. Pero mucho antes, Horkheimer y Adorno acuñaron el término de “industria cultural” para referirse a la creación artificial de entretenimiento masivo. Una industria que idiotiza y enajena.

 Continuará…

Como era de esperar la iglesia católica no se quedó de brazos cruzados. Los reformadores habían ido demasiado lejos. Había que hacer algo que estuviera a la altura de aquel movimiento herético que comenzaba a desestabilizar todo. ¿La respuesta católica? Una reforma propia, es decir, una Contrarreforma.

 Corría el mes de noviembre de 1545 cuando, bajo la égida de Pablo III, en el pueblito italiano de Trento se reunió la crema y nata de la jerarquía católica: veinticinco obispos y cinco superiores generales de órdenes religiosas dieron inicio al plan programático de la Contrarreforma. Este importantísimo evento, conocido como Concilio de Trento, se extendió hasta el 13 de diciembre de 1563, fecha en que concluyó con Pio V  a la cabeza.

 En medio de contradicciones, intrigas, juegos de poder, intereses, plagas, se dieron  resultados destinados a mejorar la fisonomía de una iglesia que comenzaba a marchitarse. 

 A partir de aquel momento la ética de los obispos estaría en la mira. Se dictaminaba que no podían aprovecharse de los fieles para acumular riquezas y que debían residir en sus respectivas diócesis. El celibato clerical se mantendría intachable. Los párrocos tenían que predicar los domingos y los días de fiestas religiosas, además de registrar cuidadosamente fallecimientos, matrimonios y nacimientos.

 El papa continuaba siendo la máxima autoridad, del mismo modo que la santa Madre Iglesia seguiría siendo el Cuerpo de Cristo, que garantizaba la salvación de los seres humanos.  Obras y fe salvarían al hombre y no, como aseveraba el herético Lutero, solamente la fe (Sola fide). El hombre no estaba condenado de antemano, así que de paso se rechazaba de plano la teoría de la predestinación que con tanto ahínco defendió Calvino. La misa, los santos y la existencia del purgatorio se mantenían intactos.

 

Dos cosas sucedieron en el Concilio que resultan de vital interés para una historia de la lectura; ambas están estrechamente relacionadas. La primera es la reinstauración de la “santa” inquisición, que había sido creada en el siglo XIII y temida por todos desde entonces; la segunda fue la creación, en 1557, del Index librorum prohibitorum et exporgatorum, un  índice que consignaba los libros, pasajes y autores prohibidos por la iglesia católica.  Pero vayamos despacio. El asunto es más complejo de lo que parece.

 Un decreto fechado el 7 de abril de 1546 afirmaba que, como sucedía con la Biblia, la Tradición debía ser recibida con reverencia. Mientras los protestantes animaban al público lector a acercarse directamente a las escrituras (si bien, como ya vimos, terminaron dictando pautas e intentando sustituir la Biblia por sus propias versiones de la Palabra), los católicos insistían en la dicotomía de roles entre prelados y fieles.

 Los sacerdotes debían influir en la comunidad a través de prédicas; dirigir espiritualmente a los fieles, aconsejarlos y recordarles las “exigencias de la Palabra”; los seglares, en cambio tenían que escuchar atentamente el mensaje de aquellos que se autodenominaban como autoridad en materias bíblicas.

 Recordemos enseguida que estamos en un momento en el que la cosmovisión de la sociedad europea estaba constituida por la religión cristiana de una manera que hoy asombra. Aun no se consolidaba la revolución científica que cambiaría, aunque muy lentamente, el imaginario colectivo. Estamos en un período en el que el humanismo despertaba de su “sueño dogmático”, si se me permite emplear la frase de Kant, pero lo hacía de una manera incipiente. Con razón uno siglos más tarde Max Weber hablará de un “desencantamiento del mundo” para referirse a la nueva cosmovisión que se gestaba en la modernidad, y en la cual santos y demonios retrocedían como actores de glorias pasadas.

 Ya en el cuarto encuentro del Concilio se estableció una lista de libros de la Biblia considerados como católicos y se reconoció a la Vulgata  como la única colección auténtica de Escrituras. Asimismo, se dictaminaba que nadie podría tomarse la libertad “confiando en su propio juicio” de interpretar la Palabra contrariamente a lo que afirmaba la Santa Madre Iglesia, pues ésta era quien determinaba lo que era verdadero y lo que no.

 Como afirma la investigadora Dominique Julia, esta actitud conducía a una doble política: por un lado, se garantizaba el control riguroso de los libros sobre “asuntos sagrados”, que en lo adelante impresores y libreros debían someter a la aprobación del ordinario del lugar. A partir de entonces el Papa debía dar los últimos toques a la tarea de censura elaborada por  una comisión del Concilio, es decir a la “consagración del sistema del Index”, cuya primera edición promulgara Pablo IV. Por otro lado era necesario dedicarse a la producción de literatura destinada a uniformizar las prácticas en el conjunto de la catolicidad. Tal unicidad tendría como núcleo los textos bíblicos, litúrgicos y catequísticos, redactados en lengua latina. 

 Hay algo que ha llamado la atención de los investigadores y que denota la diversidad de puntos de vista en el Concilio: en ningún texto tridentino se habla de prohibir a los seglares la lectura de textos bíblicos.

 Como dice Dominique Julia, “ese silencio era la confesión de un conflicto abierto entre  los Padres conciliares, que los legados pontificios prefirieron soslayar ante la imposibilidad de zanjarlo. Y menos aun se habla de textos litúrgicos: la misa tenía que decirse en latín, y tanto determinadas palabras del canon como las palabras de la consagración tenían que ser pronunciadas submissa voce, con voz contenida”  

 El único documento que recibió aprobación para ser traducido a lenguas vernáculas fue el Catechismus ex Decreto Concilii Tridentini, dirigido explícitamente ad parochos. Eran los sacerdotes los encargados de explicar el contenido al “pueblo fiel”. Y, como es natural, con esto bastaría a los cristianos, a quienes  no les faltaría en lo adelante “casi nada para conocer lo que podían anhelar saber.”  

Para contrarrestar las publicaciones protestantes se puso en marcha un rápido plan de acción para difundir la literatura oficial. Pronto los territorios españoles adoptaron los textos conciliares. En Francia los libreros protestaban por el monopolio que comenzaba a establecerse. La demanda de aquellos textos fue tal que Pio IV llegó a fundar en Roma una especie de oficina para estampar las obras oficiales. Para tal empresa mandó a buscar nada más y nada menos que al gran editor Aldo Manucio y lo invistió con el siguiente privilegio: los impresores y libreros que le contradijeran serían excomulgados de inmediato.

 El Index Librorum prohibitorum se publicó finalmente en marzo de 1564, precedido por reglas especiales para el uso adecuado de las traducciones bíblicas. Según la cuarta regla sólo quedarían autorizadas aquellas personas que tuvieran un permiso escrito del obispo o inquisidor; eso sí, después de que estos últimos hubieran consultado al confesor o al párroco correspondiente. Naturalmente, el permiso sólo se otorgaba  a personas “sabias y piadosas” que fueran incapaces de extraer “no daño, sino un incremento de fe y piedad”.

 Pero si a usted, estimado lector, no le parecen suficientes tales retorcimientos,  sepa que ya en 1593, Clemente VIII retiró el permiso, no ya de leer las traducciones vernáculas  a las almas “sabias y piadosas”, sino a los propios obispos de conceder los permisos de lectura. De ahora en adelante nadie podría leer, ni poseer Biblias en lenguas vernáculas. Todos los índices posteriores hasta el siglo de las luces mantuvieron esta prohibición, hasta que Benedicto XVI, en 1757, dejó de mencionarla.

 Entonces comenzaron a proliferar las traducciones de las Santas Escrituras. Felipe Scío de san Miguel, obispo de Segovia, realiza la primera traducción completa de la Vulgata al español, que aparece en Venecia de 1791 a 1793; Antonio Pereira de Figueiredo presentó la suya al portugués en veintitrés volúmenes entre 1778 y 1790; la de Antonio Martín salió a la luz en Italia entre 1769 (el Nuevo Testamento) y en 1776 (el Antiguo).

 Poco a poco se fue descomprimiendo el rigor que pesaba sobre las traducciones de obras religiosas. Ya entre 1670 y 1720 el latín deja de emplearse en los colegios franceses. Luego, muy lentamente, ocurriría lo mismo en otros tantos lugares y el latín dejaría de ser lo que fue para devenir en lo que es hoy: una lengua muerta.