Historia de la lectura


 

En la antigua Roma existían distintos obstáculos para aprender a leer; uno de ellos era el tipo de escritura, que podía ser caligráfica, cursiva o semicursiva, y adornada con lazos que con frecuencia escondían la forma. Por otra parte, a partir del siglo I d. C se pone de moda la scripto continua, en detrimento de los llamados interpunta, puntos que separaban las palabras. Ahora había que ser ducho en la lectura para, por una parte, identificar las letras adornadas mientras que por otra adivinar dónde comenzaba o terminaba una palabra para captar la idea.

 El oído, y no la vista, era el gran protagonista que atrapaba el sentido de las expresiones. Los signos de puntuación estructuraban la cadencia del discurso: marcaban las pausas de la respiración  y condicionaban el ritmo.

 Un tema interesante a tener en cuenta es el de los “lanzamientos” de libros. Ya en aquel entonces estas presentaciones eran un acontecimiento público que incluía la lectura de fragmentos en alta voz. Sucedían en espacios públicos (theatra, stationes, auditoria) y la duración estaba determinada por el contenido del rollo.  Allí podía encontrarse lo mismo a individuos cultos interesados en el libro que personas a las que el evento no les interesaba en lo absoluto.     

 En los espacios privados coexistían tanto la modalidad de lectura íntima, como aquella para la cual se precisaba de un lector, generalmente un esclavo o  liberto. Los ciudadanos ricos solían tener un servicio de lectores, que leían en el marco de fiestas o actividades. También era usual valerse de lectores especializados cuando un autor quería que sus amigos escucharan fragmentos de alguna obra suya.

 No faltan ejemplos de la coexistencia entre la modalidad oral y la silenciosa, sobre todo cuando se trataba de mensajes, cartas o documentos, aunque también con textos literarios. Alberto Mangel nos recuerda en su hermoso libro Una Historia de la lectura, lo que constituye el primer testimonio claro de lectura silenciosa recogida en la literatura occidental.

 Anota san Agustín en sus Confesiones que cuando san Ambrosio leía “sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban. Muchas veces, estando yo presente, pues el ingreso a nadie estaba vedado ni había costumbre en su casa de anunciar al visitante, así le vi leer en silencio, y jamás de otro modo”

 El hecho de que Agustín anotara este detalle en su libro, “incluida la observación de que nunca leía en voz alta”, argumenta a favor de esta rareza de la que fue testigo el obispo de Hipona. 

 

Como bien apunta Cavallo, en las escuelas modernas se aprende a leer en voz alta y se pasa por la lectura en voz baja hasta llegar a ser capaces de leer en silencio. Pero en aquel entonces la lectura silenciosa no representaba ningún paso progresivo con respecto a la oral. Estas tres modalidades coexistían y emergían en dependencia de factores tan diversos como el contexto, el tipo de literatura o el ánimo del lector. 

 Del Volumen al Códice

 Que los marcos de la lectura se ampliaban paulatinamente se muestra también en la profunda transformación que ocurrió en los modos de producción del soporte material del libro y hasta en el modo de leer. Me refiero a la sustitución del rollo por el códice: el libro con páginas. 

 Si el rollo dependía de una “mano de obra servil”, de un taller de artesanos “más o menos costosos” y del papiro importado de Egipto como soporte material, el códice abría un mundo nuevo de posibilidades: costaba menos, se utilizaba por ambas caras y se empleaba el pergamino, material derivado de los animales y que podía ser preparado en cualquier sitio por manos no profesionales.

 A partir del siglo II d. C el volumen comienza a ser sustituido lentamente por el códice. Los análisis documentales de Cavallo le llevan a la conclusión de que en las prácticas literarias del mundo occidental romano, el códice se habría establecido probablemente a finales del siglo tercero.

 El cristianismo tiene un gran protagonismo en la difusión y empleo del códice, aunque no en lo que respecta a su surgimiento, pues el códice existía desde tiempos muy antiguos, fuera en forma de tablillas, cuadernos o libretas.  Nacido como tradición oral, una vez que los cristianos se deciden a apostar por la cultura escrita, prefieren el códice al volumen.

 Sobre el tema de la elección del códice por parte de los cristianos para difundir su religión se han propuesto diversas hipótesis. Lo cierto es que, por una parte el códice constituía una alternativa al rollo (más vinculado a la élite) mientras que, por otra, era familiar a todas las clases sociales, incluyendo a la media y a la media-baja, más cercanas de las modestas lecturas realizadas en los cuadernos de escuela y libretas de apuntes, en forma de códice.

 Otras razones de peso eran el aspecto económico -ya mencionado- y las posibilidades que ofrecía el formato del códice para acumular un número mucho mayor de textos a la vez que ofrecer un sentido unitario a los escritos que se constituirían en el canon de esta nueva religión. El códice era más manejable y cómodo al lector de la Biblia. La paginación  permitía una mejor organización y localización de pasajes concretos.

 En siglo III d.C se constata un alza en el nivel de analfabetismo que se extenderá hasta el VI, y el códice, que se había desarrollado ampliamente en respuesta a las demandas ocurridas durante el florecimiento de la lectura en todas las capas sociales, decae notablemente, aunque continuó representando una profunda transformación en el mundo de la lectura.

 El códice representó un cambio en la propia noción de libro. El rollo-objeto refería habitualmente a una obra, aunque esta estuviese dividida en varios tomos. El códice reunía en un solo libro lo mismo una o dos obras del mismo autor, que una colección de escritos homogéneos, incluso varias obras de diferentes autores. Ahora la lectura “para ser completa” precisaba de llegar al final del códice entero, aunque este compilara varias obras.

 Este último fenómeno determinó la introducción de dispositivos editoriales que distinguían las divisiones de textos diferentes al interior del códice: se introduce un sistema de adornos y de tipografías peculiares, a veces con elementos decorativos o “ciertos toques cromáticos”, empleados en los títulos; pero también el dispositivo conocido como explicit/incipit que señalaba el inicio y final de cada texto y sus divisiones al interior.

 El códice podía tener diversos formatos, lo mismo uno pequeño que uno grande, lo cual como afirma Cavallo, “modificaba las correlaciones entre el libro y la fisiología de la lectura: determinados libros, según su estructura material, impedían o imponían, o al menos sugerían gestos y maneras de leer determinados”.

 Se produjeron tanto códices manejables que permitían una amplia libertad de movimientos, como de enormes dimensiones, concebidos más para consultar que para leer en toda sus extensión.

 Con el códice, que dejaba una mano suelta, tiene origen la costumbre de escribir en los márgenes del libro. Sus espacios en blanco brindaban la oportunidad al lector para escribir sus notas. En algunos textos coincidían a veces las anotaciones marginales de varias manos. Hay, incluso, testimonios de quienes elaboraban teorías acerca del modo de introducir las notas durante la lectura, como es el caso de Casidoro, a la altura del siglo VI. 

 Por otra parte, llega el momento en que se convierten en norma los códices puntuados (codices distincti). La puntuación va a formar parte del aparato de dispositivos destinados a orientar al lector. Una norma aprobada explícitamente por Casidoro, pues los signos de puntuación instruían de manera mas clara al lector al constituirse en una especie de “comentarios iluminadores.”

 Finalmente, como concluye Cavallo en su artículo, el códice va representar el instrumento de tránsito de una lectura “dilatada” de muchos textos a una lectura intensiva de pocos textos. 

 “En el mundo antiguo es sobre estos escritos, y por ello, sobre el libro y la lectura, en lo que se fundamenta la autoridad: en los vértices del poder, entre las jerarquías eclesiásticas, en la sociedad y en el núcleo familiar. Sólo el códice podía representar, pues, esta autoridad” 

 

Muchos tratados de la época imperial para educación del lector han desaparecido, pero se tiene testimonios de otros como, Conocer los libros, de Telefo de Pérgamo, El Bibliófilo, de Damófilo de Bitinia o Sobre la elección y adquisición de libros, de Erennio Filón.

 Pudiera pensarse que los libros de orientación para lectores estuviesen dedicados exclusivamente promover la alta cultura; lo cierto es que el propio Ovidio hace referencia a libros triviales que enseñaban juegos de sociedad y hasta modos de entretenimiento, y que circulaban entre individuos instruidos.  

 Los autores no podían ignorar a ese nuevo lector que ya no pertenecía necesariamente a la clase culta, ni las demandas  que esto suscitaba. Ahora los lectores podían provenir de los más distintos ámbitos sociales. Si autores como Horacio tenían reservas  con respecto al destino interpretativo de sus obras, otros como Ovidio vieron en ello una oportunidad.   

 La nueva literatura de consumo o de entretenimiento emergente, objeto del nuevo lector ya no podía ser clasificada según los criterios taxonómicos tradicionales. Cavallo nos ofrece una interesante relación:

 “Poesía de evasión, épica en paráfrasis, historia reducida en biografías o concentrada en epítomes, tratados de culinaria y de deportes, opúsculos de juegos y pasatiempos , obras eróticas, horóscopos, textos mágicos o de interpretación de los sueños, pero, sobre todo, una narrativa realizada con situaciones típicas, con estereotipos descriptivos, con psicología esquemática, con un desarrollo del relato basado en la intriga, en el enredo, y en los golpes de escena: todo ello arropando una trama de amor y de aventura”

    Algunos lectores preferían la literatura erótica que Ovidio escribe con la finalidad del entretenimiento, y en las cuales el poeta, aprovechando su difusión, introduce indicaciones sobre el lugar que ocupaba un libro entre otros del conjunto de su obra o explica las variaciones de una segunda edición; otros preferían los obscenos Milesiakà, de Arístides; y todavía otros perseguían afanosamente las guías eróticas con imágenes indecentes como los molles libelli, de Elefantiades, de la cual Tiberio poseía un ejemplar.

 Lo curioso es que no puede hacerse una distinción precisa entre la literatura que consumía el lector culto y la que prefería el cultura media-baja. Las novelas de Petronio con sus pederastas, rufianes y nuevos ricos “de repugnantes costumbres” agradaban tanto a unos como a otros. Mientras los primeros se deleitaban hallando sentidos mucho más profundos al texto, los segundos sencillamente se entretenían.

 Hay que destacar, no obstante, que la paulatina masificación de la lectura traía consigo un deterioro en los estándares de apreciación literaria. Los lectores de poca cultura tenían que conformarse con interpretaciones aproximativas. Pero siempre podían elegir textos de niveles bajos como los Phoinikkà, de Lolliano, o los Rhodiakà de Filippo de Antipoli, considerada como una obra “absolutamente obscena”. 

 En este sentido, no pueden olvidarse aquellos textos griegos ilustrados encontrados en Egipto, pertenecientes a la primera época imperial que muestran un interesante trabajo de reducción y adaptación de obras mayores, como es el caso de la poesía homérica. El contenido se recortaba y se simplificaba para hacerlo más “potable” a los lectores de baja cultura.

 Además, al parecer en los siglos II y III d. C. la imagen tenía un lugar preponderante en la cultura escrita. El texto podía encontrarse incluso reducido a “elementos esenciales” con una función “casi exclusivamente didáctica”. Hablamos de libros donde lo literario  era ínfimo comparado con lo iconográfico, como es el caso de un rollo sobre los trabajos de Hércules. 

 

Modalidades y contextos. Los pasos del aprendizaje

Si un  modo de distribución y consumo de libros se daba gracias a la red que se establecía con los préstamos de los propietarios de  las bibliotecas privadas  a sus amigos y clientes, otro será el de las tabernae librariae: las cada vez más frecuentes librerías de las cuales se ocupaban sobre todo empresarios libertos. Cavallo cita incluso a libreros célebres como Sosi, Doro, Trifón y Atrecto. Estas librerías también eran espacios de conversaciones cultas y hasta de “encendidas discusiones” literarias.

 Y como la lectura no es una categoría homogénea, realizable indistintamente con un mismo nivel de profundidad por cualquiera que sea capaz de descifrar caracteres, hay que señalar las dificultades que entrañaba la lectura de textos literarios para quienes no tenían un elevado nivel de alfabetización en comparación con la de manifiestos, documentos o mensajes que repetían ciertas fórmulas, como ha notado el teórico de la lectura Henri Jean-Martin en su Histoire et pouvoirs de l’ ecrit.

 Recordemos enseguida que leer un libro era, entre los siglos II y III d.C., leer un rollo.  Guglielmo Cavallo nos describe la modalidad típica: “Se tomaba el rollo en la mano derecha y se iba desenrollando con la izquierda, la cual sostenía la parte ya leída; cuando la lectura se terminaba, el rollo quedaba envuelto todo él en la mano izquierda.” Los mejores testimonios de éste y otros procedimientos complementarios se encuentran en los monumentos funerarios, donde se puede observar:

  “El rollo dentro de dos cilindros mantenido por ambas manos que delimitan una sección más o menos amplia del texto que se estaba leyendo; el rollo abierto a modo de “lectura interrumpida” sostenido por una sola mano que, uniendo los dos cilindros por los extremos, deja libre la otra mano; el rollo por la última parte, asomando hacia la derecha, pues ya la lectura se estaba concluyendo; y por último, el pergamino completamente enrollado de nuevo, sujeto en la mano izquierda”

 Los contextos de la práctica de la lectura son diversos y están documentados tanto en iconografías como en textos literarios. Las primeras muestran al lector ante un auditorio, al maestro en la escuela, al orador con su escrito delante, al viajero en un carruaje o al comensal tumbado con el rollo entre las manos; las segundas revelan, entre otras situaciones,  lecturas durante la caza y en la noche antes de dormir.

 Antes de aprender a leer se aprendía a escribir. De hecho, quienes dejaban la escuela tempranamente podían ser capaces de escribir pero no de leer. Los escolares debían conocer las figuras y los nombres de las letras por orden alfabético, incluso con ayuda de objetos físicos. El maestro grababa en madera las letras, cuyos surcos debían llenar con sus trazos los  discípulos; luego debían hacer los grabados por sí solos.  Luego se realizaba el mismo procedimiento con las sílabas, las palabras y, finalmente, con frases completas.  

 Una segunda etapa se dedicaba al aprendizaje de la lectura. Se aprendía a leer sobre todo en el ámbito familiar, a través de maestros o en escuelas públicas. Este aprendizaje podía detenerse lo mismo cuando se era capaz de “leer” las mayúsculas, que luego de intensos estudios  con maestros de retórica y gramática.

 El orden didáctico en este segundo momento era similar al de la escritura: letras, sílabas, palabras y frases. Luego de una lectura lenta se iba ganando en rapidez hasta llegara  la emendata velocitas, a la lectura rápida y sin errores. Se leía en alta voz con la indicación siguiente: los ojos debían adelantarse a la voz y colocarse en la palabra siguiente a la que acababa de pronunciarse.

 La modalidad predominante en la Roma Antigua era, al igual que en Grecia, la lectura en alta voz. Comenta Quintiliano en su Institución oratoria  que el adolescente debía conocer el momento justo en que debía contener la respiración, dónde dividir las líneas con una pausa, captar el inicio y clausura de sentido, bajar y subir la voz, la inflexión adecuada para la articulación de cada elemento con la voz, la velocidad, el ímpetu y la dulzura con que debía leerse en cada caso.

 Primero se ejercitaba con Homero y Virgilio, luego venían los líricos, los trágicos y los cómicos. Los alumnos comenzaban por seguir con la vista en silencio la lectura del maestro, y pasaban después a la lectura en voz alta que dejaría apreciar mejor los errores formales del texto.

 Era tanta la importancia de la lectura en alta voz  que lo que se escribía tenía que tener en cuenta el estilo de la oralidad, que la condicionaba. La literatura estaba hecha para ser leída en voz alta. En palabras de Quintiliano, citado por Cavallo: “Se deberá componer siempre del mismo modo en el que se deberá dar voz al escrito”.

 Continuará…

Los historiadores de la lectura suelen enmarcar el nacimiento y posterior desarrollo de la literatura latina a partir del siglo II a. C.  Hasta aquel momento el universo de lo escrito no sólo era apenas existente en Roma, sino que se limitaba a los libros de carácter religioso compilados por los pontífices, y a los testimonios documentales de archivos propios del ámbito gentilicio.

 La literatura disponible en el siglo III a. C era todavía griega, y es precisamente de ella  que los comediógrafos latinos se nutren para obtener la inspiración. Si se me permite extrapolar  la teogonía de Menocchio, el molinero del siglo XVI ejecutado a causa de sus extrañas y pintorescas ideas teológicas, podría decir que el modelo griego fue el queso de donde surgirían los gusanos de la literatura latina.

 Y esto era lógico. Los textos griegos llegaban a Roma por la vía del botín de guerra, producto del saqueo al cual se incorporaron en la segunda centuria antes de nuestra era: en 168 a. C. Emilio Paolo los había traído desde Macedonia, y lo mismo habían hecho en 86 a. C. Sila de Atenas y en 71\70 a. C.  Lúculo del Ponto Euxino.

 El origen de las Bibliotecas en Roma

 Así comenzaron a constituirse las primeras bibliotecas privadas, signo de riqueza y de poder, a las cuales accedía una élite culta: la práctica de la lectura era cosa de las clases altas. ¿No disfrutaba Polibio de los libros prestados por el mismo Emilio Paolo o por Escisión Emiliano? ¿No se sumergiría más tarde Cicerón en la biblioteca privada de Fausto Silla, trasladada por el dictador a su villa de Pozzuoli, después arrebatársela durante el saqueo de Atenas al filósofo peripatético Apelación de Teos y que poseía ejemplares de Aristóteles y de Teofrasto? ¿No era caso gracias a la de Lúculo que Catón de Utica estudiaba a los estoicos?

 Las bibliotecas “de conquista” que llegaban a Roma  estaban organizadas según el modelo helenístico-alejandrino. Sin embargo, las cosas comenzaban a cambiar: al diseñar su biblioteca y la de su hermano Quinto, Cicerón establece una división  entre libros latinos y griegos en dos secciones.

 En una de sus cartas Cicerón le escribe a su hermano: “no sé que hacer por lo que respecta a los libros latinos, tan defectuosos como son las copias en comercio”. Su objetivo era formar una biblioteca latina incluyendo en ella obras admiradas por él en su adolescencia. Como recuerda Guglielmo Cavallo en su artículo Entre el volumen y el codex, cuando Lucio Papirio Peto le dona una biblioteca, Cicerón agradece los libros latinos más que los griegos.

 La idea de la primera biblioteca pública en Roma se debe a Julio César, quien escoge para su proyecto a Marco Terencio Varrón, que curiosamente había luchado contra él frente a dos legiones pompeyanas. Algunos autores como Valcárcel y Fernández, opinan que esta elección se debe en gran parte al interés de César por poner de su lado a un adversario de la talla de Cicerón, amigo de Varrón, debido a la enorme influencia pública que tenía, a la vez que tendía un gesto reconciliador a los pompeyanos, mostrando de este modo que estaba dispuesto a mantener una política liberal.

La muerte de Cesar en 44 a.C. aplaza la materialización de su proyecto. La idea  arraiga en sus sucesores y ya en 39 a.C,  Gayo Asinio Polión funda la primera biblioteca pública romana, en el Atrium Liberatis. Luego Augusto funda dos más: una al lado del templo de Apolo de Palatino y la otra en el Campo de Marte.

 Como es natural, el surgimiento de estas primeras bibliotecas trae consigo la creación del puesto de bibliotecario público. Baste mencionar entre los pioneros a Gneo Pompeyo Macer y a Cayo Meliso, con Augusto; a Tiberio Claudio Scirto, con Tiberio; o a C. Julio Higinio, lo mismo  con Calígula que con Claudio. 

 Hay que pensar las bibliotecas públicas de entonces como algo muy diferente a lo que se entiende hoy como tal. Aquellas traían consigo la idea de un espacio de ocio, de esparcimiento junto a libros y amigos, de grandes villas señoriales. Estas villas contaban, además de la biblioteca, con jardines, salas de recreo, pórticos y ambientes cuyos nombres evocaban algunas instituciones helenísticas como la academia, el gymnasium, el lyceum, etc. que “configuran el escenario para la lectura privada de las clases cultas”.

 Los estudiosos admiten que poco se sabe acerca de la función de las bibliotecas públicas como espacio de lectura, aunque sí que fueron concebidas como áreas de “esparcimiento culto de la vida urbana” y, que no obstante su apertura a todos, sólo eran visitadas por los lectores de nivel “medio-alto.”

 Es a través de estas bibliotecas que se expresa la censura del poder hacia determinados autores, como es el caso de Ovidio. Sin embargo, esto no significaba que hubiera que conformarse con lo que se encontrara en su interior, pues nada impedía la circulación y placentera lectura de textos que se copiaban furtivamente a espaldas de la censura del gobierno.

 Desde el siglo I hasta el III d. C se hacen más comunes las escenas sobre lectura en frescos, mosaicos y relieves escultóricos; lo cual hace pensar en una demanda de libros inaudita hasta aquel momento.  Sin embargo, tampoco se han conservado testimonios de este tipo que muestren la vida en el interior de las bibliotecas, que florecían por iniciativa imperial para conservar el patrimonio literario, así como las memorias civiles y religiosas de Roma. Pero cabe pensar que la modalidad típica, es decir de pie y con gestos marcados    a la par que se leía, era poco probable en este tipo de espacio. Lo que sí se sabe es que se leía fundamentalmente a lo largo de los paseos, lo mismo que dentro de una Basílica o en la sala de un complejo termal.

 Las bibliotecas se frecuentaban lo mismo para buscar textos antiguos que para realizar cotejos, leer fragmentos concretos o, sencillamente para interactuar socialmente. Aunque el objetivo era brindar servicios a un público numeroso, más bien se encontraba allí a los “literatos de profesión.” No se puede pasar por alto la posibilidad de que existieran “bibliotecas menores” cuyos fondos de lectura privilegiaran más la literatura de entretenimiento. 

 Al parecer, quienes frecuentaban las bibliotecas públicas eran los mismos que poseían una privada. Poseer una biblioteca propia era casi una obligación para quien quisiera ostentar poder y dinero, aunque no supiera leer o estuviera escasamente instruido. El libro y la lectura otorgaban una distinción social.

 Alfabetización, lecturas, lectores…

 En el siglo I. a. C, comienza  circular el novus liber, volumen latino inspirado en el modelo griego para satisfacer a los lectores cultos. Cavallo  lo describe: “papiro de primera calidad, utilizado por primera vez, una estudiada paginación de lo escrito, formas gráficas cuidadas y elegantes, texto corregido, uso de iniciales distintivas y escrituras particulares para el nombre del autor y el título de la obra la final de cada unidad librera, y, por último, el uso de palillos para envolver el volumen”

 A la par de este público culto, destinatario del novus liber hay que mencionar ese otro indiferente a la calidad que leía solo por voluptas y no por utilitas, lo cual muestra que existía un sector de lectores anónimo, desconocido para los autores; estos últimos comenzarán a tomar en cuenta  progresivamente a ese público para elaborar estrategias en cuanto al destino de sus obras.

 El público lector será, continuará siendo, no obstante, una minoría. Hay que contar en él a los círculos aristocráticos cultos, lo mismo que al grupo de gramáticos y retóricos (que podían ser o haber sido eslavos), a la vez que al grupo de “lectores nuevos” que podía rozar la  clase  media-baja.

 Entrada la época imperial se constata un mayor nivel de alfabetización y de circulación de la cultura escrita que en el período precedente. Ahora la literatura se difunde tanto  para un público docto, como para otro de “nuevos lectores”, meramente alfabetizado. Se encuentran en esta etapa fichas con inscripciones, calendarios, cartas, libros de reclamaciones, mensajes, además de la habitual documentación civil, militar   y jurídica; pero también huellas de escritura de un público alfabetizado (que va desde lo más humilde hasta lo culto) en las paredes y casas de Pompeya: inscripciones obscenas, chistes vulgares, a la vez que versos de autores célebres y composiciones poéticas.

 Las victorias en las guerras se anuncian en carteles, mientras que los pasquines, fueran en verso o en prosa, se encargaban de difamar públicamente a los gobernadores. Además, florecen de los tratados para guiar al los lectores a refinar el gusto, la selección y adquisición de determinados libros.

 Continuará…

El libro y la lectura en la época helenística

Ya en la época helenística, aunque todavía subsistían formas de oralidad, el libro comienza a adquirir un mayor nivel de centralidad para la difusión de la literatura;  ahora la literatura depende de la escritura y del libro. Como afirma Chartier, la filología alejandrina impone “la concepción de que el texto es un texto escrito, y que eso se puede captar a través de las lecturas conservadas gracias al libro.”

 La biblioteca de Alejandría constituye el gran modelo de las bibliotecas helenísticas. Fue “universal” porque se proponía conservar “todos los libros de todos los tiempos y de todo el orbe conocido”; fue “racional” debido al orden a que los libros serían sometidos, es decir a un sistema de clasificación que los organizara por autor, obra y contenido. 

 Ahora los rollos debían tener una medida estándar de longitud y altura. La norma en lo adelante sería que cada rollo albergara un texto autónomo, cuya extensión estaría relacionada con la estructura y el género de la obra. Si el libro era muy extenso se subdividirían en dos tomos. 

 Además, se establecerían los sistemas de titulación, la puesta en columnas del texto, las divisiones del texto en secciones, etc. En palabras de Chartier: se trataba de la ordenación  de la producción literaria y de una disciplina técnico-libresca, funcionales por un lado para la creación de grandes bibliotecas, y por otro para renovar las prácticas de la lectura.

 Las grandes bibliotecas helenísticas no estaban concebidas para la lectura del público. Eran muestra de la grandeza de las dinastías en el poder, a la vez que un espacio de investigación para los eruditos y los hombres de letras. Esta es la época de los manuales técnicos, de los textos de crítica filológica, de los tratados  militares o de agricultura, es decir, de textos de consulta profesional. Pero más que leerse los libros se acumulaban. En este sentido, se perpetuaba el modelo de biblioteca como almacén de libros científico-filosófico reservados a una cerrada élite intelectual.

 En el arte funerario y estatuario se observan cada vez más lectores dedicados a lecturas individuales. Se infiere que ahora la relación del lector con la obra era de mayor intimidad. Más que un espacio de vida asociativa se transitaba hacia una lectura “como repliegue sobre sí mismo, cómo búsqueda interior, reflejo de las demás actividades culturales y corrientes de pensamiento de la civilización helenística”.

 Conforme avanzaba el siglo II a. C. Roma tomaría de los griegos “los modos de estructuración física” del volumen y algunas prácticas de la lectura pero, ciertamente, esta es otra historia.

 

Herodoto, historiador de dialecto jónico del siglo V, solía emplear la forma media epilégestzai que significaba “añadir un decir a”. El lector, nos dice Svenbro, añadía su voz al escrito, incompleto por sí mismo: “lo escrito tenía necesidad del légein o del lógos que el lector le adicionaba; sin él, seguiría siendo letra muerta. O sea, que la lectura se agregaba a lo escrito como un “epí-logo”.  

 Pero el verbo por excelencia para designar la acción de leer era anagignóskein, encontrado por primera vez en un poema de Píndaro, escrito quizá en  474 a.C.; del mismo modo que ananémein era el más utilizado en dialecto dórico y epilégeszai lo era en el jónico, anagignóskein era el verbo principal en el dialecto ático. 

 Y si ananémein tenía un sentido distributivo y epilégeszai implicaba una añadidura por parte del lector, anagignóskein significaba literalmente “reconocer”, pero, ¿reconocer qué? Un artículo escrito por Pierre Chantraine en los años 50 sostenía que se trataba de un  “reconocimiento”  de caracteres y de su desciframiento; opinión que coincide con el diccionario Liddel-Scott- Jones. Pero Svenbro no está de acuerdo con esta interpretación.

 Reconocer los caracteres no es leer, mucho menos en la Grecia antigua, donde descifrar un sentido depende en gran medida de la lectura en alta voz, debido a las dificultades que entraña la lectura de la scriptio continua, rasgo característico de la escritura griega. Al no haber separaciones entre las palabras, ni signos de puntuación, la lectura cobraba sentido cuando se efectuaba en voz alta. Era al pronunciar las letras que se determinaba la inteligibilidad del texto.

 Además de los verbos mencionados se encuentran otros que aparecen sobre todo después de la época arcaica: anelíssein (literalmente: desenrollar), diexiénai (recorrer), o entunjánein y sungígneszai (tener una entrevista; tener relaciones con). Casi todos se entienden con arreglo a la lectura oral, “solidaria sin duda con el hecho de que normalmente se leía poco y sin facilidad, pero sobre todo la valoración extrema del logos sonoro, ese “príncipe, como dijo el sofista Georgias (…)”

 De los verbos examinados hasta aquí Svenbro obtiene tres conclusiones. La primera tiene que ver con el carácter instrumental del lector o de la voz lectora (recuérdese el análisis de némein); la segunda presupone el carácter incompleto de la lectura, es decir la necesidad de sonorizar la palabra para descifrarla (recuérdese también el examen de epilégeszai); la tercera es consecuencia lógica de las dos anteriores: si la voz es mero instrumento gracias a la cual la escritura se realiza, entonces los destinatarios de lo escrito no son lectores, sino oyentes. Estos akoúontes, no leían nada, sino que escuchaban una lectura, del mismo modo que los transeúntes aclamados por Mnesitheos en su epitafio.

 Ahora bien, ¿significa todo lo hasta aquí visto que en la Grecia antigua sólo se leyó oralmente? ¿Es posible que en una cultura como aquella, con una extraordinaria valoración de lo sonoro, se hiciera necesario leer en otra voz que la alta? ¿No afirman al unísono los especialistas que la lectura en silencio es una creación de los monasterios de la edad media? 

 En 1968, Bernart Knox publicó un artículo que llamó la atención de los estudiosos del tema. ¿El título? Silent reading in Antiquity (La lectura silenciosa en la antigüedad). Se trataba de demostrar que algunos griegos habían leído en silencio, es decir, que la lectura en alta voz no fue exclusiva en la antigüedad griega. Y no sólo esto: según Knox, los poetas dramáticos habrían contado con un público que les leían en esta modalidad.

 Knox cita dos textos. El primero de ellos es el Hipólito, de Eurípides, escrito probablemente alrededor del 428 a.C. En uno de sus  pasajes, Fedra sostiene una tablilla cuyo contenido intriga a Teseo que, ansioso por saber lo que podía contener rompe el sello. El coro inquieto interviene. Teseo exclama: “¡Ay! ¿Qué desgracia intolerable, indecible, vendrá a añadirse a la desgracia? ¡Infortunado de mí!”  El coro le pide que revele lo que ha leído. Teseo lo hará, pero a modo de síntesis de su lectura: no lee en voz alta, sino que resume el contenido. Mientras el coro cantaba, Teseo había leído en silencio. 

 El segundo texto es Los caballeros (≈424 a. C), de Aristófanes. Nicias logra robarle un oráculo escrito a Paflagón. Demóstenes pide leer el texto a Nicias. Éste le sirve vino, mientras aquel da lectura a la tablilla. Cuando Nicias le pregunta por lo que lee, Demóstenes responde: “¡Lléname otra copa!”. Asombrado Nicias  le interroga creyendo que se trata de una lectura en voz alta: “¿De veras dice que te llene otra copa?”. La broma se repite y amplía en lo que sigue, hasta que por fin Demóstenes expresa: “aquí adentro se dice cómo va a perecer Paflagón”; y ofrece un resumen del contenido del oráculo. No lee en voz alta: ya lo había hecho en silencio.  

 De este segundo pasaje Svenbro obtiene un valioso dato. La pregunta de Nicias a Demóstenes sugiere que en esa época la lectura en silencio era poco conocida, aunque se suponía que el público la conocía. Y si esto sucedía en Atenas, lugar de origen de los dos textos, ¿qué podía esperarse de su difusión en lugares como Esparta, donde la enseñanza se limitaba a lo estrictamente necesario?

 “Para el lector que leía poco y de manera esporádica- asevera Svenbro-  era probable que el desciframiento lento y a tientas de lo escrito no engendrara la necesidad de una interiorización de la voz, ya que la voz era precisamente el instrumento mediante el cual la secuencia gráfica era reconocida como lenguaje (…) Y si esa sonorización era un valor en sí, ¿porqué se iba a sentir la necesidad de abandonar la scripto continua, obstáculo técnico al desarrollo de la lectura silenciosa?”

 En la introducción a su libro Historia de la lectura en el mundo occidental, Guglielmo Cavallo y Roger Chartier recuerdan otros dos ejemplos que muestran la coexistencia de la práctica de la lectura silenciosa. Ese es el caso de Las ranas, también de Aristófanes, donde Dionisio recuerda “cuando a bordo de la nave leía para mis adentros la Andrómeda”; y el del protagonista del Faón platónico que exclama: “en la soledad quiero leer este libro para mis adentros”.

 Según Knox, una de las razones para el desarrollo de la lectura silenciosa puede haber sido el manejo de extraordinarias cantidades de texto. Este era el caso de profesionales como Herodoto, que en su labor de historiador debe de haber abandonado la práctica de la lectura en voz alta en aquel  siglo V a. C. En la segunda mitad del siglo IV a. C. los estudiosos de la literatura homérica debieron sentir la misma necesidad. 

 Continuará…

Modalidades de lectura: ¿huellas de una coexistencia?  

 Todos los especialistas coinciden en una misma idea: la modalidad de lectura original en la Grecia antigua fue en voz alta. Pero más allá de conformarse con una conclusión semejante, lo que resulta interesante es seguirle la pista a la cadena de inferencias. Me parece conveniente corroborar esta hipótesis sobre la base del examen de los verbos griegos; para ello, reseñaré en este epígrafe los resultados de la investigación de Jesper Svenbro al respecto, expuestos en su ensayo La Grecia arcaica y clásica. La invención de la lectura silenciosa.

 A partir del año 500 a.C. se encuentran más de 10 verbos que significan “leer” en los diversos dialectos de esta lengua,  que  testimonian un período de “puesta a prueba” en el cual se notan preferencias por algunos de ellos. Es precisamente gracias al rastreo de estos verbos que se abre una vía para la comprensión del fenómeno de la lectura.  

 Tomemos por ejemplo el verbo némein, que significaba literalmente “distribuir”; pero que se le encuentra con el sentido de “leer” en tres papeletas del lexicógrafo alejandrino Hesiquio. También Sófocles (496-406 a. C) lo emplea de esta manera cuando hace leer (distribuir oralmente) los nombres escritos en una tablilla. 

 Sin embargo, los verbos compuestos se empleaban con un significado más especializado. El poeta Teócrito atestigua que  ananémein, por ejemplo, era más frecuente en el dialecto dorio.  Así se utilizó por el poeta siciliano Epicarmo (≈530-540 a. C) y así aparece en un vaso de inicios del siglo V a. C.  hallado en Sicilia: ananémein era el verbo dórico que significaba leer.

 El uso corriente del verbo  némein, y sus formas compuestas ananémein y epinémein (este último también corroborado por Teócrito en el sentido de leer) muestran que en aquel entonces el lector era un mero instrumento al servicio de lo escrito; el texto demandaba un préstamo de la voz para que la lectura cobrara sentido, pero siempre en función de la transmisión del mensaje a otras personas, sin tomar en cuenta a quien leía. En una palabra, el lector era un mero “distribuidor”.

 En la primera mitad del siglo V, tanto en  Esparta, como en Sicilia, también se encuentra la forma ananémeszai. El epitafio de un tal Mnesitheos, inscrito en una estela funeraria en dialecto jónico comienza del siguiente modo: “¡Salve,  transeúntes! Yo descanso muerto aquí abajo. Tú que te acercas lee (ananémeszai) quién es el hombre enterrado aquí abajo: un forastero de Egina, de nombre Mnesitheos”. 

Ahora se percibe un ligero cambio en esta forma media, empleada en el epitafio de Mnesitheos: ananémeszai significaba “distribuir incluyéndose en la distribución”; esto quiere decir  que el contenido se distribuía tanto a los transeúntes como al propio lector.

Como afirma Svenbro, ese lector puede “distribuir” el contenido del escrito sin siquiera tener oyentes: “se los distribuirá así mismo, pasando a  ser su propio oyente, como si para entender la secuencia gráfica, le fuese necesario vocalizar las letras para que lleguen a su oreja, capaz de captar su sentido. Para él su propia voz se ha convertido en el instrumento”.

 Por otra parte se halla el verbo légein, que podía tener también el sentido de leer. Platón lo emplea en Teeteto: “¡Venga esclavo, toma el libro y lee! (lége)”. Entre los oradores del siglo IV a.C era frecuente la fórmula: lége tòn nómon (lee la ley). Los romanos debieron tomar prestado este verbo griego para formar su legere, es decir el verbo que para ellos significaba leer.

 Como sucede con némein, existen testimonios del empleo de los compuestos de légein para referirse a la lectura: analégein y analegesthai. Tanto némein como  légein se hallaban en el centro de dos familias léxicas “a imagen una de la otra”. A pesar de los matices, sus miembros significaban “leer”.

 Continuará…

 

Leer no es sólo decodificar de modo mecánico un conjunto de caracteres previamente inscritos en un soporte material. La lectura tiene una historia, presupone la activación de la subjetividad y su encuentro con otros mundos pensados, soñados, descritos. Para comprender su trayectoria es necesario hurgar en las tradiciones en que se enraíza este fenómeno, vital para el desarrollo de la cultura escrita, indagar en sus modalidades primarias, esto es, remontarse a la antigüedad clásica griega, cuna de las tradiciones occidentales.

 Es necesario advertir que lo que se sabe de la práctica de la lectura en el mundo griego ha tenido que deducirse de los escritos de la época, sea infiriéndolo de algunas narraciones que directa o  indirectamente dejan ver ciertos trazos; sea rastreando en la evolución del aparato lingüístico; sea estableciendo complejas hipótesis a partir de detalles aparentemente triviales; ora en tablillas funerarias, ora en rollos de papiro de diversa índole y función, ora interpretando pictografías arcaicas. 

 La dificultad de esta labor indagadora se comprende mejor cuando se conoce la profunda importancia que tenía en Grecia la tradición oral. Como ha notado el investigador sueco Jesper Svenbro, cuando alrededor del siglo VIII a. C. el alfabeto llega a aquel territorio por primera vez, irrumpe en un escenario de oralidad; un escenario donde lo que los héroes épicos perseguían era la fama, que sólo tenía sentido para ser escuchada: “La gloria de un Aquiles era, pues, una gloria para el oído, una gloria acústica, sonora”.

 Tanto es así que el alfabeto, importado de los fenicios, pronto fue modificado: se operó en él una redefinición de signos que permitió la inclusión  de las vocales. Pero la naciente cultura escrita estaría al servicio de la oral. Más que salvar la tradición épica, se contribuía ahora a la producción de sonidos, de nuevas palabras, de “gloria clamorosa.”

 Es obvio que no puede pensarse la antigüedad griega en términos modernos cuando se habla de libro o de la lectura. Tómese por ejemplo la difusión de lo escrito en un ámbito donde muy pocos sabían leer aunque, como se verá más adelante, no se dejara de disfrutar el contenido de los textos a través del oído.

 Una transición entre la escasa presencia del libro y su distribución pública la enmarca el erudito francés Roger Chartier desde el siglo VI hasta finales del V a.C. Separación que se evidencia  cuando en su obra Fedro, Platón hace decir a Sócrates que todo texto escrito “circula en múltiples direcciones” susceptible de ser malinterpretado.

 Hasta ese entonces, la función de la escritura en la Grecia clásica había sido la de conservar  los textos. Muestra clara de ello son los testimonios antiguos sobre obras científico-filosóficas o poéticas dedicadas a templos donde quedaban luego encerradas con el sello del autor, como garantía de la autenticidad del escrito.

 Pero ya los vasos áticos del siglo V. a. C ilustran no sólo escenas representativas del uso escolar de los libros, sino aquellas de lecturas protagonizadas por hombres y mujeres en contextos de ocio, que incluían conversaciones en espacios de vida asociativa. La lectura individual era poco frecuente.

 Hoy llama la atención la carencia de textos de entretenimiento en aquella época, a diferencia de los que Chartier llama “obligatorios por la profesión”. Creo que hasta podría decirse que se estaba operando una diversificación de la exclusiva función profesional a una función lúdica del texto.

 Recordemos que Platón sólo toma en cuenta en sus Diálogos los textos filosóficos, es decir, aquellos que circulaban en el ámbito académico. De hecho, las primeras colecciones privadas de libros conocidas son de carácter profesional, como es el caso  de las de Eurípides y Aristóteles.  

 Que las cosas comenzaban a cambiar también en este sentido se nota en la pregunta de Sócrates a Eutidemo: “¿Deseas ser rapsoda? (…) se dice que posees todo Homero”. Los rapsodas eran cantores populares errantes de la Grecia antigua, que recitaban sobre todo trozos de los poemas homéricos, de modo que la pregunta de Sócrates se funda en el hecho de que quien poseía “todo Homero” era con algún propósito profesional. Sin embargo Eutidemo no tenía tal propósito, sino el de leer cuantos libros le fuera  posible.

 En el Erecteo, de Eurípides, se leen los siguientes versos: “posa la lanza […], pueda yo desplegar la voz de las tablillas de donde sacan fama los sabios”. Esta lectura en voz alta, afirma Chartier, no tiene vestigio profesional. También un libro de arte culinario mencionado por Platón indica que a comienzos del siglo VI a.C. comenzaban a circular algunas  literaturas de consumo.

 Continuará…

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