Historia de la lectura


El período escolástico

 Si en la alta Edad Media los monasterios constituían el lugar por excelencia donde se dedicaban horas diarias a leer, el período escolástico traerá consigo cambios que afectarán incluso la noción misma de lectura; ésta comenzará a concebirse con determinada organización.

 En su artículo El modelo escolástico de la lectura, la investigadora belga Jacqueline Hamesse caracteriza las más significativas transformaciones en el ámbito del libro y la lectura en la baja Edad Media. Transformaciones que sentarán las bases de algunas de las prácticas que todavía se emplean en las universidades occidentales.

 Allí se lee que partir del siglo XIII la noción de rentabilidad, de utilidad,  se tornó central. Una carta dirigida a Hugo de san Víctor llevaba por subtítulo “a propósito de la manera y el orden a seguir en la lectura de las Sagradas Escrituras”, lo cual expresaba la preocupación general por seguir un método para abordar la lectura de un texto.

 Como señala Hamesse, esta organización crearía a su vez nuevas necesidades. El lector debía encontrar con facilidad lo que buscaba sin tener que leer cada página, así que se comenzó a marcar los párrafos, a ponerle un título a cada capítulo, a crear índices alfabéticos y de contenido. Todo ello favorecía a la consulta y localización de los pasajes buscados.

 En la baja Edad Media coexistían tres tipos de lectura: la lectura silenciosa (in silentio), la lectura en voz baja (murmullo o ruminatio; modo adecuado para la meditación y la memorización), y la lectura en alta voz, que se realizaba según una técnica particular semejante a la recitación litúrgica del canto.

 A diferencia de la antigüedad donde se daban a conocer las obras recientes de los autores, en el período escolástico no tienen lugar las lecturas públicas en la esfera de la enseñanza. Se trata más bien de la lectura (comentada y explicada) de algún texto del programa de instrucción.

 Este hecho, sumado a otros, como que hayan cambiado las condiciones de producción del libro con una intensificación en la distribución y un énfasis en las obras que había que leer, marca ya una diferencia entre la lectura escolástica y los modos anteriores de lectura. 

 El término “lectura”

 En el latín clásico, el vocablo legere era ambiguo; significaba lo mismo “leer” que “enseñar”. Esto llevó en el siglo XII a Juan de Salisbury a intentar clarificar el término para hacerlo más preciso. Su proposición era la siguiente: llamar praelectio a la enseñanza y lectio a la lectura. Pero la acepción generalizada de lectio en el período escolástico es la de “clase” o “lección”.

 La sintaxis latina deja ver los diversos sentidos que tenía el verbo legere.   Hamesse trae a colación tres ejemplos que muestran cómo varía la construcción de la frase de acuerdo con la designación de la enseñanza del maestro, la instrucción del alumno o la  lectura personal. Según nos dice, “se hablaba de legere librum illi («explicar un libro a alguien»), de legere librum ab illo («aprender un libro con ayuda de alguien») o de legere librum(«leer un libro»).”

 Entre las transformaciones semánticas del término “lectura” hay que mencionar un momento interesante, dado en el contexto de las escuelas de derecho. Me refiero a cuando aquel se empleaba para designar el método de enseñaza según el cual las explicaciones de los textos complicados se anotaban en los márgenes del libro.

 Como dice Hamesse “resulta curioso comprobar que hubo que esperar a la segunda mitad del siglo XII para que el sustantivo lectura apareciera en la lengua latina.” Ya en el siglo XIII se afirma el uso del término para referirse al contenido de una clase o lectura comentada de un texto.

 

Métodos e instrumentos de trabajo

 A la altura del siglo VIII los Padres de la Iglesia se habían  convertido ya en autoridades a las cuales había que citar si se quería dar consistencia a una argumentación. Ahora, en pleno siglo XII, época en que proliferan escritos literarios y las citas de la Biblia se hacen imprescindibles, se crean nuevos métodos para facilitar no sólo el acceso a los textos sino su memorización.

 Si en la alta Edad Media la lectura se realizaba lentamente, para digerir bien los textos, ahora se abría paso a una lectura fragmentaria que no coadyuvaba tanto a la interiorización de la doctrina cuanto al aprendizaje de pasajes concretos. En una palabra, “la utilidad prevaleció sobre el conocimiento”.

 Los florilegios exegéticos, teológicos, patrísticos o de autores clásicos que se habían desarrollado en la alta Edad Media cobran ahora una importancia mayor. En estas compilaciones se ofrecía lo esencial de una obra o tema, en frases fáciles de memorizar. Además, tenían una gran ventaja para los intereses del poder eclesiástico: no poseían pasajes heréticos.

 Con las transformaciones que trae consigo la creación de las universidades el vocabulario se torna más tenaz.  El siglo XII constituyó un período de transición. El florecimiento literario de esta centuria hace imposible la lectura de todos los libros que se escribían. Era imposible aprender de memoria todos los títulos disponibles. Todavía no había inventarios ni índices. Se acude entonces a la elaboración de sumas que resultarían muy cómodas a los intelectuales.

 Así, si se quería comprender el texto bíblico se acudía a la Glosa ordinaria; los juristas tenían a su disposición el Decreto, de Graciano; y los teólogos contaban con el Libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo. Jacqueline Hamesse cita el prefacio de este último, cuyo objetivo  era recoger “en un corto volumen las opiniones de los Padres (…) con el fin de que no le sea ya necesario al investigador consultar la abundancia de libros, ya que para él la brevedad de los extractos compilados le ofrece sin esfuerzo lo que busca.”

 Para estar al tanto de los nuevos conocimientos se crearon enciclopedias que reunían lo más importante en diferentes materias. Es entonces que ven la luz De natura rerum, de Alejandro Neckham, De finibus rerum, de Arnoldo de Sajonia, De propietatibus rerum, del franciscano Bartolomé el Inglés, y Speculum maius, del dominico Vicente de Beauvais.

 Los glosarios y léxicos colaboraron para hacer más fácil la comprensión de términos. Pionero en esta materia fue el Elementarium, de Papias, que si bien no tuvo la importancia que merece en su época, un siglo más tarde se recuperarán sus principios de clasificación. Pero los “verdaderos maestros en materia de elaboración de instrumentos de trabajo” fueron los cistercienses: organizaron los textos, los separaron por secciones, destacaron los pasajes importantes, etc.

 Luego surgirían los sumarios, compendios, índices analíticos por orden alfabético, de contenidos y de conceptos, concordancias de términos y hasta resúmenes de sumas para reducirlas a un  solo libro. Ahora la lectura no era directa: un compilador que operaba la selección mediaba entre autor y lector. El saber, aunque fragmentario, era lo importante; la meditación abre paso a la utilidad.

 Las compilaciones medievales son las precursoras de las que se emplean actualmente en las universidades. Los estudiantes universitarios del Medio Evo las preferían porque les resultaban más comprensibles que los oscuros textos originales. La costumbre actual de   emplear selecciones de lectura como libros de texto comenzaron en las universidades germánicas y luego se extendieron por toda Europa. 

 Y tuvieron tanto éxito que sustituyeron a las obras originales de los autores, que ya no era necesario leer. Incluso los profesores se fueron apropiando paulatinamente de estos manuales para tomarlos como base de sus lecciones. Como es obvio, esto trajo consigo un empobrecimiento en el ámbito académico.

 La lectura, la meditación y la contemplación como etapas en la cultura monástica fueron pronto sustituidas por tres maneras de abordar el texto: explicación y comentario (legere), el arte de la discusión (disputare), y la dimensión espiritual (praedicare). Pero la discusión fue ganando terreno hasta suplantar a las otras.

 Continuará…

El cuño cristiano: hermenéutica bajo supervisión

 En su tratado del siglo VIII adversum Elipandum, Beato de Liébana compara el cuerpo gramatical con el cuerpo humano. Del mismo modo que el ser humano posee cuerpo, alma y espíritu, los libros deben ser entendidos histórica, moral y místicamente. Pero el tratado de hermenéutica más influyente en esta época fue De doctrina Cristiana, de san Agustín, cuya divulgación tuvo mayor amplitud en el siglo IX, donde se considera a la alegoría como un don del Espíritu Santo para estimular el entendimiento.

 En De schematibus et tropis san Beda se propone facilitar un manual de exégesis a los cristianos. Las figuras de la alegoría se ilustran aquí con ejemplos de la Biblia. Pero a pesar de su éxito, este tratado no rivaliza con las obras de los Padres de la Iglesia, localizados y copiados entre los siglos VII y XI.

 Entre las obras de la patrística tratadas como bibliografía autorizada Parkes menciona De viris ilustribus de san Jerónimo, el primer libro de las Instituciones, de Casidoro, y las listas que los propios autores elaboraban, sobre todo las Retracciones de san Agustín, que referenciaban cronológicamente sus obras, con títulos exactos y resúmenes de su contenido.

 Para tener una idea adecuada de las Sagradas Escrituras había que seguir fielmente a los Padres de la Iglesia. Las discrepancias entre las ideas de dichos Padres debían ser comprendidas, como apuntó el sabio Juan Escoto Eríugena en el siglo XI, a los numerosos sentidos de las Escrituras, “todos los cuales eran acordes con la fe.”

 En el tercer libro del manual De clericorum institutione, escrito por Rabano Mauro para los clérigos en el siglo IX, se afirma que el contenido de los “libros divinos” debía ser investigado y enseñado, al igual que las “cosas útiles” que aparecían en las obras paganas, que tendrían que ser examinadas por un miembro de la iglesia.

 La curiosa manera con que Mauro trata de justificar lo inconveniente es un ejemplo claro de que el interés de la iglesia no era propiciar la libre interpretación de los textos: si un pasaje de la Biblia no hacía referencia a la honestidad de la moral o a la autenticidad de la fe entonces había que obviar su sentido literal y la interpretación debía suponer un sentido figurado. En una palabra, a veces convenía lo literal, otras no: toda  interpretación debía de estar en consonancia con la fe verdadera.

En su Historia de las bibliotecas, Hipólito Escolar nos cuenta que san Isidoro recomendaba a los monjes que ignoraran las doctrinas de los poetas paganos para evitar caer en el error. El cristiano debía huir de la elocuencia de las palabras paganas pues el deleite de fábulas inútiles provocaba la lujuria y carecía de la sabiduría de la virtud. El lenguaje sagrado, aunque de expresión “desaliñada” brillaba por la sabiduría de su contenido.

 Este santo fijó en su reglas las horas que debía dedicarse a la lectura en la mañana y en la tarde, en dependencia de la estación. A su juicio, el monje debía consagrar determinadas horas al trabajo porque que el ocio engendraba malos pensamientos, otras a la lectura y todavía otras a la oración, para purificarse. Durante las comidas, un monje leería en alta voz un pasaje de la Biblia mientras el resto escuchaba en silencio con la mayor atención posible.

 Para san Isidoro la lectura necesita de constancia para desarrollar el ingenio y la inteligencia. Esta actividad podía complementarse con la conversación y la escucha de personas sabias. Lo aprendido, había de ser utilizado para mayor gloria de Dios, en lugar de engreírse y pecar de vanidad. La naturaleza soberbia del presuntuoso le impedía alcanzar una perfecta sabiduría.

 San Leandro, por su parte, recomienda a las monjas que alternen ininterrumpidamente la lectura con la oración y que cuando se ocuparan de algún trabajo manual, hicieran que alguien les leyera en alta voz para evitar que el corazón “se deslizara por la pendiente de los vicios.”

 Continuará…

La Edad Media fue una época mucho más fecunda en transformaciones acaecidas en el ámbito del libro, la literatura y el pensamiento, de lo que generalmente se admite; de hecho, fue el período a través del cual tuvo lugar la consolidación de la primera gran revolución de la lectura: la transición del modelo de lectura oral a la definitiva preponderancia de la actitud silenciosa ante el texto. A la vez, es la etapa donde la iglesia de la nueva religión de Occidente concentra cada vez más poder para prohibir y condenar obras y autores; para dictar y establecer un status quo de legitimación teológica; para aceptar e incluso potenciar el cambio siempre en función de la reposada majestad de lo divino.   

 Los libros dejaron de ser un mero objeto de entretenimiento para convertirse en instrumento de salvación. Como bien ha dicho Malkolm Parkes en su artículo La alta Edad Media de donde tomo la mayoría de los datos de éste y del epígrafe siguiente, si en la antigüedad romana la enseñanza de la lectura se efectuaba sobre la base de los poetas clásicos, la alta Edad Media impondrá el salterio como norma, hasta el punto de que durante siglos se continuarían utilizando para evaluar si se sabía leer y escribir. Las vidas de los santos proliferaban a la par de los libros católicos, que conducirían al lector a llevarse una interpretación adecuada de la palabra divina para nutrir el alma. Está claro que esta adecuación no era más que parte del proceso de adoctrinamiento mediante el cual el poder eclesiástico pretendía sembrar sus dogmas en las cabezas de la gente.

 Los primeros siglos de la Edad Media, constituyen el período dorado de los monjes y los monasterios. Es gracias en gran medida al monacato que ocurre  uno de los cambios más revolucionarios de la historia de la lectura: el paso de la lectura oral, distintiva de toda la antigüedad, a la lectura en silencio, modelo que heredará la posteridad hasta el día de hoy. 

 Las fuertes raigambres que tenía lectura en alta voz en la antigüedad se debilitan y quedan relegadas a los espacios litúrgicos, a la fase de aprender a leer y a la lectio monástica, donde el lector debía ejercitar su memoria “auditiva y muscular”  de las palabras como base para la meditatio.

 Es sobre todo a partir de siglo VI cuando la lectura silenciosa se comienza a imponer con más fuerza. La Regla de san Benito no pasa por alto la necesidad de leer para sí mismo para no molestar al otro; san Isidoro prefiere la lectura en silencio  porque, a su juicio, el lector aprendía mucho más si no escuchaba su propia voz.

 El hecho de que la escritura  fuera un medio de conservación de las tradiciones de la Iglesia y de fomento entre las generaciones más jóvenes favorecía el desligamiento de la asociación del sonido con lo escrito. Como dice Parkes, si en el siglo IV para  san Agustín las letras eran símbolos de los sonidos y estos a su vez símbolos del pensamiento, en el siglo VII san Isidoro considerará las letras como símbolos sin sonidos que pueden trasmitir  los pensamientos de los ausentes.

 Pronto se comenzaron a desarrollar diversas técnicas para hacer más legibles las letras sobre la página. La letra cursiva, sustituta de la uncial y la semiuncial de la época imperial tardía, traía consigo una variedad de complicados enlaces (ligados) entre las palabras que hacían realmente difícil la comprensión del texto, sobre todo en aquellas regiones donde el latín era la segunda lengua.

 Los amanuenses anglosajones fueron pioneros en la reducción de esas variantes y los primeros que produjeron la litterae absolutae, es decir, las letras invariables en minúsculas. Cada elemento tendría a partir de ahora una sola forma reconocible. Más adelante en toda Europa se adoptaría esta convención enfatizando los rasgos distintivos mínimos de cada letra.

 Esta es la base de la escritura minúscula que se empleó durante siglos en Occidente y que serían la base de los caracteres modernos, donde “cada letra tiene su propio contorno, y el “etc.” [&]- originalmente un et ligado- se percibe como una forma por derecho propio.”  

 Los amanuenses irlandeses, por su parte, abandonaron la scriptura continua y, siguiendo los criterios morfológicos mediante los cuales los gramáticos efectuaban sus análisis, introdujeron espacios entre las partes de la oración, pero sólo para el latín, pues en su lengua mantuvieron las palabras agrupadas en torno a un solo acento tónico principal (isaireasber= is aire as ber ).

 Además, desarrollaron la littera nobilior, es decir, la letra destacada para enfatizar visualmente los inicios de secciones o textos. Los amanuenses europeos les seguirían en esto, y añadirían letras sueltas tomadas de los libros antiguos,

 “para usarlas como «presentación terciaria», es decir, como litterae notabiliores al comienzo de las nuevas sententiae, la parte restante de las cuales se escribía en letra minúscula. Cuando el amanuense utiliza las versales rústicas o versales cuadradas para este propósito, podemos hablar ya literalmente, por primera vez de «letras mayúsculas» como elemento de escritura”

Continuará…

 

En la antigua Roma existían distintos obstáculos para aprender a leer; uno de ellos era el tipo de escritura, que podía ser caligráfica, cursiva o semicursiva, y adornada con lazos que con frecuencia escondían la forma. Por otra parte, a partir del siglo I d. C se pone de moda la scripto continua, en detrimento de los llamados interpunta, puntos que separaban las palabras. Ahora había que ser ducho en la lectura para, por una parte, identificar las letras adornadas mientras que por otra adivinar dónde comenzaba o terminaba una palabra para captar la idea.

 El oído, y no la vista, era el gran protagonista que atrapaba el sentido de las expresiones. Los signos de puntuación estructuraban la cadencia del discurso: marcaban las pausas de la respiración  y condicionaban el ritmo.

 Un tema interesante a tener en cuenta es el de los “lanzamientos” de libros. Ya en aquel entonces estas presentaciones eran un acontecimiento público que incluía la lectura de fragmentos en alta voz. Sucedían en espacios públicos (theatra, stationes, auditoria) y la duración estaba determinada por el contenido del rollo.  Allí podía encontrarse lo mismo a individuos cultos interesados en el libro que personas a las que el evento no les interesaba en lo absoluto.     

 En los espacios privados coexistían tanto la modalidad de lectura íntima, como aquella para la cual se precisaba de un lector, generalmente un esclavo o  liberto. Los ciudadanos ricos solían tener un servicio de lectores, que leían en el marco de fiestas o actividades. También era usual valerse de lectores especializados cuando un autor quería que sus amigos escucharan fragmentos de alguna obra suya.

 No faltan ejemplos de la coexistencia entre la modalidad oral y la silenciosa, sobre todo cuando se trataba de mensajes, cartas o documentos, aunque también con textos literarios. Alberto Mangel nos recuerda en su hermoso libro Una Historia de la lectura, lo que constituye el primer testimonio claro de lectura silenciosa recogida en la literatura occidental.

 Anota san Agustín en sus Confesiones que cuando san Ambrosio leía “sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban. Muchas veces, estando yo presente, pues el ingreso a nadie estaba vedado ni había costumbre en su casa de anunciar al visitante, así le vi leer en silencio, y jamás de otro modo”

 El hecho de que Agustín anotara este detalle en su libro, “incluida la observación de que nunca leía en voz alta”, argumenta a favor de esta rareza de la que fue testigo el obispo de Hipona. 

 

Como bien apunta Cavallo, en las escuelas modernas se aprende a leer en voz alta y se pasa por la lectura en voz baja hasta llegar a ser capaces de leer en silencio. Pero en aquel entonces la lectura silenciosa no representaba ningún paso progresivo con respecto a la oral. Estas tres modalidades coexistían y emergían en dependencia de factores tan diversos como el contexto, el tipo de literatura o el ánimo del lector. 

 Del Volumen al Códice

 Que los marcos de la lectura se ampliaban paulatinamente se muestra también en la profunda transformación que ocurrió en los modos de producción del soporte material del libro y hasta en el modo de leer. Me refiero a la sustitución del rollo por el códice: el libro con páginas. 

 Si el rollo dependía de una “mano de obra servil”, de un taller de artesanos “más o menos costosos” y del papiro importado de Egipto como soporte material, el códice abría un mundo nuevo de posibilidades: costaba menos, se utilizaba por ambas caras y se empleaba el pergamino, material derivado de los animales y que podía ser preparado en cualquier sitio por manos no profesionales.

 A partir del siglo II d. C el volumen comienza a ser sustituido lentamente por el códice. Los análisis documentales de Cavallo le llevan a la conclusión de que en las prácticas literarias del mundo occidental romano, el códice se habría establecido probablemente a finales del siglo tercero.

 El cristianismo tiene un gran protagonismo en la difusión y empleo del códice, aunque no en lo que respecta a su surgimiento, pues el códice existía desde tiempos muy antiguos, fuera en forma de tablillas, cuadernos o libretas.  Nacido como tradición oral, una vez que los cristianos se deciden a apostar por la cultura escrita, prefieren el códice al volumen.

 Sobre el tema de la elección del códice por parte de los cristianos para difundir su religión se han propuesto diversas hipótesis. Lo cierto es que, por una parte el códice constituía una alternativa al rollo (más vinculado a la élite) mientras que, por otra, era familiar a todas las clases sociales, incluyendo a la media y a la media-baja, más cercanas de las modestas lecturas realizadas en los cuadernos de escuela y libretas de apuntes, en forma de códice.

 Otras razones de peso eran el aspecto económico -ya mencionado- y las posibilidades que ofrecía el formato del códice para acumular un número mucho mayor de textos a la vez que ofrecer un sentido unitario a los escritos que se constituirían en el canon de esta nueva religión. El códice era más manejable y cómodo al lector de la Biblia. La paginación  permitía una mejor organización y localización de pasajes concretos.

 En siglo III d.C se constata un alza en el nivel de analfabetismo que se extenderá hasta el VI, y el códice, que se había desarrollado ampliamente en respuesta a las demandas ocurridas durante el florecimiento de la lectura en todas las capas sociales, decae notablemente, aunque continuó representando una profunda transformación en el mundo de la lectura.

 El códice representó un cambio en la propia noción de libro. El rollo-objeto refería habitualmente a una obra, aunque esta estuviese dividida en varios tomos. El códice reunía en un solo libro lo mismo una o dos obras del mismo autor, que una colección de escritos homogéneos, incluso varias obras de diferentes autores. Ahora la lectura “para ser completa” precisaba de llegar al final del códice entero, aunque este compilara varias obras.

 Este último fenómeno determinó la introducción de dispositivos editoriales que distinguían las divisiones de textos diferentes al interior del códice: se introduce un sistema de adornos y de tipografías peculiares, a veces con elementos decorativos o “ciertos toques cromáticos”, empleados en los títulos; pero también el dispositivo conocido como explicit/incipit que señalaba el inicio y final de cada texto y sus divisiones al interior.

 El códice podía tener diversos formatos, lo mismo uno pequeño que uno grande, lo cual como afirma Cavallo, “modificaba las correlaciones entre el libro y la fisiología de la lectura: determinados libros, según su estructura material, impedían o imponían, o al menos sugerían gestos y maneras de leer determinados”.

 Se produjeron tanto códices manejables que permitían una amplia libertad de movimientos, como de enormes dimensiones, concebidos más para consultar que para leer en toda sus extensión.

 Con el códice, que dejaba una mano suelta, tiene origen la costumbre de escribir en los márgenes del libro. Sus espacios en blanco brindaban la oportunidad al lector para escribir sus notas. En algunos textos coincidían a veces las anotaciones marginales de varias manos. Hay, incluso, testimonios de quienes elaboraban teorías acerca del modo de introducir las notas durante la lectura, como es el caso de Casidoro, a la altura del siglo VI. 

 Por otra parte, llega el momento en que se convierten en norma los códices puntuados (codices distincti). La puntuación va a formar parte del aparato de dispositivos destinados a orientar al lector. Una norma aprobada explícitamente por Casidoro, pues los signos de puntuación instruían de manera mas clara al lector al constituirse en una especie de “comentarios iluminadores.”

 Finalmente, como concluye Cavallo en su artículo, el códice va representar el instrumento de tránsito de una lectura “dilatada” de muchos textos a una lectura intensiva de pocos textos. 

 “En el mundo antiguo es sobre estos escritos, y por ello, sobre el libro y la lectura, en lo que se fundamenta la autoridad: en los vértices del poder, entre las jerarquías eclesiásticas, en la sociedad y en el núcleo familiar. Sólo el códice podía representar, pues, esta autoridad” 

 

Muchos tratados de la época imperial para educación del lector han desaparecido, pero se tiene testimonios de otros como, Conocer los libros, de Telefo de Pérgamo, El Bibliófilo, de Damófilo de Bitinia o Sobre la elección y adquisición de libros, de Erennio Filón.

 Pudiera pensarse que los libros de orientación para lectores estuviesen dedicados exclusivamente promover la alta cultura; lo cierto es que el propio Ovidio hace referencia a libros triviales que enseñaban juegos de sociedad y hasta modos de entretenimiento, y que circulaban entre individuos instruidos.  

 Los autores no podían ignorar a ese nuevo lector que ya no pertenecía necesariamente a la clase culta, ni las demandas  que esto suscitaba. Ahora los lectores podían provenir de los más distintos ámbitos sociales. Si autores como Horacio tenían reservas  con respecto al destino interpretativo de sus obras, otros como Ovidio vieron en ello una oportunidad.   

 La nueva literatura de consumo o de entretenimiento emergente, objeto del nuevo lector ya no podía ser clasificada según los criterios taxonómicos tradicionales. Cavallo nos ofrece una interesante relación:

 “Poesía de evasión, épica en paráfrasis, historia reducida en biografías o concentrada en epítomes, tratados de culinaria y de deportes, opúsculos de juegos y pasatiempos , obras eróticas, horóscopos, textos mágicos o de interpretación de los sueños, pero, sobre todo, una narrativa realizada con situaciones típicas, con estereotipos descriptivos, con psicología esquemática, con un desarrollo del relato basado en la intriga, en el enredo, y en los golpes de escena: todo ello arropando una trama de amor y de aventura”

    Algunos lectores preferían la literatura erótica que Ovidio escribe con la finalidad del entretenimiento, y en las cuales el poeta, aprovechando su difusión, introduce indicaciones sobre el lugar que ocupaba un libro entre otros del conjunto de su obra o explica las variaciones de una segunda edición; otros preferían los obscenos Milesiakà, de Arístides; y todavía otros perseguían afanosamente las guías eróticas con imágenes indecentes como los molles libelli, de Elefantiades, de la cual Tiberio poseía un ejemplar.

 Lo curioso es que no puede hacerse una distinción precisa entre la literatura que consumía el lector culto y la que prefería el cultura media-baja. Las novelas de Petronio con sus pederastas, rufianes y nuevos ricos “de repugnantes costumbres” agradaban tanto a unos como a otros. Mientras los primeros se deleitaban hallando sentidos mucho más profundos al texto, los segundos sencillamente se entretenían.

 Hay que destacar, no obstante, que la paulatina masificación de la lectura traía consigo un deterioro en los estándares de apreciación literaria. Los lectores de poca cultura tenían que conformarse con interpretaciones aproximativas. Pero siempre podían elegir textos de niveles bajos como los Phoinikkà, de Lolliano, o los Rhodiakà de Filippo de Antipoli, considerada como una obra “absolutamente obscena”. 

 En este sentido, no pueden olvidarse aquellos textos griegos ilustrados encontrados en Egipto, pertenecientes a la primera época imperial que muestran un interesante trabajo de reducción y adaptación de obras mayores, como es el caso de la poesía homérica. El contenido se recortaba y se simplificaba para hacerlo más “potable” a los lectores de baja cultura.

 Además, al parecer en los siglos II y III d. C. la imagen tenía un lugar preponderante en la cultura escrita. El texto podía encontrarse incluso reducido a “elementos esenciales” con una función “casi exclusivamente didáctica”. Hablamos de libros donde lo literario  era ínfimo comparado con lo iconográfico, como es el caso de un rollo sobre los trabajos de Hércules. 

 

Modalidades y contextos. Los pasos del aprendizaje

Si un  modo de distribución y consumo de libros se daba gracias a la red que se establecía con los préstamos de los propietarios de  las bibliotecas privadas  a sus amigos y clientes, otro será el de las tabernae librariae: las cada vez más frecuentes librerías de las cuales se ocupaban sobre todo empresarios libertos. Cavallo cita incluso a libreros célebres como Sosi, Doro, Trifón y Atrecto. Estas librerías también eran espacios de conversaciones cultas y hasta de “encendidas discusiones” literarias.

 Y como la lectura no es una categoría homogénea, realizable indistintamente con un mismo nivel de profundidad por cualquiera que sea capaz de descifrar caracteres, hay que señalar las dificultades que entrañaba la lectura de textos literarios para quienes no tenían un elevado nivel de alfabetización en comparación con la de manifiestos, documentos o mensajes que repetían ciertas fórmulas, como ha notado el teórico de la lectura Henri Jean-Martin en su Histoire et pouvoirs de l’ ecrit.

 Recordemos enseguida que leer un libro era, entre los siglos II y III d.C., leer un rollo.  Guglielmo Cavallo nos describe la modalidad típica: “Se tomaba el rollo en la mano derecha y se iba desenrollando con la izquierda, la cual sostenía la parte ya leída; cuando la lectura se terminaba, el rollo quedaba envuelto todo él en la mano izquierda.” Los mejores testimonios de éste y otros procedimientos complementarios se encuentran en los monumentos funerarios, donde se puede observar:

  “El rollo dentro de dos cilindros mantenido por ambas manos que delimitan una sección más o menos amplia del texto que se estaba leyendo; el rollo abierto a modo de “lectura interrumpida” sostenido por una sola mano que, uniendo los dos cilindros por los extremos, deja libre la otra mano; el rollo por la última parte, asomando hacia la derecha, pues ya la lectura se estaba concluyendo; y por último, el pergamino completamente enrollado de nuevo, sujeto en la mano izquierda”

 Los contextos de la práctica de la lectura son diversos y están documentados tanto en iconografías como en textos literarios. Las primeras muestran al lector ante un auditorio, al maestro en la escuela, al orador con su escrito delante, al viajero en un carruaje o al comensal tumbado con el rollo entre las manos; las segundas revelan, entre otras situaciones,  lecturas durante la caza y en la noche antes de dormir.

 Antes de aprender a leer se aprendía a escribir. De hecho, quienes dejaban la escuela tempranamente podían ser capaces de escribir pero no de leer. Los escolares debían conocer las figuras y los nombres de las letras por orden alfabético, incluso con ayuda de objetos físicos. El maestro grababa en madera las letras, cuyos surcos debían llenar con sus trazos los  discípulos; luego debían hacer los grabados por sí solos.  Luego se realizaba el mismo procedimiento con las sílabas, las palabras y, finalmente, con frases completas.  

 Una segunda etapa se dedicaba al aprendizaje de la lectura. Se aprendía a leer sobre todo en el ámbito familiar, a través de maestros o en escuelas públicas. Este aprendizaje podía detenerse lo mismo cuando se era capaz de “leer” las mayúsculas, que luego de intensos estudios  con maestros de retórica y gramática.

 El orden didáctico en este segundo momento era similar al de la escritura: letras, sílabas, palabras y frases. Luego de una lectura lenta se iba ganando en rapidez hasta llegara  la emendata velocitas, a la lectura rápida y sin errores. Se leía en alta voz con la indicación siguiente: los ojos debían adelantarse a la voz y colocarse en la palabra siguiente a la que acababa de pronunciarse.

 La modalidad predominante en la Roma Antigua era, al igual que en Grecia, la lectura en alta voz. Comenta Quintiliano en su Institución oratoria  que el adolescente debía conocer el momento justo en que debía contener la respiración, dónde dividir las líneas con una pausa, captar el inicio y clausura de sentido, bajar y subir la voz, la inflexión adecuada para la articulación de cada elemento con la voz, la velocidad, el ímpetu y la dulzura con que debía leerse en cada caso.

 Primero se ejercitaba con Homero y Virgilio, luego venían los líricos, los trágicos y los cómicos. Los alumnos comenzaban por seguir con la vista en silencio la lectura del maestro, y pasaban después a la lectura en voz alta que dejaría apreciar mejor los errores formales del texto.

 Era tanta la importancia de la lectura en alta voz  que lo que se escribía tenía que tener en cuenta el estilo de la oralidad, que la condicionaba. La literatura estaba hecha para ser leída en voz alta. En palabras de Quintiliano, citado por Cavallo: “Se deberá componer siempre del mismo modo en el que se deberá dar voz al escrito”.

 Continuará…

Los historiadores de la lectura suelen enmarcar el nacimiento y posterior desarrollo de la literatura latina a partir del siglo II a. C.  Hasta aquel momento el universo de lo escrito no sólo era apenas existente en Roma, sino que se limitaba a los libros de carácter religioso compilados por los pontífices, y a los testimonios documentales de archivos propios del ámbito gentilicio.

 La literatura disponible en el siglo III a. C era todavía griega, y es precisamente de ella  que los comediógrafos latinos se nutren para obtener la inspiración. Si se me permite extrapolar  la teogonía de Menocchio, el molinero del siglo XVI ejecutado a causa de sus extrañas y pintorescas ideas teológicas, podría decir que el modelo griego fue el queso de donde surgirían los gusanos de la literatura latina.

 Y esto era lógico. Los textos griegos llegaban a Roma por la vía del botín de guerra, producto del saqueo al cual se incorporaron en la segunda centuria antes de nuestra era: en 168 a. C. Emilio Paolo los había traído desde Macedonia, y lo mismo habían hecho en 86 a. C. Sila de Atenas y en 71\70 a. C.  Lúculo del Ponto Euxino.

 El origen de las Bibliotecas en Roma

 Así comenzaron a constituirse las primeras bibliotecas privadas, signo de riqueza y de poder, a las cuales accedía una élite culta: la práctica de la lectura era cosa de las clases altas. ¿No disfrutaba Polibio de los libros prestados por el mismo Emilio Paolo o por Escisión Emiliano? ¿No se sumergiría más tarde Cicerón en la biblioteca privada de Fausto Silla, trasladada por el dictador a su villa de Pozzuoli, después arrebatársela durante el saqueo de Atenas al filósofo peripatético Apelación de Teos y que poseía ejemplares de Aristóteles y de Teofrasto? ¿No era caso gracias a la de Lúculo que Catón de Utica estudiaba a los estoicos?

 Las bibliotecas “de conquista” que llegaban a Roma  estaban organizadas según el modelo helenístico-alejandrino. Sin embargo, las cosas comenzaban a cambiar: al diseñar su biblioteca y la de su hermano Quinto, Cicerón establece una división  entre libros latinos y griegos en dos secciones.

 En una de sus cartas Cicerón le escribe a su hermano: “no sé que hacer por lo que respecta a los libros latinos, tan defectuosos como son las copias en comercio”. Su objetivo era formar una biblioteca latina incluyendo en ella obras admiradas por él en su adolescencia. Como recuerda Guglielmo Cavallo en su artículo Entre el volumen y el codex, cuando Lucio Papirio Peto le dona una biblioteca, Cicerón agradece los libros latinos más que los griegos.

 La idea de la primera biblioteca pública en Roma se debe a Julio César, quien escoge para su proyecto a Marco Terencio Varrón, que curiosamente había luchado contra él frente a dos legiones pompeyanas. Algunos autores como Valcárcel y Fernández, opinan que esta elección se debe en gran parte al interés de César por poner de su lado a un adversario de la talla de Cicerón, amigo de Varrón, debido a la enorme influencia pública que tenía, a la vez que tendía un gesto reconciliador a los pompeyanos, mostrando de este modo que estaba dispuesto a mantener una política liberal.

La muerte de Cesar en 44 a.C. aplaza la materialización de su proyecto. La idea  arraiga en sus sucesores y ya en 39 a.C,  Gayo Asinio Polión funda la primera biblioteca pública romana, en el Atrium Liberatis. Luego Augusto funda dos más: una al lado del templo de Apolo de Palatino y la otra en el Campo de Marte.

 Como es natural, el surgimiento de estas primeras bibliotecas trae consigo la creación del puesto de bibliotecario público. Baste mencionar entre los pioneros a Gneo Pompeyo Macer y a Cayo Meliso, con Augusto; a Tiberio Claudio Scirto, con Tiberio; o a C. Julio Higinio, lo mismo  con Calígula que con Claudio. 

 Hay que pensar las bibliotecas públicas de entonces como algo muy diferente a lo que se entiende hoy como tal. Aquellas traían consigo la idea de un espacio de ocio, de esparcimiento junto a libros y amigos, de grandes villas señoriales. Estas villas contaban, además de la biblioteca, con jardines, salas de recreo, pórticos y ambientes cuyos nombres evocaban algunas instituciones helenísticas como la academia, el gymnasium, el lyceum, etc. que “configuran el escenario para la lectura privada de las clases cultas”.

 Los estudiosos admiten que poco se sabe acerca de la función de las bibliotecas públicas como espacio de lectura, aunque sí que fueron concebidas como áreas de “esparcimiento culto de la vida urbana” y, que no obstante su apertura a todos, sólo eran visitadas por los lectores de nivel “medio-alto.”

 Es a través de estas bibliotecas que se expresa la censura del poder hacia determinados autores, como es el caso de Ovidio. Sin embargo, esto no significaba que hubiera que conformarse con lo que se encontrara en su interior, pues nada impedía la circulación y placentera lectura de textos que se copiaban furtivamente a espaldas de la censura del gobierno.

 Desde el siglo I hasta el III d. C se hacen más comunes las escenas sobre lectura en frescos, mosaicos y relieves escultóricos; lo cual hace pensar en una demanda de libros inaudita hasta aquel momento.  Sin embargo, tampoco se han conservado testimonios de este tipo que muestren la vida en el interior de las bibliotecas, que florecían por iniciativa imperial para conservar el patrimonio literario, así como las memorias civiles y religiosas de Roma. Pero cabe pensar que la modalidad típica, es decir de pie y con gestos marcados    a la par que se leía, era poco probable en este tipo de espacio. Lo que sí se sabe es que se leía fundamentalmente a lo largo de los paseos, lo mismo que dentro de una Basílica o en la sala de un complejo termal.

 Las bibliotecas se frecuentaban lo mismo para buscar textos antiguos que para realizar cotejos, leer fragmentos concretos o, sencillamente para interactuar socialmente. Aunque el objetivo era brindar servicios a un público numeroso, más bien se encontraba allí a los “literatos de profesión.” No se puede pasar por alto la posibilidad de que existieran “bibliotecas menores” cuyos fondos de lectura privilegiaran más la literatura de entretenimiento. 

 Al parecer, quienes frecuentaban las bibliotecas públicas eran los mismos que poseían una privada. Poseer una biblioteca propia era casi una obligación para quien quisiera ostentar poder y dinero, aunque no supiera leer o estuviera escasamente instruido. El libro y la lectura otorgaban una distinción social.

 Alfabetización, lecturas, lectores…

 En el siglo I. a. C, comienza  circular el novus liber, volumen latino inspirado en el modelo griego para satisfacer a los lectores cultos. Cavallo  lo describe: “papiro de primera calidad, utilizado por primera vez, una estudiada paginación de lo escrito, formas gráficas cuidadas y elegantes, texto corregido, uso de iniciales distintivas y escrituras particulares para el nombre del autor y el título de la obra la final de cada unidad librera, y, por último, el uso de palillos para envolver el volumen”

 A la par de este público culto, destinatario del novus liber hay que mencionar ese otro indiferente a la calidad que leía solo por voluptas y no por utilitas, lo cual muestra que existía un sector de lectores anónimo, desconocido para los autores; estos últimos comenzarán a tomar en cuenta  progresivamente a ese público para elaborar estrategias en cuanto al destino de sus obras.

 El público lector será, continuará siendo, no obstante, una minoría. Hay que contar en él a los círculos aristocráticos cultos, lo mismo que al grupo de gramáticos y retóricos (que podían ser o haber sido eslavos), a la vez que al grupo de “lectores nuevos” que podía rozar la  clase  media-baja.

 Entrada la época imperial se constata un mayor nivel de alfabetización y de circulación de la cultura escrita que en el período precedente. Ahora la literatura se difunde tanto  para un público docto, como para otro de “nuevos lectores”, meramente alfabetizado. Se encuentran en esta etapa fichas con inscripciones, calendarios, cartas, libros de reclamaciones, mensajes, además de la habitual documentación civil, militar   y jurídica; pero también huellas de escritura de un público alfabetizado (que va desde lo más humilde hasta lo culto) en las paredes y casas de Pompeya: inscripciones obscenas, chistes vulgares, a la vez que versos de autores célebres y composiciones poéticas.

 Las victorias en las guerras se anuncian en carteles, mientras que los pasquines, fueran en verso o en prosa, se encargaban de difamar públicamente a los gobernadores. Además, florecen de los tratados para guiar al los lectores a refinar el gusto, la selección y adquisición de determinados libros.

 Continuará…

El libro y la lectura en la época helenística

Ya en la época helenística, aunque todavía subsistían formas de oralidad, el libro comienza a adquirir un mayor nivel de centralidad para la difusión de la literatura;  ahora la literatura depende de la escritura y del libro. Como afirma Chartier, la filología alejandrina impone “la concepción de que el texto es un texto escrito, y que eso se puede captar a través de las lecturas conservadas gracias al libro.”

 La biblioteca de Alejandría constituye el gran modelo de las bibliotecas helenísticas. Fue “universal” porque se proponía conservar “todos los libros de todos los tiempos y de todo el orbe conocido”; fue “racional” debido al orden a que los libros serían sometidos, es decir a un sistema de clasificación que los organizara por autor, obra y contenido. 

 Ahora los rollos debían tener una medida estándar de longitud y altura. La norma en lo adelante sería que cada rollo albergara un texto autónomo, cuya extensión estaría relacionada con la estructura y el género de la obra. Si el libro era muy extenso se subdividirían en dos tomos. 

 Además, se establecerían los sistemas de titulación, la puesta en columnas del texto, las divisiones del texto en secciones, etc. En palabras de Chartier: se trataba de la ordenación  de la producción literaria y de una disciplina técnico-libresca, funcionales por un lado para la creación de grandes bibliotecas, y por otro para renovar las prácticas de la lectura.

 Las grandes bibliotecas helenísticas no estaban concebidas para la lectura del público. Eran muestra de la grandeza de las dinastías en el poder, a la vez que un espacio de investigación para los eruditos y los hombres de letras. Esta es la época de los manuales técnicos, de los textos de crítica filológica, de los tratados  militares o de agricultura, es decir, de textos de consulta profesional. Pero más que leerse los libros se acumulaban. En este sentido, se perpetuaba el modelo de biblioteca como almacén de libros científico-filosófico reservados a una cerrada élite intelectual.

 En el arte funerario y estatuario se observan cada vez más lectores dedicados a lecturas individuales. Se infiere que ahora la relación del lector con la obra era de mayor intimidad. Más que un espacio de vida asociativa se transitaba hacia una lectura “como repliegue sobre sí mismo, cómo búsqueda interior, reflejo de las demás actividades culturales y corrientes de pensamiento de la civilización helenística”.

 Conforme avanzaba el siglo II a. C. Roma tomaría de los griegos “los modos de estructuración física” del volumen y algunas prácticas de la lectura pero, ciertamente, esta es otra historia.

 

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