Cuba. Siglo XIX


Ausencia de caminos

La construcción de caminos traería más de una ventaja que coadyuvaría a la disminución de la vagancia en la Isla.  El  campesino podría enviar sus  mercancías a diversos destinos, en lugar de sentir el desánimo  y la impotencia de no poder hacer más de lo que hacía.  Incrementada su producción ante el estímulo de la distribución,  tendría que emplear a personas que se encargaran de la conducción de sus frutos. 

El éxito del campesino inspiraría así a otros a seguir su ejemplo. La población rural tomaría las comodidades que aquel ganaría con su esfuerzo como un ejemplo a seguir. Esto, para no mencionar que la propia construcción de dichos caminos precisaría del concurso de abundante mano de obra; ni que significaría la apertura de nuevas rutas por donde se desplazarían los desempleados en busca de  trabajo que en sus respectivos lugares no hallasen.

Falta de casas para pobres

Otra de las propuestas de Saco fue el establecimiento de casas para pobres. Según nos comenta en su ensayo, no era posible transitar por la ciudad sin encontrar vagabundos y mendigos decididos a vivir sin trabajar.  Muchos de estos vagabundos eran mujeres que,  con el pretexto de no tener nada que comer, andaban de puerta en puerta presentándose sin decencia alguna y con el oculto propósito de mantener a sus maridos holgazanes.

Este mal era mucho más sencillo de corregir en Cuba que en países fríos donde el invierno causaba estragos ya no sólo a los ancianos y minusválidos, sino a las personas robustas y deseosas de trabajar.  Con el clima a favor, el triunfo de esta empresa estaría garantizado.

Ya en La Habana existían algunas casas para pobres, pero no eran suficientes. Había que extenderlas a todo el país. Así no sólo se daría alojo a cuanto necesitado lo solicitara, sino que se le proporcionaría trabajo, y  a la vez se evitaría que tales casas se convirtieran en centros de ocio, y se haría fácil distinguir a quienes tenían interés en conseguir el sustento por los propios esfuerzos de aquellos pícaros cuyo único interés era el de ser alimentados.

Falta de asilo para niños desvalidos

En realidad para esta fecha ya se había construido un asilo para niños huérfanos en La Habana. Por lo tanto, Saco se refiere aquí  a los males que se hubieran evitado de haber existido uno desde mucho antes, si bien el actual aun no tenía la extensión necesaria.

Por otra parte,  un solo asilo de este tipo no era suficiente para dar cobijo a las multitudes de niños abandonados que yacían por doquier en todo el país. Tanto las autoridades como los habitantes debían condolerse ante tan desesperada situación y decidirse a contribuir en tan noble empresa.

Una institución de este tipo podría salvar del ocio y de la perdición a mucho que así tendrían  la oportunidad  que no tuvieron los niños de generaciones anteriores y que, ya adultos, corrompían las costumbres de la sociedad.

El Foro

El Foro patrocinaba el vicio, dejaba impune ciertos crímenes, hacía interminables los pleitos, convertía en litigantes a quienes podía emplear su tiempo en labores rurales, o dedicarlo a las artes o a otras tantas profesiones útiles; encerraba en los calabozos a muchos inocentes, educándolos por años en el ocio. También en esta esfera había que corregir los abusos y, para ello, era necesario hacer una reforma radical en los hombres y en las leyes si es que se quería conseguir resultados favorables.

Era posible por entonces opinar que muchos de estos problemas estaban relacionados con el exceso de abogados. Para Saco, a diferencia de lo que sucedía con los médicos o con los sastres, sí era necesario reducir el número de abogados: algunos de estos últimos promovían los pleitos para encontrar su sustento,  mientras que los primeros, ni aumentaban las enfermedades ni la necesidad de vestidos.

Si bien no todos los abogados promovían los pleitos, al menos muchos originaban incidentes y alargaban el proceso judicial después de entablado el pleito para obtener mayores ganancias. Había un “enjambre de pica-pleitos” unidos a los abogados “pícaros o ignorantes” y “bachilleres apostados” que dictaban providencias con firmas autorizadas y cometían  abusos forenses que sólo serían solucionados con una reforma en los fundamentos del propio foro.

Ahora bien, si la solución era reducir el número de abogados, ¿no entrañaría esto otras muchas complicaciones? Si los aspirantes a la carrera de derecho se abstenían  se podría cerrar con ello las puertas  a aquellos que serían buenos abogados, frustrándolos  y arrojándolos al ocio. Si, por otra parte, lejos de desalentarse aquellos que vieran las dificultades  que entraña la selección, se decidieran a continuar, entonces se multiplicarían los pica-pleitos  y con ello el número de litigios. Lo más probable, pensaba Saco, es que sucediera lo segundo, pues el derecho era una carrera de honores, dinero y poder.

¿Y si  se restringieran también el número de bachilleres? ¿Cómo evitar las injusticias que entrañaba el proceso de selección? ¿Como evitar que los excluidos no se convirtieran en problemáticos pica-pleitos? ¿Y si se redujera el número de estudiantes? ¿Se llegaría con ello a la raíz del mal?  ¿Quiénes los elegirían? ¿Cómo?

Paradójicamente, Saco argumenta a favor de que se deje hacer los estudios de derecho a todo aquel que quiera. De este modo, la sobresaturación de abogados terminaría por regular la entrada de estudiantes a esta carrera. En realidad, el sueño de Saco era que cada cual pudiera defenderse a sí mismo sin necesidad de grados académicos.

De cualquier modo, el número de abogados no era más relevante para los cambio que se necesitaban, que la citada necesidad de la reformación de las leyes; o que la impunidad de los corruptos en el seno del aparato de justicia; o que las licencias de abogados recibidas con tanta facilidad; o que la carencia de alternativas para elegir las carreras. 

Corto número de carreras y ocupaciones lucrativas

El número de carreras en Cuba era muy pequeño. Saco encuentra sólo tres: la jurisprudencia, la teología y la medicina. Igualmente pocos eran los empleados del comercio, mientras que la manufactura apenas existía. Para colmo, como ya se mencionó antes,  las pocas artes que se desarrollaban por entonces estaban en manos de la gente de color. De la agricultura se ocupaban los esclavos.  La milicia llamaba a algunos jóvenes mientras el resto de los empleos civiles apenas merecían mencionarse. Esto traía como consecuencia el ocio y la vagancia. Pero, ¿cuáles eran las causas de tan pocas ocupaciones en la Isla?

Saco afirma que la primera de estas razones era el “estado imperfecto de la educación popular”. A pesar de los esfuerzos de la Sociedad Patriótica para ampliar su esfera de influencia fuera de la capital, la mayoría de los habitantes de campos y pueblos eran analfabetos. Esto había traído como consecuencia que muchos habían perdido excelentes oportunidades de empleo por no saber firmar siquiera. La ilustración de estos desgraciados multiplicaría sus recursos y les pondría en condiciones de evitar la vagancia.

Para ello  había que establecer escuelas públicas para los pobres en cada pueblo y campo del país. Incluso los niños que vivían en sitios alejados y que debido a la falta de caminos no podrían asistir a una escuela pública, hallarían en las escuelas dominicales un favorable sistema de instrucción.

Además, la asistencia a la iglesia podría aprovecharse si se llevara consigo a los hijos y allí  mismo o en la  casa del cura alguien ejerciera como maestro. Y no sólo los varones, sino que también las hembras debían aprender a leer y a escribir pues a ellas les correspondería luego la educación de sus hijos. Si no hubiera personas dispuestas a emplear su tiempo en enseñar a los demás gratuitamente, entonces había que asignar una pensión a los voluntarios.

Aquí Saco reconoce que, más allá de lo apuntado, algunas medidas contribuirían  a tan loable objetivo:  la promoción de la educación primaria en toda la Isla a través de publicaciones de informes sobre el número de escuelas y alumnos; la predicación de las ventajas de la educación,  por parte de los párrocos desde sus púlpitos; el nombramiento de una sección,  en el seno de las Sociedades patrióticas, dedicada exclusivamente a la educación primaria; el establecimiento de una alianza entre los Ayuntamientos y tales Sociedades con el mismo objetivo; y el empleo de los fondos de dichas sociedades para las escuelas primarias, incluso con preferencia a ciertas investigaciones científicas, pues las primeras concernían a la totalidad de la población.

Como los fondos mencionados no serían suficientes para tan magna empresa entonces valdría la pena examinar algunos arbitrios. Tal vez algunos ramos de la administración pública podrían reorientarse hacia la educación o establecer políticas de ahorro para dedicar fondos a los mismos fines. Se lanzaría una campaña para sensibilizar a los testadores,  que dejarían así sumas para las escuelas primarias y lo mismo podrían hacer los Obispos diocesanos pues no había objetivo más santo que este. Un llamamiento público sería tan  útil como  la creación  de loterías destinadas a crear fondos para la educación; y también podría contarse con los recursos que ofrecían los conciertos,  funciones teatrales y diversiones públicas.

Estaba claro que la ignorancia era la madre del vicio y la corrupción. De modo que todo ciudadano preocupado por el bien público – y por cuidar sus propios bienes-  podía hacer una contribución directa para la educación del pueblo. Para ello se establecerían rangos que irían desde cifras pequeñas hasta otras más grandes  en correspondencia con el propio capital.

En 1829, la Sociedad Patriótica de La Habana convocó a un concurso sobre cuestiones urgentes para la sociedad de la época, donde figuraba el tema de la vagancia en Cuba. Después de quedar desierto en varias ediciones, la Medalla de Oro y el título de Socio de Mérito de la Sociedad fueron entregados al ilustre intelectual cubano José Antonio Saco, por su ensayo  Memoria sobre la Vagancia.

El trabajo, que le daría gran notoriedad al autor, fue tachado de alarmista por ciertos señores y se intentó incluso modificar su versión original antes de llevarlo a la prensa. Sometido a la consideración del censor del Rey y del Capitán general Don Francisco Dionisio Vives, fue finalmente publicado en la Revista Bimestre Cubana, en 1832.  

Pero ¿cuál es el contenido de esta obra tan polémica y crucial,  donde se argumenta con sobrio estilo y se ponen claramente de manifiesto algunos de los males que aquejaban a la sociedad cubana de la época?  Veremos que  José A. Saco divide su trabajo en dos partes. La primera está dedicada a explicar las causas de la vagancia  en Cuba y a aportar algunas ideas para erradicarla;  mientras que  la segunda se refiere a los objetos a que pueden aplicarse los vagos.  Comencemos por la primera.

El juego

De un extremo a otro de la Isla abundaban por entonces las casas de juego, a las que Saco llama “guaridas de hombres ociosos”, “escuela de corrupción para la juventud” y “sepulcro de la fortuna de las familias”.  Si las personas entregadas al juego dedicaran el mismo tiempo a trabajar otra sería la suerte del país. El juego era una enfermedad moral de difícil cura, pues estaba demasiado arraigado, era simple y contaba con total impunidad;  aun si las autoridades se dedicaran a perseguirlo sería burlada con facilidad. 

Muchos padres de familia que eran incapaces de apartarse de este vicio, pues carecían de voluntad para hacerlo, se alegrarían si vieran cerradas las casas de juego; mientras que los  persistentes comenzarían a temer ser sorprendidos y castigados. De ahí la importancia de formar una especie de conspiración general contra el juego para “cortar los miembros enfermos del cuerpo social”.

No sólo las casas de juego deberían ser cerradas, sino que incluso en  las ferias y fiestas, este tendría  que  ser eliminado, pues era imposible encontrar la más mínima festividad o reunión de personas sin que se tropezara con el juego. Allí, las personas respetables, damas y señoras que no hubieran atravesado el umbral de una casa de juego, encontraban ocasión para entregarse a él  legítimamente.  De hecho, eran precisamente en ese ámbito donde muchos  jugadores empedernidos habían comenzado: primero un mero entretenimiento o curiosidad, luego una pequeña apuesta; después el hábito.

Además de las casas públicas de juego existían otras particulares que gozaban de prestigio y eran visitadas por personas distinguidas que, mientras servían de mal ejemplo a los de las clases más bajas, ofrecerían cierta resistencia al proceder de las autoridades.  La persecución no podría ser entonces la única solución al problema. Había que transformar radicalmente las costumbres.

Los niños eran particularmente afectados con estas costumbres, pues crecían viendo a sus padres con las cartas en la mano. De este modo, siendo estos los modelos a imitar, poco podrían luego los libros o las leyes para  remediar un mal que había sido sembrado en tan temprana edad.  Lo primero no sería un problema si en Cuba sucediera lo que en otros países, donde  la educación de los hijos se encargaba a otros y donde existía cierto desapego entre  padre e hijo.  Pero en la Isla los infantes rara vez se separaban de sus padres y vivían toda la vida bajo el mismo techo, y por tanto la influencia era considerable.

Era necesario entonces que los padres que se interesaran en el bien del país hicieran un sacrificio al abstenerse de los juegos domésticos. Otras podrían ser las alternativas: el canto, el baile, la conversación y otras tantas diversiones de las que se podía extraer provecho. Tanto la sociedad como los propios individuos ganarían mucho con ello.

La lotería

Las casas de loterías permanecían abiertas desde el amanecer hasta casi la medianoche. Pero, ¿cuál era la razón de que esto  sucediera? ¿Acaso para ofrecer a los trabajadores un espacio de diversión después de su día de trabajo? Saco examina esta cuestión del siguiente modo. Existían dos grandes fracciones  de personas laboriosas: una, donde incluye a los artesanos, trabajaba durante todo el día; la otra, donde ubica a los abogados y empleados sólo una parte de él. De este modo, si la lotería tenía como propósito divertir a los primeros, sólo debieran abrir en la noche; si a los segundos, no había razón para permanecieran  abiertas en la mañana, horario en el cual se ocupaban de sus labores.

Y como todas las artes se encontraban en manos de gente de color, éstos no concurrían a tales casas frecuentadas por blancos.  De existir alguna donde raramente coincidieran unos y otros, sería en mínima escala, a diferencia de las  gallerías  donde sí se encontraban personas de toda raza, generación y sexo.  No eran hombres de bien quienes visitaban tales casas, sino ociosos y corrompidos.

Tampoco era una razón válida sostener que al menos estos últimos estarían tranquilos sin hacer daños mayores si se mantenían gran parte de su tiempo en  tales menesteres, pues se estaba desperdiciando entonces la opción de emplearlos.   La alternativa era instruir al pueblo, alentarlo para que trabajase y cerrar esos receptáculos de vicios, esas escuelas de ocio, que tenían la venia del gobierno.

El trabajo era, en opinión de Saco, una virtud practicada o bien por el placer que experimenta el espíritu o por los recursos económicos que proporcionaba para satisfacer las necesidades de la subsistencia. Al ofrecer la posibilidad de ganar dinero fácil  sin riesgo de ser penado por la ley,  la lotería seducía a aquellos que trabajaban duro,  y podía entibiar el amor al trabajo o inspirar odio hacia esa virtud.

Incluso, los que siendo pobres no solían entrar a una casa de juegos, podían comprar un  cartón con un centavo y divertirse con ello, al ganar unos pesos con tan poca inversión. Los cantos, los colores, la estética de este juego llamaba la atención de todos sin tomar en cuenta distinciones de ningún tipo.  

Pero ¿no eran acaso un bien público las contribuciones en impuestos que ofrecían las casas de juego? Para Saco no, no lo eran. Se perdía mucho más con ello que con el valor de las utilidades que podrían ofrecer al país si trabajasen todos aquellos vagos que sólo tenían tiempo para el juego. Además, se contraían en aquellos lugares vicios que no eran compensados pon las míseras contribuciones que ofrecían las casas de loterías.

Los billares

Aun cuando los billares ofrecían algún ejercicio al cuerpo, se malgastaba tiempo y mucho dinero en él  con apuestas que podían  arruinar a los padres de familia. La solución en este caso no era entonces cerrarlos, sino “corregir sus abusos”, pues era peligroso privar al pueblo de sus entretenimientos.

El malgaste del tiempo se corregiría al establecer horarios  de juego,  que  sólo tendrían lugar, por ejemplo, entre las seis de la tarde y las diez de la noche. Más complicado era regular el monto de las apuestas pues aun con celadores que velaran por ello, no habría modo de impedir alusiones metafóricas a números más elevados.

¿Y por qué no ofrecer otras alternativas  que llamaran la atención del pueblo y los divirtiera a la vez que los cultivara? Un ateneo sería una magnífica solución, opinaba Saco: allí se podría leer una gaceta o algún periódico científico y,  de paso,  se daría al extranjero amante de las playas cubanas una muestra de que los cubanos apreciaban las letras. Y no sólo un ateneo, sino muchos a lo largo de la Isla, así como gabinetes de lectura y bibliotecas públicas, pues sólo se contaba con una.  Así muchas personas encontrarían placer, y no perderían el tiempo ni el dinero insanamente, a la vez que se produciría un buen efecto en el pueblo, al difundirse el hábito por la lectura, y se pasaría del ocio al trabajo, del vicio a la virtud y de la ignorancia a la ilustración.

Otras atracciones pendientes serían la creación de varios museos naturales y de paseos públicos. Los primero ofrecería  material científico al interesado en estas cuestiones; mientras que a los otros pueblos, una nueva prueba de la ilustración del pueblo cubano, y a los habitantes de la Isla un agradable  un provechoso pasatiempo. Lo segundo, tal vez ayudaría a disminuir el número de concurrente a los billares: en el país apenas habían Paseos ; el de la Alameda de la Habana estaba mal iluminado y en cuanto se ponía el sol, los hermosos carruajes y las personas distinguidas eran sustituidas por malhechores y bandidos al acecho de alguna víctima.  Algunas medidas podrían convertir los paseos en sitios de perenne concurrencia, dada las ventajas del clima, pues el fresco que allí corría no tendría nunca un competidor en los calores de los recintos.

Días festivos

Los días festivos, sumados a los domingos constituían la cuarta parte del año. Como no se poseían datos estadísticos para evaluar  las pérdidas que esto  ocasionaba, Saco se limita a considerar su influencia  en la vagancia de la Isla.

Las fiestas populares tenían un origen religioso. Los trabajos mundanos debían cesar ciertos días del año para que los hombres los dedicaran a la depuración del alma a través de la contemplación religiosa. Aun cuando se sabía de las pérdidas económicas que ello ocasionaría, las ganancias en la observación de los preceptos religiosos serían compensación suficiente.

Pero lo que debía  fortificar el espíritu, terminó por ser motivo de profanaciones que ofendían a la religión y a sus mandamientos. Las festividades proporcionaban ahora el goce de la embriaguez, el juego y otros vicios perniciosos para la sociedad. Lejos de visitar los templos y rendir adoración, estos días se convertían en el marco para dejar a las familias en la miseria. El pueblo no iba en busca de santos y vírgenes para invocarlos, sino que corrían “en pos del juego y el escándalo”.

La Iglesia debía contar con que se estaban realizando actividades que atentaban contra la moral que se quería promulgar. La solución era entonces dejar como festivos los días imprescindibles para que la religión pudiese de paso recuperar su antiguo brillo.

Un tema completamente diferente al de la caña de azúcar y, por demás,  trágico y curioso es el de dos casos que según el autor dejaban ver  una “fecundidad extraordinaria” en dos cubanas. 

 El primero se refiere al doloroso alumbramiento de una esclava que el 6 de mayo de 1793 parió muerto a un niño de tres cuartas aproximadamente. Como la esclava había tenido gemelos con anterioridad, el cirujano pensó que tal vez hubiera otros  fetos y procedió a operar en la tarde del día siguiente. En efecto,  encontró fallecidos otros tres de tamaño normal.

 El parto de una señora robusta de 40 años que vivía en Guanajay es el segundo caso. Cuatro niñas fueron las recién nacidas aunque por desgracia la tercera murió de convulsiones. De ellas la primera nació el 6 de marzo, mientras que las tres restantes salieron del vientre de Rosalía al día siguiente.

 De paso recuerda Saco haber leído en un periódico argentino una noticia procedente de un diario boliviano según el cual dos hermanas dieron a luz a trillizos el mismo día y casi a la misma hora.

 Todavía incrédulo cita otra publicada en el Periódico de La Habana el 23 de junio de 1793. Esta vez no es ni la fecundidad ni la sincronía lo que llama la atención del intelectual, sino el nacimiento de una niña

 “con una especie de ojo grande en la frente, sin narices, la boca perfecta en su  lugar correspondiente, una sola oreja en un lado, y lo demás del cuerpo bien formado. Desde los codos hasta el extremo de los dedos de las manos tiene el cutis de un blanco hermoso, y lo demás del cuerpo muy prieto”.

 En ese mismo año  en Cartagena se había dado un caso similar en cuanto se refiere a la variedad de colores del infante. La información la toma del primer tomo de la Historia natural, civil y geográfica de las naciones situadas en las riveras del río Orinoco, escrita por misionero Gumilla.

 Creo que el lector justificará la larga cita textual que ahora les dejo dada la compleja naturaleza del caso. Dejemos que el propio Gumilla  cuente lo que vieron sus ojos:

 “Toda la niña (que tendría como unos seis meses, y hoy ha entrado ya en los cinco años de su edad) desde la coronilla de la cabeza hasta los pies está tan jaspeada de blanco y negro, con tan arreglada proporción en la varia mixtura de entrambos colores, como si el arte hubiera gobernado el compás para la simetría, y el pincel para el dibujo colorido.

 “La mayor parte e la cabeza, poblada de pelo negro y asortijado, se ve adornada con una pirámide de pelo crespo, tan blanco como la misma nieve; la cúspide piramidal remata en la misma coronilla, de donde baja ensanchando sus dos líneas colaterales hasta la mitad de una y otra ceja; con tanta puntualidad en la división de los colores, que las dos medias cejas que sirven de bases a los dos ángulos de la pirámide, son de pelo blanco y asortijado; y las otras dos partes que miran hacia las orejas, son de pelo negro y proporcionado que sobresale notablemente, y le da mucha hermosura.

 “Lo restante del rostro es de un negro claro, salpicado con algunos lunares más atezados; pero lo que sobre lo apacible, risueño y bien proporcionado del rostro y vivacidad de sus ojos da el mayor aire a su hermosura, es otra pirámide blanca, que estribando en la parte inferior del cuello, sube con proporción; y después de ocupar la medianía de la barba, remata su cúspide al pie del labio inferior, entre una sombra muy sutil.

 “Las manos hasta más arriba de las muñecas, y desde los pies hasta la mitad de las piernas (como si la naturaleza la hubiera puesto guantes y calzado botines de color entre negro, claro y ceniciento), arrebatan la admiración de todos, y en especial, por estar aquellas extremidades tachonadas con grande número de lunares de un fondo tan negro como el azabache.

 “Desde el circuito del arranque de la garganta se extiende una como esclavina totalmente negra sobre pecho y hombros, que remata formando tres puntas, dos en los lagartos de los brazos, y la otra mayor sobre la tabla del pecho es de aquel negro claro y manchado, uniforme con el que tiene en los pies y manos.

 “Y, en fin, lo más singular es lo restante del cuerpo, varía y peregrinamente jaspeado de blanco y negro, con notable correspondencia en la misma variedad, en la cual sobresalen dos manchas negras que ocupan entrambas rodillas de la criatura”

 De nacimientos humanos pasa don José Antonio Saco a la fecundidad de una vaca pequeña que parió el 1 de enero de 1827 tres terneros que crió “sanos y gordos”.  

 También muy raro era el parto de algunas mulas; fenómeno que se había repetido sólo en tres oportunidades en 30 años. La primera vez fue en La Habana, en  vísperas del día de san Valentín del año 1795; la segunda en Sancti Spíritus, y el padre era un fogoso caballo. De la tercera, también en la capital pero el 25 de noviembre de un año no precisado, se dice que “concibió de caballo, de mulo o burro”.    

Inesperadamente el brillante polemista y pensador se vuelve al mundo de las abejas silvestres, tan comunes en los bosques cubanos. Dos noticias había entonces acerca de la fecha de su introducción en el país. De manera general se tenía por cierto que estas abejas habían llegado gracias a emigrantes españoles provenientes de la Florida, en 1764; pero un informe presentado en la Sociedad Patriótica aseguraba que 14 años antes el contador Juan José Eligio de la Fuente había sido el primero en echarlas a volar en Cuba.

 Saco concierta estas dos opiniones conjeturando que Juan José bien pudo traer unas pocas mientras que los emigrados habrían aportado un mayor número capaz de propagarse, por cuanto las susodichas abejas llegarían a ser  conocidas.

 Lo cierto era que existían personas dedicadas sólo a castrar colmenas y que conocían formidables técnicas para localizarlas: mientras la abeja volara en varias direcciones estaba buscando el jugo de las flores, pero una vez que tomara una dirección definida  con solo seguirla se daría con el anhelado botín.

 Después de una detallada lección sobre abejas, colmenas, propiedades y peligros de la miel, así como de prácticas y atuendos empleados por los castradores, nuestro autor se ocupa sucintamente de las sanguijuelas en Cuba para pasar luego a registrar un fenómeno natural.

 De las sanguijuelas sólo dice que le dan nombre a un río que corre cerca de Bayamo precisamente porque allí habitan, y que por el año 1827  escuchó que algunos médicos no habían tenido éxito en aplicarlas como sangrías, tal vez porque no eran las verdaderas sangujuelas medicinales.

 Del fenómeno natural tenía noticia gracias a su hermano Juan Nepomuceno Saco que en una carta le comentaba sobre el Manglar. Este era el nombre de un ojo de agua salada que se extendía media legua para luego desaparecer sin entrada a ciénaga ni a río alguno. Se le llamaba así por estar sus riveras cubiertas de mangle. Tan salada era su agua que los animales lo pensaban dos veces para beber en ella incluso en plena seca.

 Según Saco “este dato sería curioso, porque el agua salada del manglar, el olor que exhala, su constante nivel aun en medio de las más grandes sequías, los mangles que cubren sus riberas, y las mareas diarias que experimenta, todo indica que aquel punto tiene alguna comunicación subterránea con el mar”.

 La última de las noticias  trata sobre la “comisión del conde de Mopox y Jaruco”, nombrada en 1796 para reconocer varios lugares de la Isla, asentar nuevas poblaciones, construir fortalezas y aprovechar las ventajas del clima y el suelo.

 Esta comisión presidida por el nombrado conde, y compuesta por personas instruidas realizó aportes sustanciales que luego no tuvieron la relevancia que merecían. En el Depósito Hidrográfico de Madrid encontró Saco 13 cuadernos de esta comisión que contenían desde proyectos y descripciones sobre Nipe, Jagua, Mariel, Guantánamo, Holguín, Matanzas, Isla de Pinos, hasta informes sobre insectos y caminos en Cuba.

 Del mismo modo, aguardaba inédito un trabajo sobre mineralogía escrito por el teniente coronel don francisco Remírez, quien también había analizado las aguas del pueblo de Madruga, a las que encontró compuestas por sulfato de cal, carbonato de magnesia, gas hidrógeno sulfurado, muriato de soda, carbonato de cal,  sulfato de soda y gas ácido carbónico.

 Además, cita dos  Memorias escritas sobre la Isla de Pinos. Una con laudables recomendaciones al gobierno para sacarla del atraso y abandono en que se encontraba, pues en aquel momento solo le era útil a contrabandistas y piratas; la otra era un trabajo titulado Geografía de la Isla de Pinos, o notas hidrográficas, topográficas, etc., que acompañaron la carta de dicha isla, dedicada al Excmo. Sr. Capitán general don Francisco Dionisio Vives. Este informe exaltaba las propiedades curativas de aquel lugar y las múltiples ventajas que se estaban desaprovechando.

 Así termina este inusual compendio de noticias curiosas acontecidas en los siglos XVIII y XIX en la Isla de Cuba, redactado por el ilustre polígrafo don José Antonio Saco.

En la Colección de escritos del erudito cubano J. A. Saco consta una curiosa compilación de noticias, recogidas por él en Cuba a partir de 1827, que resulta de notable interés.  La variedad de los temas escogidos y la propia pluma del autor advierten su intención de  registrar eventos pasados para provecho futuro. 

 Comienza Saco por comentar sobre la fundación del primer periódico en Cuba. Si bien reconoce poseer un manuscrito que coloca en 1782 a la Gaceta de La Habana como antecedente del Papel Periódico, que vio la luz el 24 de octubre de 1790, termina por fijar este último como el primero.

 Sus redactores, desde el presbítero José Agustín y Caballero o don Nicolás Calvo hasta el doctor Tomás Romay y otros, trabajaban gratuitamente, y lo hacían circular semanalmente. Ya en 1793, cuando se ocupa de él la célebre Sociedad Patriótica, el Papel podía leerse dos veces por semana, jueves y domingo, hasta 1805  que cambia su nombre por el de Aviso y se le incluye otra salida en este mismo período. El primero de septiembre de 1810 fue rebautizado como Diario.

 El periódico, intitulado luego como Diario de La Habana y después como Gaceta del gobierno estaba destinado a la fundación de una biblioteca pública. Gracias a la suscripción de los abonados y los números sueltos que se vendían comenzó rindiendo entre 148 y 162 pesos mensuales, y llegó a recaudar 1188 pesos desde 1793. Posteriormente la Sociedad Patriótica dejaría el papel en manos de un empresario que le pagaría a cambio 2000 pesos anuales.

 Como tema anejo, Saco recuerda la fundación de la Biblioteca pública de La Habana en junio de 1793. Instalada en la propia casa de su director don Antonio Robredo y con un portero pagado con diez pesos mensuales, la biblioteca contaba con 1 402 libros al año siguiente, la mayoría donados por el general Casas y otros señores.

 Otra fundación también en 1793, esta vez la del Calendario Manual y Guía de Forasteros de la Isla de Cuba, tuvo tanto  éxito que la Sociedad patriótica  aceptó incluirla en los fondos de la citada biblioteca y desde entonces no dejó de publicarse ni un solo año. De ella afirmó el barón de Humboldt en su Ensayo político sobre la Isla de Cuba que se trataba de un “calendario que estadístico mucho mejor redactado que la mayoría de los que aparecían en Europa”. (1)

 La siguiente noticia poco o nada tiene que ver con las anteriores, pues se trata de la “primera pena capital que por infidencia a la patria se impuso en Cuba en el siglo XIX”.  El hecho ocurrió el lunes 30 de julio de 1810 cuando un emisario del entonces rey de España José Bonaparte fue ahorcado. El delito por el cual pagó con su vida don Manuel Rodríguez Peña fue el de provocar un levantamiento contra los derechos de Fernando VII.

Faltaban  nueve días para que se cumplieran los dos años de este evento cuando fue promulgada en La Habana la Constitución que las Cortes sancionaron en Cádiz;  pero dos años exactos después se publicaba en la capital de la Isla un decreto mediante el que Fernando VII la abolía.

 Curioso también resulta que en 1807 se introdujera por primera vez en nuestro país el hielo, que se importaba desde los Estados Unidos. Por la fecha en que Saco escribía el comercio del hielo era muy lucrativo dado el nivel del consumo que ya había franqueado los límites de esta ciudad para internarse en otros pueblos. El hielo se conservaba en almacenes de madre para protegerlo del calor. Apunta el ilustre cubano que era de excelente calidad, mucho mejor que los de Londres o París y que además era muy barato.

De la introducción del mango en Cuba sólo anota Saco que se debía a una señora respetable de La Habana que había sembrado una semilla en 1790, facilitada por don Felipe Alwood.

 Más extenso se muestra en lo que respecta a la entrada del café  y a sus progresos iniciales. A José Antonio Gelabert dice Saco deberse el mérito de haberlo traído desde Puerto Rico.  Para 1795 se menciona un cafetal en Arcos de Canasí cuya producción de 60 quintales se vendió en La Habana con un adelanto de  14 pesos por cada uno.

Poco después se tiene noticia de que el Consulado de La Habana se ofreció a prestar a algunos hacendados “diez negros pagaderos en varios plazos sin interés alguno” con el fin de fomentar el desarrollo de este producto. Así, pronto hubo varios cafetales en esta región. En 1797 el Consulado nombra a Pablo Boloix para que los reconociese y este apunta 6 en su informe.

 Sin embargo, Saco sólo menciona 5 sin ofrecer ningún dato del que falta. Estos fueron: la Moha, situado en canasí; Bella vista, en este mismo lugar; Los Placeres,  en el “Ubajay”; Limones, en Guanajay; y Las Virtudes, también en Guanajay.

 Mucho antes que el café se había importado la caña de azúcar, cuya antigüedad data de los tiempos en que Cristóbal Colón se paseaba por la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto. Por lo curioso del pasaje, referido a La Española, vale la pena reproducir la cita del Almirante, que Saco extrae del tomo I de la Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los Españoles desde fines del siglo XV, publicado por Fernández de Navarrete:

  “Somos bien ciertos, como la obra lo muestra, que en esta tierra así el trigo como el vino nacerá muy bien; pero hace de esperar el fruto, el cual si tal será como muestra la presteza del nacer del trigo, y de algunos poquitos sarmientos que se pusieron, es cierto que no  hará mengua el Andalucía ni Cecilia aquí ni en las cañas de azúcar, según unas poquitas que se pusieron han prendido”.

 La cercanía de Haití a Cuba hace pensar a Saco que ya los primeros pobladores del archipiélago podrían haberla traído consigo.  A más tardar, afirma el erudito, habría sido plantada aquí dos o tres años después de la expedición de Diego Velásquez, en 1511. 

 Por tres siglos esta  caña criolla fue la única en el país. Después de un intento frustrado por introducir la caña de Otahití en 1796 esta logró sembrarse por primera vez en marzo de 1798, procedente de la isla de Santa Cruz de Dinamarca. Saco asevera que esta es la misma que se cultivaba en aquel momento en los ingenios, dadas las ventajas que ofrecía su gran tamaño.  

 Aunque no fue hasta 1826 que la caña de cinta o listadas se importó desde Nueva Orleáns Saco dice recordar haberlas visto más de una década en su natal Bayamo o en Santiago de Cuba. Los trapiches, por su parte, parecen haberse comenzado a emplear desde fines del siglo XVI.

Continuará …

Nota:

1-    Esta cita se refiere a los tomos publicados entre 1815 y 1825 y aparece en francés en el texto de Saco: “Almanach statistique beaucoup mieux rédigé que la plupart de ceux qui paraissent en Europe”. 

 

Vista de una vega de tabacos

Considerado como uno de los pensadores de mayor influencia en la cultura cubana del siglo XIX, José Antonio Saco fue un polémico escritor que dejó muy clara su postura en contra del esclavismo. Entre sus escritos más loables hay que mencionar su Estudio sobre la esclavitud, publicado por primera vez en 1837  y que,  dedicado a los hacendados de Cuba, es guiado de principio a fin por la pregunta que le da título: ¿La abolición del comercio de esclavos africanos arruinará o atrasará la agricultura cubana?

En este ensayo, Saco comienza por deslindar los ramos económicos que constituían por entonces la riqueza nacional: ganados, tabaco, café y azúcar. Si bien parecía haber un acuerdo en cuanto a la irrelevancia de la mano de obra esclava para los tres primeros, las opiniones estaban divididas con respecto a la producción del  azúcar.

En primer lugar, se suponía que el rigor del trabajo sólo era soportable por los negros africanos; en segundo término, sólo ellos podrían resistir los calores del clima; y, por último, la carestía de los jornales hacía imposible contratar trabajadores libres que fueran tan rentables como los esclavos.  Saco examina separadamente cada uno de estos argumentos.  Veamos.

El rigor del trabajo en los ingenios

Existían dos tipos de trabajo en los ingenios: el agrícola, es decir, el cultivo de la caña, y el fabril, que incluía las operaciones para la producción el azúcar. Que pudiera encontrarse todavía  en Cuba labradores blancos dedicados a este cultivo; y que una variedad de trabajos mucho más duros, como la herrería o la construcción de caminos se realizaran en todos los países por hombres blancos,  constituían claras pruebas en contra de los argumentos de los apologistas de la esclavitud.

Asimismo, aunque  los negros africanos eran físicamente fuertes no tenían hábitos de trabajo, ni incentivo alguno para trabajar;  lo cual quedaba claro si se tomaba en cuenta  el largo aprendizaje a que debían ser sometidos luego de su arribo a la Isla, sumado al hecho de que muchos recurrieran al suicidio para escapar a su desgracia. 

Por otra parte, en muchos otros países también se producía azúcar sin el trabajo  de los esclavos. Tal era el caso de la India Oriental, de China, Java y Siam; de Francia, donde se extraía con mayor esfuerzo de la remolacha; de Málaga y de Granada. En América, México había hecho rivalizar su producción azucarera con las mejores del mundo; Venezuela había disminuido su número de esclavos, pero había elevado el del cultivo de caña  y proveía a Curazao; Santo Domingo exportaba su azúcar sin que mediaran esclavos y Puerto Rico contaba con 1277 sitios pequeños donde la azúcar era cultivada por hombres libres.

¿Eran entonces tan desgraciados los cubanos blancos que no podían hacer lo que otros, debido a la dureza del trabajo?

Resistencia de los negros africanos a los calores del clima

Esta razón, advierte Saco, se funda sobre la base de una analogía y de un hecho.  Según la analogía, África y Cuba son países calurosos; según el hecho,  los negros son inmunes a la fiebre amarilla.

Para Saco la analogía sería un argumento razonable si el clima fuera el único adversario de los negros traídos por la fuerza a Cuba.  Lo cierto era que las circunstancias físicas, políticas y morales les proporcionaban dolores que no estaba en sus manos remediar; por su parte, el hecho era sencillamente irrelevante.  Los negros no tenían el privilegio de no ser contagiados con la fiebre amarilla. También lo estaban los cubanos, los naturales de la América española, y los habitantes de países con climas similares al de Cuba.

Además, la fiebre no era ni tan general, ni tan destructiva como se suponía: se conocía mejor su naturaleza; no atacaba la mayor parte del año, sino en los meses de más calor; el peligro no era indefinido pues si atacaba un verano era poco probable que lo hiciera el siguiente; la mayor parte de los recién llegados no eran afectados, y de los que lo eran sólo morían muy poco(Saco cita los datos estadísticos disponibles y concluye que cualquier otra enfermedad causaba más estragos que la fiebre amarilla); el género de vida de los   recién llegados  era quien los exponía a tales peligros, pues solían vestir de paño aun con mucho calor, se paseaban al sol a todas horas y se daban a ciertos excesos que hubieran sido perniciosos en cualquier país; la fiebre estaba confinada a una  estrecha  franja alrededor de las costas, de modo que sólo había que alejarse de ellas para eliminar el riesgo, y como la mayor parte de los ingenios se hallaban fuera de este espacio fatal, no existía riesgo para los colonos.

Cafetal La Ermita en la Loma del Cusco

Si bien los negros no sufrían los pesares de la fiebre amarilla, sí eran víctimas de otras como la diarrea, la buba, la llaga, y, sobre todo, el cólera morbo. De hecho,  un censo de todos los negros y blancos  que en el último medio siglo habían entrado a Cuba hubiera permitido mostrar que el número de fallecidos negros era superior, no sólo en cuanto al valor absoluto, sino al relativo a las entradas de unos y otros.  Y esto era lógico pues los blancos que se asentaban en la Isla lo hacían voluntariamente sin sufrir las privaciones de los africanos.

La prohibición del tráfico de negros tenía mucho que ver con la mortalidad de estos.  Mientras el comercio de esclavos había sido permitido, los cargamentos que arribaban eran inspeccionados por una policía sanitaria; se  vacunaba a los esclavos para evitar la viruela, se les curaban sus enfermedades y se les ponía en cuarentena cuando había posibilidades de contagio. Ahora todo era bien distinto: los contrabandistas colmaban  sus barcos para obtener mejores ganancias  sin importarles que muchos murieran víctimas de la peste o abrumados por la fatiga.

El número de muertos durante la travesía de los blancos era insignificante si se le comparaba con el de los negros. Luego, el clima no era un obstáculo para que franceses, alemanes, ingleses y norteamericanos se dedicaran al comercio, a las artes y a otras ramas industriales, una vez instalados en La Habana, es decir, en el lugar más afectado por la fiebre amarilla. También era común ver a muchos cubanos blancos dando muestras de resistencias al clima en sabanas y campos, donde vencían los rigores de la intemperie.

Con todos estos datos, preguntaba Saco, ¿por qué empeñarse en sostener que el clima de Cuba se oponía a que las labores del ingenio sólo fueran posibles debido a la existencia de negros africanos?

Carestía de los Jornales

Para J. A. Saco, el enunciado de esta razón escondía un sofisma, al tomar como causa  lo que no era sino un efecto: los jornales de los labradores eran caros precisamente porque habían pocos que se dedicaran al cultivo de los campos.  Y esto, a su vez, tenía su origen en el hecho según el cual todos los ingenios eran trabajados por esclavos. El mal debía ser atacado por su raíz.

En aquel momento no existía ningún dato que permitiera calcular las pérdidas de los hacendados, si emplearan a jornaleros en vez de esclavos. Tomar el valor de los jornales para calcular la utilidad de los jornales era tener en cuenta tan sólo uno de los muchos elementos  influyentes. Había que examinar la cuestión más a fondo, valorando todas las circunstancias de interés y podía incluso, abogarse por la introducción de algunos medios para estimular la economía, sin recurrir al trabajo esclavo.

Para empezar, el hacendado sentiría un gran alivio si se declarara al azúcar libre de todo derecho y si se eximiera de toda contribución los artículos de consumo de sus operarios, y lo mismo se hiciera con los instrumentos y máquinas destinadas a la agricultura y, particularmente a la producción de azúcar. La introducción de máquinas modernas reemplazaría el trabajo de muchos  esclavos y permitiría obtener mejor provecho, incluso de los desperdicios. Todo ello, sumado a la construcción de caminos y a la  ruptura de trabas que impedían la libre navegación, compensaría y equilibraría gradualmente la carestía de los jornales.

 Saco realiza un balance hipotético de las diferencias de utilidades que podrían preverse a partir de un cálculo donde compara la introducción de 50 matrimonios blancos y de 50 matrimonios esclavos africanos. Su conclusión apoya sus argumentos: los 50 matrimonios de blancos producirían mucho más.  Y no sólo se refiere a cuestiones de puro cálculo, a su entender, habrían otras muchas ventajas como la posibilidad de reemplazar a los blancos que resulten inconvenientes, el incremento del sentido de responsabilidad; se evitaría el robo de millares de pesos al año; se eliminaría la posibilidad de que las rebeliones de esclavos estropearan las cosechas y los gastos que ocasionaría la muerte de muchos de aquellos, así como las pérdidas debidas a los procedimientos judiciales.

Eliminado el empleo de esclavos en la agricultura y constatados los enormes beneficios, las fértiles tierras de Cuba invitarían al inversor industrioso a sacar provecho fuera en grande o en pequeño. Lamentablemente, por entonces había una prevención general contra la elaboración del azúcar en pequeño, que no tomaba en cuenta que este tipo de producción se realizaba en países como  la India o  China, ni que el propio territorio cubano vio convertirse en colosales fincas a aquellas que habían comenzado con tan sólo cuatro labradores.

Antes de concluir su ensayo,  Saco realiza un estudio estadístico que muestra cómo  a pesar de haberse eliminado el tráfico de esclavos, éstos habían aumentado en algunos países mientras que habían disminuido en las colonias inglesas;  y, ahora con un lenguaje  catastrofista,  anima a los hacendados cubanos a despertar, a no vivir más “entregados a sueños e ilusiones” y a escuchar “una voz imperiosa” que viene a “dictar sus decretos”  antes de que la “hora tremenda” suene y todos perezcan “en la desgracia universal”.

Esclavo conduce un Quitrín.

El doctor irlandés Richard R. Madden llegó a La Habana en 1836, como árbitro del Tribunal Mixto de Justicia para asuntos de la trata de esclavos.  Amigo de célebres líderes abolicionistas como William Wilberforce y Thomas Clarkson,  había dejado de  ejercer como médico (Italia, Turquía, Inglaterra y  Egipto) para dedicarse a la causa de la abolición de la esclavitud en las Antillas inglesas.

Después de su amarga experiencia con los propietarios de esclavos en Jamaica, donde ocupó el cargo de Special Magistrate entre 1833 y 1834, Madden publica su libro Travels in West Indies (1835)  y se traslada a Cuba,  donde cultivaría una profunda amistad con Domingo del Monte,  el promotor cultural más importante de la época, para llevar a cabo una infatigable labor antiesclavista.

Fue sólo después de su primer año en la Isla que pudo deshacerse de las influencias que los hacendados ejercían sobre todo extranjero recién llegado, y adquirir así un criterio independiente del que querían inducirle. No fue en las amables acogidas como huésped invitado, ni en las placenteras sobremesas donde los anfitriones hacían alarde de la felicidad de sus esclavos, cuando Madden captó la realidad oculta tras los discursos; tuvo que presentarse solo y desconocido para llegar a contemplar con claridad el atroz panorama, el sanguinario sistema esclavista que superó con creces  en iniquidad  todo cuanto había escuchado.  Tanto fue así que, según él mismo afirma,  los primeros frutos de su estrategia le llevaron inicialmente a negar lo que  veía.

Su experiencia en la Isla, sumada a los materiales que recogió (fuentes bibliográficas, reales cédulas, testimonios, etc.), le permitió publicar en 1849 una obra notoria en el marco de la relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Cuba: The Island of Cuba: its resources, progress and prospects, considered in relation especially to the influence of its prosperity on the interest of the British West Indies.

Elaborada a modo de Memoria, el libro está estructurado con una nota preliminar, una dedicatoria, una introducción, 5 capítulos y un apéndice. Al igual que su amigo, el diplomático abolicionista David Turnbull, lo hiciera  en su obra,   Madden cuestiona en el  quinto capítulo “la condición de los esclavos en Cuba” y se interesa por desmentir la opinión pública, según la cual estos recibían un buen trato por parte de los hacendados.

Comienza el filántropo británico por citar un informe presentado a la cámara de diputados sobre la situación de los esclavos en las colonias francesas, donde encuentra 6 proposiciones sobre el trato que reciben los esclavos en las colonias españolas, a saber:  que la esclavitud tiene un peculiar carácter de suavidad; que este carácter se infiere de las ordenanzas reales; que ya no se trata a los esclavos con la crueldad que se trató a los aborígenes; que la autoridad de los amos es similar a la de un padre de familia; que esta maravillosa situación coadyuva a que los esclavos no deseen comprar su libertad;  y que el prejuicio de los españoles hacia los negros era menor que el del resto de los europeos. Madden señala que, de todas estas proposiciones, la única cierta es la última, tal vez debido a la sangre mora que corre por las venas españolas. 

El panadero y el malojero

Según el autor, cuatro vías habían contribuido a la difusión de la opinión sobre la suavidad de los españoles para con sus siervos: se infiere la felicidad de los esclavos a partir de las leyes gubernamentales; se deduce la situación de los esclavos rurales  de la de los citadinos, que tienen un mucho mejor trato; se llega a una familiarización con los puntos de vista de los hacendados, acostumbrando así el ojo a la crueldad; el vino y la hospitalidad de los amos condiciona la perspectiva del viajero o turista interesado en tales cuestiones.

De las cuatro vías, sólo la primera es la que aparece en el informe francés. Sin embargo el error consistía en considerar que tales leyes y ordenanzas se llevaran a la práctica. De hecho, al hacendado sólo le interesaban las ganancias obtenidas de los esclavos y no la felicidad de quién se las generaba.

En cuanto a la mejoría la situación de los negros con respecto a la de los aborígenes solo había que cambiar el término “indio” por el de “negro” y la palabra “mina” por la de “hacienda” y quedaba intacta la misma tragedia: estaba vigente el mismo sistema de crueldad. Refiriéndose a su propia experiencia en los campos cubanos escribe Madden:

 “ Yo he dicho ya y repito esas palabras, que tan terrible eran esas atrocidades, tan sanguinario el sistema de la esclavitud, tan abismales las depravaciones que presencié , superiores a todo lo había jamás oído y visto en cualquier otra parte, del rigor de la esclavitud, que al principio difícilmente podía creer en la evidencia de mis propios sentidos”

La esclavitud en Cuba era más destructiva, perniciosa, degradante y fatal que en ningún otro país del planeta. Aquí los esclavos eran azotados hasta morir, las madres separadas de los hijos, las haciendas desprovistas de mujeres y ancianos. Durante la época de zafra, la jornada de trabajo duraba veinte horas, pues se consideraba que con cuatro horas de sueño el esclavo recuperaría sus fuerzas. Hombres con apariencias de caballeros, insertados perfectamente en sociedad, incluso reconocidos por ella, profesaban el cristianismo a la vez que cometían los más horribles crímenes.

Seguidamente, Madden se entrega a mostrar las contradicciones existentes entre la situación real que padecían los esclavos y el turbio el hipócrita aparato legislativo que supuestamente los favorecía. No deja de mencionar las “trampas legales”, los risibles e inconsistentes intentos de cristianizar a los negros, la deficiente lógica según la cual era interés del hacendado alimentar bien al esclavo, ni el diferente modo en que incidían las leyes para esclavos rurales y citadinos.

El capítulo cierra con una anécdota ilustrativa donde denuncia el modo en que se resolvían legalmente brutales actos de injusticia. Un señor llamado Machado,  que se movía libremente entre las elegantes tertulias de La Habana, había asesinado a uno de sus siervos. Bajo su orden, el pobre esclavo fue azotado salvajemente durante tres horas en el pueblo de Guanabacoa, donde entonces residía Madden. Tendido el cuerpo sin vida, el hacendado mandó a buscar a dos médicos que de inmediato declararon “solemnemente” que el negro había muerto trabajando, pues padecía de una hernia.

Una investigación ordenada por el general Tacón  a un conocido de Madden, arrojó que el esclavo había fallecido bajo el castigo. El consejero jurídico de la administración vigente decretó viciado el informe, pues se había consultado a testigos negros sin la presencia de sus amos: el asesino fue declarado inocente y el oficial a cargo de la investigación fue reprendido  primero y luego depuesto de su cargo. La decisión de los jueces le había costado cuatro mil dólares al hacendado.

Sólo resta decir que, cuando en 1939 los prisioneros esclavos transportados de África a Camagüey  se sublevaron durante el viaje en la goleta “Amistad” e intentaron reorientarla a su país de origen y llegaron, en cambio, a los Estados Unidos, Madden viajó y colaboró activamente para devolver a los cautivos a su tierra. Ganado el juicio, regresó el filántropo a su país, portando consigo valiosos textos facilitados por Domingo del Monte. Su labor abolicionista no había concluido.

Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

El período comprendido entre 1800 y 1868 ha sido considerado como uno de los más prolíferos en cuanto a emigraciones francesas hacia el oriente cubano (1). Esto significó, más que un mero crecimiento demográfico en la Isla, un importante florecimiento de la agricultura y el comercio, así como una valiosa entrada al país de elementos culturales, modos de vida y costumbres que llegarían a ser parte indisoluble de la cultura cubana.

No todos los flujos migratorios franceses llegaron directamente desde el país europeo, ni la inmigración de los galos comenzó en el siglo XIX. Se conoce que ya en el último quinquenio del siglo dieciocho existía en Santiago de Cuba una discreta población de franceses provenientes de las colonias americanas. De hecho, los registros muestran que por esta fecha vivían allí 918 galos, la mayoría comerciantes, colonos y artesanos, muchos de los cuales se hallaban casados con criollas de la región.

La revolución haitiana propició el primer gran flujo migratorio del siglo, sobre todo entre los años 1800 y 1809, con el arribo de más de veintisiete mil individuos de todas las clases al territorio oriental. La ciudad de Santiago de Cuba, que por esa fecha no disponía de aceras, ni de calles empedradas y que desconocía el uso del quinqué y de las lámparas, se vio afectada ahora con la falta de agua potable, de abastecimientos y de espacios para contener tan grande oleada.

Pronto los recién llegados se percataron de las favorables condiciones geográficas que presentaba esta nueva tierra. En un inicio se orientaron fundamentalmente hacia las actividades portuarias, y hasta llegaron a desplazar temporalmente el comercio de los catalanes asentados en la jurisdicción. El puerto de Santiago de Cuba cobró mucha más actividad, hasta el punto de reportar altos niveles de desarrollo mercantil.

El corso también alcanzó una gran demanda: constituía una fuente de subsistencia y acumulación de recursos a la vez que ofrecía empleo a armadores franco-haitianos radicados en la jurisdicción. Se cita el caso de goletas de refugiados franceses que, tripuladas por mulatos y negros, proporcionaron a los colonos los fondos necesarios para establecer algunos cafetales en Cuba.

Con esta alza demográfica, además de lograrse por primera y única vez en la historia de Santiago un relativo equilibrio entre blancos y negros, ocurrieron algunos pequeños cambios sociales como la apertura de una nueva botica, la habilitación de inmuebles del gobierno, la facilitación del arribo de víveres y carnes desde otras plazas o la ampliación de las postas de correo.

Además, el Capitán General de la Isla y el gobernador de la jurisdicción aprobaron el fomento de la agricultura plantacionista cafetalera, con el empleo de emigrantes franco-haitianos, sobre todo de aquellos franceses blancos que resultaban “solventes y confiables”, y que por tanto eran considerados como de buena opinión.

Ya en 1804 se contaban en tres mil hombres los que cultivaban las tierras improductivas. Se compraban, vendían y revendían terrenos, a la par que se creaban proyectos económicos con capitales criollos, franceses y de otras nacionalidades. La combinación de estas actividades agropecuarias con las marítimas llegó a convertirse en un motor para la economía santiaguera.

Para 1807, año en que Cuba exporta café sobre todo hacia los Estados Unidos y España, un informe de Sebastián Kindelán, gobernador de Santiago, revelaba la suma de quinientas mil plantas de café cuya producción de diez mil quintales podría cuadriplicarse en 1810. Pero pronto este auge se vería opacado. La guerra entre Francia y España condicionó una orden de la capitanía general de la Isla que obligaba al exilio a franco-haitianos y franceses residentes. Ciertamente, esta no era una buena noticia para Kindelán, quien había visto el desarrollo económico alcanzado en muy poco tiempo por su jurisdicción gracias a la tenacidad y el espíritu francés.

Ni corto ni perezoso decidió entonces escribirle al Capitán General para expresar su “prudencia preparatoria para hacer efectivo el cumplimiento de sus órdenes superiores, relativas a la exportación de los extranjeros de la nación francesa”. El Capitán General se mostró impasible: sólo los franceses naturalizados y cuya conducta fuera “arreglada a las costumbres españolas” podrían permanecer en Cuba.

Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

No se conoce con exactitud la cifra de franceses expulsados de Santiago de Cuba. Lo que sí se sabe es que la mayoría se mudaron a la parte sur de los Estados Unidos; y que el éxodo se realizó sin violencia, contrariamente a lo que sucedió en otras regiones del país.

El corto plazo otorgado a los franceses para negociar sus bienes los obligó a vender en precios risibles y sumamente desventajosos para ellos. Incluso aquellos que estaban naturalizados sufrieron la retención de sus bienes así como el estado de rechazo creado hacia todo lo que estuviera relacionado con la procedencia gala, fundamentalmente por parte de algunos grupos y personas, como fue el caso del Obispo de Santiago de Cuba.

Pero como los vientos políticos suelen afectar para bien o para mal a los individuos, en 1814, con el restablecimiento de la paz entre Francia y España, se permitió el retorno de los franceses emigrados que, sumados a otros nuevos, constituyeron lo que se ha considerado como un segundo flujo inmigratorio francés a Santiago de Cuba.

No sólo las sociedades económicas se incrementaron con este segundo flujo sino que, para 1817, Santiago se convirtió en una potencia mundial de exportación de café. Para ello fue necesaria una notable expansión del grano en la jurisdicción; se crearon viales para poblar la Sierra Maestra, así como sistemas de acueductos y se aprovecharon algunas tierras improductivas hasta la fecha.

Entre 1818 y 1835 se ubica el tercer flujo inmigratorio a Santiago de Cuba, respaldado por una Real Orden que pretendía “blanquear” a la población cubana. En este período debieron llegar alrededor de setecientos treinta y un inmigrantes procedentes de la región sudoeste de Francia. Es de notar que no fuera la agricultura el polo de atracción económica, pues sólo el 23 % del total se dedicaría a este tipo de trabajo. El comercio y las actividades portuarias se fortalecen ahora mucho más que en el período anterior.

A partir de 1821, unos años después del tratado entre España e Inglaterra para la supresión de la trata de negros, se incrementa el tráfico de esclavos y el puerto santiaguero se convierte en uno de los más activos en este sentido; pero también cobra fuerza la exportación de azúcar, miel, miel, cera, café, tabaco y aguardiente de caña.

Poco después la minería surge como un nuevo factor de desarrollo económico; se habla incluso de una “fiebre minera” para referirse a la nueva situación creada. De hecho, algunos inmigrantes dejaron el trabajo agrícola para dedicarse a este prometedor renglón de la economía.

En 1830 se consolida la primera sociedad económica francesa para la explotación minera, que contará con las mejores técnicas para la explotación mineral y con una gran fuerza de trabajo, por lo cual se cuenta entre una de las fuentes económicas más importantes del período. También surgieron sociedades relacionadas con tiendas de pulpería, almacenes, sastrerías, y otras de ventas de artículos al por mayor, etc.…

El cuarto y último flujo de inmigrantes franceses a Santiago de Cuba en el período abordado se sitúa entre los años 1836 y 1868. En su mayor parte, provenían de la parte atlántica francesa y se registran en un número de más de dos mil doscientos.

La economía se fortalece en la medida en que los inmigrantes se incorporan a las tradicionales fuentes de ingreso. Pero van más allá. En 1851 los franceses promueven una línea de vapores para lograr una mejor comunicación entre Santiago de Cuba y Nueva York; surgen nuevas compañías y sociedades dedicadas a la panadería, al comercio de madera preciosa y al desarrollo ferroviario.

En 1844 el ingeniero francés Julio Segebien realizó el proyecto de la vía ferroviaria del Departamento Oriental, considerada como la primera obra de este tipo en la región y que se proponía unir las minas con el puerto santiaguero. Este y otros ingenieros aportaron grandes sumas para la expansión del ferrocarril, a la cual se le destinó una gran parte del capital de las sociedades, sobre todo desde 1843 y hasta 1861.

La producción de café se mantuvo en el primer lugar de la agricultura por encima del azúcar. Fue precisamente en la década del cuarenta cuando Santiago de Cuba alcanzó su mayor nivel productivo de este grano; y también cuando, ya al final de la misma, comenzó a declinar, debido a la quiebra de algunos hacendados, a la atracción que representaba la explotación de los yacimientos del cobre, al igual que la producción de azúcar. Pero la gran crisis de la producción de café en la región estaría marcada por inicio de la primera guerra de independencia.

Está claro que estos emigrantes no se consagraron exclusivamente a los pocos renglones económicos anteriormente mencionados. De hecho, existen curiosas diferencias en cuanto a la contribución de cada oleada inmigratoria. Así, en los flujos indirectos se destaca más la presencia de hacendados, comerciantes y hombres de mar; mientras que en los directos fueron los oficios y profesiones los más numerosos. La panadería, la medicina, la ingeniería, el derecho, la pedagogía, la carpintería o la gastronomía fueron también algunos de los sectores donde aquellos franceses del siglo XIX, que escogieron a la Isla de Cuba como destino económico, dejaron su impronta.

Nota:  

1- A demostrar esta aseveración está dedicada la obra de la investigadora santiaguera Laura Cruz Ríos Flujos migratorios franceses a Santiago de Cuba (1800-1868), de la cual tomo los datos que cito. La variedad de fuentes que emplea y, particularmente, el recurso a documentos de la época obtenidos en los archivos de Santiago de Cuba convierten esta investigación en un texto de necesaria consulta sobre el tema.

 

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