Cuba. Siglo XIX


Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

El período comprendido entre 1800 y 1868 ha sido considerado como uno de los más prolíferos en cuanto a emigraciones francesas hacia el oriente cubano (1). Esto significó, más que un mero crecimiento demográfico en la Isla, un importante florecimiento de la agricultura y el comercio, así como una valiosa entrada al país de elementos culturales, modos de vida y costumbres que llegarían a ser parte indisoluble de la cultura cubana.

No todos los flujos migratorios franceses llegaron directamente desde el país europeo, ni la inmigración de los galos comenzó en el siglo XIX. Se conoce que ya en el último quinquenio del siglo dieciocho existía en Santiago de Cuba una discreta población de franceses provenientes de las colonias americanas. De hecho, los registros muestran que por esta fecha vivían allí 918 galos, la mayoría comerciantes, colonos y artesanos, muchos de los cuales se hallaban casados con criollas de la región.

La revolución haitiana propició el primer gran flujo migratorio del siglo, sobre todo entre los años 1800 y 1809, con el arribo de más de veintisiete mil individuos de todas las clases al territorio oriental. La ciudad de Santiago de Cuba, que por esa fecha no disponía de aceras, ni de calles empedradas y que desconocía el uso del quinqué y de las lámparas, se vio afectada ahora con la falta de agua potable, de abastecimientos y de espacios para contener tan grande oleada.

Pronto los recién llegados se percataron de las favorables condiciones geográficas que presentaba esta nueva tierra. En un inicio se orientaron fundamentalmente hacia las actividades portuarias, y hasta llegaron a desplazar temporalmente el comercio de los catalanes asentados en la jurisdicción. El puerto de Santiago de Cuba cobró mucha más actividad, hasta el punto de reportar altos niveles de desarrollo mercantil.

El corso también alcanzó una gran demanda: constituía una fuente de subsistencia y acumulación de recursos a la vez que ofrecía empleo a armadores franco-haitianos radicados en la jurisdicción. Se cita el caso de goletas de refugiados franceses que, tripuladas por mulatos y negros, proporcionaron a los colonos los fondos necesarios para establecer algunos cafetales en Cuba.

Con esta alza demográfica, además de lograrse por primera y única vez en la historia de Santiago un relativo equilibrio entre blancos y negros, ocurrieron algunos pequeños cambios sociales como la apertura de una nueva botica, la habilitación de inmuebles del gobierno, la facilitación del arribo de víveres y carnes desde otras plazas o la ampliación de las postas de correo.

Además, el Capitán General de la Isla y el gobernador de la jurisdicción aprobaron el fomento de la agricultura plantacionista cafetalera, con el empleo de emigrantes franco-haitianos, sobre todo de aquellos franceses blancos que resultaban “solventes y confiables”, y que por tanto eran considerados como de buena opinión.

Ya en 1804 se contaban en tres mil hombres los que cultivaban las tierras improductivas. Se compraban, vendían y revendían terrenos, a la par que se creaban proyectos económicos con capitales criollos, franceses y de otras nacionalidades. La combinación de estas actividades agropecuarias con las marítimas llegó a convertirse en un motor para la economía santiaguera.

Para 1807, año en que Cuba exporta café sobre todo hacia los Estados Unidos y España, un informe de Sebastián Kindelán, gobernador de Santiago, revelaba la suma de quinientas mil plantas de café cuya producción de diez mil quintales podría cuadriplicarse en 1810. Pero pronto este auge se vería opacado. La guerra entre Francia y España condicionó una orden de la capitanía general de la Isla que obligaba al exilio a franco-haitianos y franceses residentes. Ciertamente, esta no era una buena noticia para Kindelán, quien había visto el desarrollo económico alcanzado en muy poco tiempo por su jurisdicción gracias a la tenacidad y el espíritu francés.

Ni corto ni perezoso decidió entonces escribirle al Capitán General para expresar su “prudencia preparatoria para hacer efectivo el cumplimiento de sus órdenes superiores, relativas a la exportación de los extranjeros de la nación francesa”. El Capitán General se mostró impasible: sólo los franceses naturalizados y cuya conducta fuera “arreglada a las costumbres españolas” podrían permanecer en Cuba.

Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

No se conoce con exactitud la cifra de franceses expulsados de Santiago de Cuba. Lo que sí se sabe es que la mayoría se mudaron a la parte sur de los Estados Unidos; y que el éxodo se realizó sin violencia, contrariamente a lo que sucedió en otras regiones del país.

El corto plazo otorgado a los franceses para negociar sus bienes los obligó a vender en precios risibles y sumamente desventajosos para ellos. Incluso aquellos que estaban naturalizados sufrieron la retención de sus bienes así como el estado de rechazo creado hacia todo lo que estuviera relacionado con la procedencia gala, fundamentalmente por parte de algunos grupos y personas, como fue el caso del Obispo de Santiago de Cuba.

Pero como los vientos políticos suelen afectar para bien o para mal a los individuos, en 1814, con el restablecimiento de la paz entre Francia y España, se permitió el retorno de los franceses emigrados que, sumados a otros nuevos, constituyeron lo que se ha considerado como un segundo flujo inmigratorio francés a Santiago de Cuba.

No sólo las sociedades económicas se incrementaron con este segundo flujo sino que, para 1817, Santiago se convirtió en una potencia mundial de exportación de café. Para ello fue necesaria una notable expansión del grano en la jurisdicción; se crearon viales para poblar la Sierra Maestra, así como sistemas de acueductos y se aprovecharon algunas tierras improductivas hasta la fecha.

Entre 1818 y 1835 se ubica el tercer flujo inmigratorio a Santiago de Cuba, respaldado por una Real Orden que pretendía “blanquear” a la población cubana. En este período debieron llegar alrededor de setecientos treinta y un inmigrantes procedentes de la región sudoeste de Francia. Es de notar que no fuera la agricultura el polo de atracción económica, pues sólo el 23 % del total se dedicaría a este tipo de trabajo. El comercio y las actividades portuarias se fortalecen ahora mucho más que en el período anterior.

A partir de 1821, unos años después del tratado entre España e Inglaterra para la supresión de la trata de negros, se incrementa el tráfico de esclavos y el puerto santiaguero se convierte en uno de los más activos en este sentido; pero también cobra fuerza la exportación de azúcar, miel, miel, cera, café, tabaco y aguardiente de caña.

Poco después la minería surge como un nuevo factor de desarrollo económico; se habla incluso de una “fiebre minera” para referirse a la nueva situación creada. De hecho, algunos inmigrantes dejaron el trabajo agrícola para dedicarse a este prometedor renglón de la economía.

En 1830 se consolida la primera sociedad económica francesa para la explotación minera, que contará con las mejores técnicas para la explotación mineral y con una gran fuerza de trabajo, por lo cual se cuenta entre una de las fuentes económicas más importantes del período. También surgieron sociedades relacionadas con tiendas de pulpería, almacenes, sastrerías, y otras de ventas de artículos al por mayor, etc.…

El cuarto y último flujo de inmigrantes franceses a Santiago de Cuba en el período abordado se sitúa entre los años 1836 y 1868. En su mayor parte, provenían de la parte atlántica francesa y se registran en un número de más de dos mil doscientos.

La economía se fortalece en la medida en que los inmigrantes se incorporan a las tradicionales fuentes de ingreso. Pero van más allá. En 1851 los franceses promueven una línea de vapores para lograr una mejor comunicación entre Santiago de Cuba y Nueva York; surgen nuevas compañías y sociedades dedicadas a la panadería, al comercio de madera preciosa y al desarrollo ferroviario.

En 1844 el ingeniero francés Julio Segebien realizó el proyecto de la vía ferroviaria del Departamento Oriental, considerada como la primera obra de este tipo en la región y que se proponía unir las minas con el puerto santiaguero. Este y otros ingenieros aportaron grandes sumas para la expansión del ferrocarril, a la cual se le destinó una gran parte del capital de las sociedades, sobre todo desde 1843 y hasta 1861.

La producción de café se mantuvo en el primer lugar de la agricultura por encima del azúcar. Fue precisamente en la década del cuarenta cuando Santiago de Cuba alcanzó su mayor nivel productivo de este grano; y también cuando, ya al final de la misma, comenzó a declinar, debido a la quiebra de algunos hacendados, a la atracción que representaba la explotación de los yacimientos del cobre, al igual que la producción de azúcar. Pero la gran crisis de la producción de café en la región estaría marcada por inicio de la primera guerra de independencia.

Está claro que estos emigrantes no se consagraron exclusivamente a los pocos renglones económicos anteriormente mencionados. De hecho, existen curiosas diferencias en cuanto a la contribución de cada oleada inmigratoria. Así, en los flujos indirectos se destaca más la presencia de hacendados, comerciantes y hombres de mar; mientras que en los directos fueron los oficios y profesiones los más numerosos. La panadería, la medicina, la ingeniería, el derecho, la pedagogía, la carpintería o la gastronomía fueron también algunos de los sectores donde aquellos franceses del siglo XIX, que escogieron a la Isla de Cuba como destino económico, dejaron su impronta.

Nota:  

1- A demostrar esta aseveración está dedicada la obra de la investigadora santiaguera Laura Cruz Ríos Flujos migratorios franceses a Santiago de Cuba (1800-1868), de la cual tomo los datos que cito. La variedad de fuentes que emplea y, particularmente, el recurso a documentos de la época obtenidos en los archivos de Santiago de Cuba convierten esta investigación en un texto de necesaria consulta sobre el tema.

 

La Alameda de Paula

En los inicios del siglo XIX Inglaterra necesitaba expandir los mercados de su producción industrial. En 1807 había eliminado la trata de negros en sus colonias americanas; diez años después obliga a firmar un tratado a España para que hiciera lo mismo en las suyas a partir de 1820; incumplido este último, impone otro con cláusulas más rigurosas en 1835 y ya en 1838 abole la esclavitud en sus propias posesiones.

Por entonces en Cuba hormigueaban las conspiraciones antiesclavistas. Cuando en 1837 el barco “Romney” tripulado por negros libres llegaba a La Habana procedente de Inglaterra y se encendieron aún más los ánimos entre los conspiradores cubanos, era sabido que algunos agentes ingleses alentaban la insurrección abolicionista.

Pero ninguno de estos agentes sería tan mal recibido por el gobierno español como lo fue David Turnbull, quien llegara a La Habana en calidad de cónsul en 1940, con el propósito de velar por el cumplimiento de los tratados antes mencionados. En Cuba no sólo realizaría una extensa investigación sobre la introducción de esclavos desde 1920, sino que alentaría el abolicionismo y hasta se pondría en colaboración con un grupo de criollos influyentes para lograr la independencia de la Isla.

Sin embargo, el ambicioso proyecto emancipatorio de Turnbull no estuvo apoyado por el gobierno británico; ni siquiera por la British and Foreign Antislavery Society. De hecho, a Inglaterra no parecía convenirle que Cuba se independizara de España; lo cual se hizo evidente una década después cuando el auge de las corrientes anexionistas, que abogaban por la unión de la Isla a los Estados Unidos, condicionó las presiones de los ingleses sobre los españoles con respecto al abolicionismo.

Es necesario destacar que la antipatía que provocó David Turnbull entre los esclavistas criollos y españoles no comenzó con su actividad como funcionario en la Isla. Turnbull había sido acogido favorablemente a finales de la década del treinta durante su primera visita a Cuba. En esta ocasión ganó el reconocimiento de los miembros de la Sociedad Económica Amigos del País y la membresía, pues fue nombrado socio-corresponsal. Pero lo más importante de esta primera estancia fue la detallada información que obtuvo sobre el funcionamiento del macabro sistema que mantenía viva la trata de negros, y sobre el modo de vida de los esclavos en los ingenios. Los datos recogidos le permitieron escribir un interesante libro, que retrata y condena el sistema esclavista en Cuba, titulado Travels in West, Cuba; with notices of Porto Rico, and the slave trade. Es por ello que durante su segundo viaje, ya todos sabían de los objetivos de Turnbull y muchos de los que antes le estrecharon la mano, debieron mirarle ahora con recelo. 

 

El libro, escrito entre 1837 y 1839, fue publicado en Londres en 1840. Está estructurado en 25 capítulos, 24 de los cuales se dedican a Cuba mientras que sólo el último se refiere a la situación de Puerto Rico. Documentos históricos, obras de viajeros de paso en nuestro país, diálogos con hacendados, textos de historiadores cubanos y vivencias personales son las fuentes que nutren su obra. El tercer capítulo, dedicado sobre todo al estado de la esclavitud, a los postes de castigo, así como a establecer la diferencia entre esclavos rurales y domésticos, resulta particularmente interesante.

El tercer capítulo del libro comienza caracterizando a los colonos de Cuba y a los de las colonias británicas. Mientras que los ingleses no habitaban en sus propiedades y permanecían en Europa hasta verse obligados a regresar para recuperarse económicamente, el propietario en Cuba carecía del más mínimo interés por regresar a su patria. Por el contrario, afirma Turnbull, sus lazos afectivos con la madre patria se debilitaban paulatinamente.

Sin embargo, los colonos españoles no residían en sus plantaciones; solían instalarse en La Habana, en Santiago, en Matanzas u otras ciudades, a cientos de millas de sus haciendas; esta distancia justificaba menos sus viajes que la ausencia de carreteras seguras para transitarla. De modo que, a los efectos prácticos, el colono se encontraba tan lejos de sus haciendas como lo estaría un plantador jamaicano residente en Italia.

El autor confiesa que antes de visitar La Habana tenía a los españoles por personas nobles y a los dueños de esclavos en esta ciudad como los más indulgentes del mundo. Ahora, para su sorpresa, se sabía “engañado miserablemente” y dispuesto a afirmar que, con la excepción de Brasil, país aún no visitado por él, en los campos de Cuba reinaba la esclavitud más cruel y despreciable del mundo. Para contribuir a eliminar los prejuicios que, como era su caso antes de su visita, tenían aun quienes no habían visitado los campos de Cuba, es que decide realizar su investigación.

En la vivienda de un hacendado de la capital era posible encontrar esclavos con diversas tonalidades de piel, la mayoría nacidos en la casa y crecidos también allí. Estos esclavos, afirma Turnbull, suelen ser bien tratados. Y como era la costumbre que el primer propietario diera a su esclavo un nombre cristiano y un patronímico durante la ceremonia de bautizo, era también común encontrar dueños encariñados con los esclavos que vieron nacer y criarse junto a sus hijos, y por lo cual ni siquiera pensaban deshacerse de ellos.

Turnbull percibe una perfecta estratificación de clases en la sociedad cubana de la época. Primero estaban los alrededor de 30 nobles españoles y los hacendados. Luego los empleados y funcionarios civiles (1000 aproximadamente, según su cuenta), los oficiales del ejército y de la marina. En un tercer lugar Turnbull ubica a los comerciantes, fueran estos españoles, criollos o de otro país. Un escaño más abajo los dependientes franceses, ingleses, alemanes o americanos. Aun en un plano inferior los comerciantes al por menor y los tenderos, provenientes en su mayoría de Canarias, Vizcaya, Cataluña, o Norteamérica. El último nivel lo ocupaban los gallegos; los esclavos ni siquiera tenían un lugar: eran considerados tabú.

Un dato curioso que aporta Turnbull a continuación tiene que ver con ciertos “negocios” entre los amos y los esclavos domésticos cuando, con el paso del tiempo, el número de estos últimos aumentaba, y solían ser empleados en actividades fuera del hogar. Así, era común encontrar en las grandes casas de La Habana esclavos zapateros, modistas o sastres, a quienes se les permitía alquilarse en otros lugares, siempre que le trajeran al amo parte de sus ganancias. Este “impuesto” no solía ser alto, de modo que un esclavo podía ser capaz de comprar su propia libertad en unos pocos años.

Pero en los campos de Cuba la situación era bien distinta. Piénsese en el hecho según el cual era frecuente “aterrorizar” a un sirviente doméstico al sólo amenazarle con enviarlo a la hacienda de su amo; dado el caso un esclavo sabría, desde antes de salir de La Habana, que el único aliciente que tendría cada noche después de trabajar inhumanamente y sufrir hambriento los latigazos del mayoral, sería esperar su propia muerte.

Otro de los temas que registra Turbull está relacionado con los castigos sufridos por los esclavos. Incluso en La Habana podían hallarse “cientos de indicios palpables de la miseria que acompaña la maldición de la esclavitud, completamente independientes de los horrores mayores que acarrea la trata de esclavos”.

En la alameda, por ejemplo, se alzaba un edificio que aunque estaba protegido de las miradas por altos parapetos de madera, ocultaba en su interior los postes de azote adonde eran enviados los negros desobedientes. Si bien la sangre y las carnes laceradas no se veían desde afuera, sí se escuchaban los lamentos, los terribles gritos, “los chillidos lastimeros pidiendo clemencia”.

Pero este tipo de crueldades era ignorado por los visitantes que tanto elogiaban las comodidades de los esclavos en La Habana, hasta el punto de celebrar su suerte en comparación con la de los obreros irlandeses o los de la misma Inglaterra. Tales visitantes no conocían una de las máximas habaneras en boga: “el espíritu de un esclavo, a quien se ha mimado excesivamente, ha de ser quebrantado periódica y sistemáticamente”. Tampoco habían escuchado decir a una de las tantas “señoras” de las grandes casas de la Habana, que la inclinación del esclavo hacia el vicio y la ociosidad debía ser corregida enviándolos una vez por mes al azote, a modo de advertencia y como método profiláctico contra su futura ingobernabilidad.

Turnbull también dedica algunos párrafos al sistema penitenciario en la Isla. Una nueva prisión cercana a la fortaleza de la punta era una de las obras públicas que había comenzado el gobierno de Tacón, si bien este último no pudo presenciar su terminación. En efecto, Turnbull destaca a este gobernante como más elogiado y a la vez más censurado que todos sus predecesores. Elogiado por las obras públicas construidas y por el férreo sistema policiaco que mantuvo limpia de malhechores las calles de La Habana durante su mandato; criticado por la no menos dura tiranía implantada y que afectaba sobre todo a los criollos. Alrededor de 200 personas, entre las cuales se hallaban distinguidos hombres de letras pertenecientes a clases respetables habían sido deportados sin siquiera hacerles juicio. En palabras del propio Turnbull: “El mismo vigor que utilizó para limpiar las calles de malhechores lo aplicó para restringir la más leve expresión de sentimientos políticos”.

La Cárcel Nueva de La Habana

No había sido terminada la nueva prisión y ya contaba con más de cien reclusos. En su interior los reclusos negros estaban separados de los blancos. En las “Salas de Distinción” se alojaban aquellos que podían pagar sin importar la causa de su encierro. La parte superior del edificio daba cobijo a las tropas españolas mientras que la planta baja encerraba a los prisioneros.

Muy cerca de la prisión se encontraba la obra más elogiada al gobierno de Tacón: el nuevo Paseo. Turnbull celebra su belleza a la vez que advierte a los transeúntes que esta obra no estaba diseñada para andar a pie. La falta de aceras hacía posible que la humilde gente de a pie pereciera aplastada contra la pared por un carruaje furiosamente conducido. Aunque oficialmente el nombre era Paseo Tacón, en los informes se le nombraba como Camino Militar, tal vez para justificar que sus constructores fueran militares y reclusos.

Al final de este Paseo se habían creado dos grandes barracones para la venta de esclavos. El primero, con capacidad para 1000 negros y el segundo para 1500. Ambos, que según relata Turnbull permanecieron llenos durante su estancia en La Habana, servían como depósito y como prisión. Ubicados en el punto de mayor atracción muy cerca de por donde pasaba el nuevo ferrocarril, los pasajeros podían ver desde los vagones la desesperación de los negros que sacaban piernas y brazos dando gritos, lamentándose, llorando.

El interior de los barracones era, según Turnbull, diferente de lo que cabría esperar. Con el propósito de poner pronto en forma a los esclavos y de evitar la nostalgia, los importadores los alimentaban bien, los vestían, les permitían “el lujo de fumar tabaco” y los animaban a divertirse en el amplio patio del edificio. Incluso, una vez que salían a sus respectivos destinos los primeros meses de estancia en los campos, los mayorales los adiestraban lentamente al ritmo de trabajo y evitaban emplear el látigo con tal de conseguir una mejor adaptación.

La edad de los negros apresados fluctuaba entre los 12 y los 18 años. Por cada tres hombres había una mujer. Era más barato comprar esclavos jóvenes que depender de su reproducción. En las haciendas la proporción era la misma. Había amos despiadados que tenían sólo hombres en sus plantaciones y luego del trabajo los encerraban juntos en los barracones de sus haciendas con tal de evitar que tuvieran relaciones sexuales con mujeres.

 Era entendido que 8 negros liberados producían lo mismo que 12 obreros criollos. Por ello, un negro bozal africano costaba 24 onzas de oro mientras que uno criollo podía ser comprado por 20. Este fue uno de los argumentos que esgrimió el propietario de un barracón a favor de la perpetuidad de la trata, durante una conversación con David Turnbull. El abolicionista inglés cifra entre 300 y 320 dólares el precio de un esclavo vendido en La Habana al por mayor. Si en esta ciudad los esclavos eran vendidos dentro de recintos, en otras ciudades como Virginia la venta se realizaba sin pudor alguno en el medio de las calles.

Antes de finalizar el capítulo, el autor se refiere al comercio de esclavos en los Estados Unidos. Por una parte, en este país se hacía un esfuerzo por mantener las costas limpias de tráfico de negros, mientras que por otra éstos últimos se vendían libremente en las calles con el pretexto de que la venta ocurre en tierra y por tanto no quiebra la ley norteamericana contra la piratería. En ciudades como Maryland y Virginia, destaca Turnbull, hasta “se llegan a criar negros” para reproducirlos y venderlos.

Si en La Habana se decía que la diferencia de 68 dólares existente entre un negro africano y otro nativo era suficiente para garantizar la continuidad de la trata negrera, ¿por qué no suponer que además del comercio en tierra realizado en los Estados Unidos no existía otro en las costas de Alabama, Florida o Lousiana? ¿Sentirían remordimientos por violar una ley débilmente administrada aquellos que no los sentían para comprar niños, mujeres y hombres separados de sus familias para someterlos a todo tipo de trabajo? Turnbull confiesa que no puede probar que esto ocurra realmente así, pero existían razones muy fuertes para suponerlo.

Vista de una casa de caldera.

El descubrimiento de América en el siglo XV propició la génesis de temas de reflexión tanto para la filosofía como para la naciente antropología. Al asombro por el encuentro de nuevos espacios geográficos se unían las polémicas sobre si se debía considerar o no a los habitantes de estas tierras como seres humanos. Tal vez la discusión más célebre al respecto sea la que ocurrió entre el dominico Fray Bartolomé de las Casas, en favor del estatus humano de los aborígenes y el jurista Juan Ginés de Sepúlveda, radicalmente en contra.

Todavía en el siglo XIX la cuestión no se había resuelto. Si, cien años antes, el erudito holandés Cornélius de Pauw estaba convencido de que los aborígenes de América del Norte eran una raza inferior condenada a quedar fuera del “movimiento de la historia”, en 1830 Hegel afirmaba, en su célebre Introducción a la filosofía de la historia, que los habitantes de África ocupaban, decididamente, el escaño más bajo de toda la “infrahumanidad”: los negros, estaban al mismo nivel de los objetos sin valor.

En esta misma época, numerosos viajeros exploran África, Australia, Nueva Zelanda, la India y América. Pero mientras algunos de ellos redactaban informes que enviaban a las metrópolis, donde nutrían la obra de la naciente antropología moderna, otros preferirán escribir sus propios libros que, aunque no tenían una intención conscientemente antropológica, registraban formas de vida de unidades sociales concretas, empleando lo que hoy conocemos como métodos y técnicas etnográficas, como son la observación en el terreno, la entrevista en profundidad y el empleo de informantes claves.

En parte como resultado de los citados informes Maine publica en 1961 su Ley Antigua y Bachofen El Matriarcado; en 1864, Fustel de Colanges La ciudad antigua y, un año después, ve la luz El matrimonio primitivo de MacLennan; en 1871 La cultura primitiva, de Tylor; en 1877, La sociedad antigua, de Morgan, mientras que en 1890 salen los primeros volúmenes de La rama dorada, de Frazer. La perspectiva de cada una de estas obras es muy diferente a la de Hegel y De Pauw, herederos de una concepción iluminista que tenía a los habitantes de las sociedades no europeas como salvajes. Ahora nacía la concepción del hombre primitivo, como antecedente de la civilización europea y se sentaban las bases de lo que luego se conocería como “evolucionismo”.

Entre los que escribían sus propias obras en el terreno sin intención antropológica se encuentra el caso del viajero francés Alfred de Valois y de las notas sobre la esclavitud que tomó durante su paso por La Habana en la segunda mitad del siglo XIX, y que incluyó en su libro Mexique, Havane et Guatemala. Notes de voyage. Aquí pueden leerse sus impresiones, sus diálogos con esclavos y propietarios, así como sus opiniones y propuestas para una abolición gradual de la esclavitud.

Alfred de Valois distingue en La Habana tres clases de hombres: los que son libres, es decir, los europeos o hijos de europeos, los esclavos (de 28 a treinta mil, según su cuenta) y aquellos que han sido liberados. Lo que tiene que decir de los primeros está en función de los otros dos grupos: su interés se centra más bien en la percepción y en los argumentos que esgrimen los propietarios de esclavos para justificar esta condición. Argumentos, por cierto, mucho menos sofisticados que los empleados por los teóricos del racismo, que aquí he representado en las figuras de Hegel y De Pauw,

Habitualmente, los amos sostenían que sus esclavos vivían “felices como monjes”, pues eran bien alimentados y bien vestidos; incluso los comparaban con los sirvientes domésticos de Europa, con lo cual pasaban por alto la nada despreciable diferencia según la cual estos últimos eran libres de elegir a quien prestar su servicio, mientras que los esclavos habaneros no.

“ Usted cree -le dijo un día uno de ellos- que la esclavitud es un hecho monstruoso que ultraja la religión y la moral, pero este vicio, si es que se le puede considerar como tal, ha existido siempre y no necesariamente con una distinción de razas, de hecho, todavía hoy, en pleno siglo XIX hay esclavos blancos”

“Romanos, griegos, todos los pueblos de la antigüedad –respondió entonces De Valois- tenían esclavos blancos, negros, amarillos, en dependencia del territorio donde habían vencido a otros guerreros. Esto es un hecho histórico, pero no es suficiente para justificar la esclavitud moderna. Es cierto que los esclavos domésticos son menos desgraciados que los que trabajan en los campos en el interior de la isla, pero no por esto ha de concluirse que son suficientemente felices y que no hay modo, como suele decirse, de mejorar su suerte. Por el contrario, sus amos deben saber que su deber de hombres libres, razonables y cristianos les obliga a preparar, a través de una buena educación moral y con mucha atención a todos esos desafortunados para que puedan gozar de una emancipación que tienen como única esperanza.”

Luego nuestro autor recuerda que, si bien en La Habana los esclavos eran menos infelices, no podía olvidarse que en las granjas y centrales azucareros el trabajo estaba reglamentado con 16 horas diarias, ni que en la época del corte de caña se debía trabajar 20 horas, de 24 que tiene el día. Las mujeres esclavas eran tan desgraciadas como los hombres. Ni siquiera el embarazo las dispensaba de trabajos fuertes. Los negros esclavos no se casaban, se apareaban: sus hijos no les pertenecían.

En general, los amos evaluaban las aptitudes e inteligencia de sus esclavos a la hora de venderlos a otros o de venderles la libertad. Esto queda claro en un episodio que recuerda nuestro autor. Se trata de una conversación que sostuvo con un negro de Bilbao. Al preguntarle si sabía leer, este respondió que no. Pero cuando se alejó la persona que lo acompañaba supo que el negro no sólo sabía leer, escribir y contar bien; hablaba francés, inglés y español; y tallaba hermosos peines de concha que vendía muy caros con tal de comprar su libertad. El amo sabía que él se dedicaba a esto en el poco tiempo que le quedaba disponible, pero el esclavo, que fingía no poseer ninguna otra habilidad que la de tallar peines de conchas, había fabricado delante de aquel uno tan monstruoso que lo había movido a la burla.

Los liberados, es decir, aquellos negros que consiguieron comprar su libertad, carecían, sin embargo, de los mismos privilegios que tenían los hombres blancos: para aquellos, los cafés, los teatros, algunos paseos y lugares en las iglesias estaban oficialmente prohibidos. Además, debían ceder el camino a todo hombre blanco que encontraran, so pena de ser golpeados si faltaran a esta costumbre.

De Valois anota como una expresión corriente de los habaneros blancos para referirse a los negros liberados, que estos “son tan libres y felices como pueden serlo”, aun cuando todos conocían de las humillaciones, insultos y malos tratos que sufrían. Él los considera como “los mejores sujetos de la colonia” a causa su enorme esfuerzo: debían doblar las horas de trabajo para reunir el dinero necesario para comprar su libertad aunque, cuando finalmente la conseguían, muy pronto se percataban de que todo no había sido más que una mentira. El autor dice haber visto muchos negros liberados que lamentaban su condición de esclavos pero que, una vez libres, se sentían completamente decepcionados al ver frustrados sus sueños de independencia e igualdad, al punto de tener el suicidio como una opción. De hecho, señala el viajero francés, los suicidios eran más frecuentes entre los negros libres que entre los negros esclavos.

Cuando sus interlocutores se percataban de lo que llamaban “las negras simpatías” del autor, y argumentaban que los negros no tenían sentimiento de independencia, ni de dignidad, este les respondía que la esclavitud no formaba parte de la naturaleza de ningún ser. Pero ellos le escuchaban con cortesía sin comprender del todo.

¿No habría que concluir- se preguntaba De Valois- que los negros libres tienen un sentimiento de dignidad tanto como los blancos y que si se suicidan es a causa de la mísera condición en la cual se les mantiene? ¿Y cómo la iglesia católica de España podía concordar los principios del evangelio con esta horrible legislación que desprecia una raza de seres humanos? ¿No era tiempo de que España eliminara su política monstruosa y sus justificaciones religiosas para hacer por Cuba lo que Inglaterra con sus colonias libres ya de la esclavitud?

Otro día, un propietario le preguntó si de veras quería que liberaran a los esclavos. A su juicio, era imposible mantener la colonia sin la esclavitud. La emancipación de los esclavos traería el desorden total. “Tanto peor para las colonias”, respondió De Valois. Y de inmediato enunció lo que podría considerarse como su plan programático para la abolición de la esclavitud:

La esclavitud era una monstruosidad, la vergüenza del siglo, una mancha de la barbarie respaldada por la civilización que ha dado a luz a una suma incalculable de abusos enraizados en toda la sociedad. Lo primero que había que hacer era acabar con dichos abusos y destruir los prejuicios antes de proclamar la abolición. Había que educar a los desdichados esclavos, permitirles casarse regularmente y no separarlos jamás de sus cónyuges ni de sus hijos. No debía imponérseles trabajos que superaran sus capacidades ni jornadas que comenzaran antes del amanecer y se extendieran hasta el final del día. Sólo entonces podría garantizarse la estabilidad y la integración de los negros a la sociedad.

Finalmente, después de mostrar al propietario que no sólo desde una perspectiva humanista la esclavitud era insostenible, sino que también lo era desde el punto de vista económico, De Valois concluye: No tenemos el derecho que creer que somos personas civilizadas hasta que hayamos destruido la esclavitud en todo lugar donde exista.

Cercanías de Baracoa y modos de viajar de sus naturales.

Se ha dicho, tal vez con razón, que el sabio viajero y científico prusiano Alexander von Humboldt puede ser considerado un Cristóbal Colón racional, pacífico y  laico, es decir, un anti-Colón que tejió un puente entre el pensamiento ilustrado y romántico del siglo XVIII y el romanticismo de los inicios del siglo XIX. Un anti-Colón que llega a América sin otra compañía que su amigo, el científico francés Aimé Bonpland, y sin otro equipaje que sus libros, ideas e instrumentos científicos.

 La frustración de su intento por explorar Egipto le había hecho solicitar al Rey de España una autorización para viajar a América y realizar allí estudios científicos de toda clase. Una vez dada la excelentísima aprobación, Humboldt se embarcó en La Coruña el día 15 de junio de 1799.  Los próximos 5 años los dedicaría a recorrer una gran parte de Venezuela, Colombia, Ecuador, el centro de México, una parte de los Estados Unidos, de Perú y de Cuba.

 Alexander von Humboldt visitó Cuba dos veces: la primera vez, desde el 19 de diciembre de 1800 hasta el 15 de marzo de 1801, cuando dejó nuestro país para unirse en Lima  al capitán francés Thomas Nicolas Baudin en su expedición alrededor del mundo; la segunda vez, desde el 19 de marzo de 1804 al 29 de abril de este mismo año, para recoger los materiales que él y Bonpland dejaran al cuidado del químico cubano Francisco Ramírez.

 La imagen que el sabio alemán dejó de Cuba colonial, y sobre todo de La Habana,  en sus escritos, es generalmente negativa. La administración de la Isla, su injusticia social, la falta de preocupaciones intelectuales de la élite cubana, las malas condiciones de trabajo de los obreros, y el sistema esclavista, fueron objeto de dura crítica. Valga recordar que Humboldt no sólo extraía datos de su experiencia al contacto directo con la realidad cubana, sino que mantuvo relaciones con ricos hacendados,  azucareros  e intelectuales cubanos de cuyas ideas también se nutrió para sus estudios.

 A pesar de la extraordinaria cantidad de escritos que el viajero prusiano dejó tras su estancia en América y, particularmente en Cuba (tan sólo su obra  Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent consta de 30 tomos), en sus diarios, cartas o narraciones de viaje no suelen encontrarse redactadas con amplitud sus actividades, contactos y opiniones recogidas en la Habana. Es sobre todo  en su Ensayo político sobre la Isla de Cuba, donde dedicó largas páginas a criticar y rechazar el sistema esclavista cubano.

 En el capítulo VII de esta obra, dedicado a la esclavitud, el científico alemán reprueba a aquellos escritores que “para echar un velo a la barbarie de las instituciones con las ficciones ingeniosas del lenguaje” emplean términos como “cultivadores de negros de las Antillas”, “vasallaje negro” o “protección patriarcal”, cuya intención era encubrir los excesos autoritarios de una esclavitud  que afligía a la humanidad. Del mismo modo, von Humboldt ironiza sobre la actitud de Henry Bolingbroke, para quién el tráfico de esclavos era un beneficio universal y que, en su libro Voyage to Demerary, enumeraba con alivio medios de corrección “muy razonables” para castigar a los esclavos como, por ejemplo, hacerles comer sopa hirviendo con mucha pimienta.  

 La esclavitud era entonces para  Humboldt, el mayor de todos los males que, hasta el momento, habían  afligido a la humanidad. De ahí que las mejoras de alimento o de las condiciones de vida de los esclavos  no fueran para él suficientes: se precisaba de una toma de posición total, moral y física del hombre. A su juicio, el impulso podría emerger de aquellas metrópolis europeas, que tuvieran algún sentimiento de dignidad y que fueran conscientes de que la injusticia lleva consigo el germen de  la destrucción. Para este “impulso” se necesitaba, además, la colaboración de las colonias, cuyas legislaturas y congresos debían adoptar un plan para la erradicación de la esclavitud en las Antillas. El único modo de conseguir esto pacíficamente, apostrofaba el Barón,  era la acción de todos los hombres que habitaban en las Antillas, fueran blancos o negros, cuya coordinación sería vital para realizar los cambios pertinentes de acuerdo a cada país específico.

 Soñaba Humboldt con el día en que la venta de niños  previamente separados de sus padres y el degradante método de marcar a los negros como ganado, resultaran inconcebibles. Sin embargo, mientras la abolición absoluta no llegaba, había que decretar leyes que eliminaran estos ultrajes, disminuir la proporción entre la  menor cantidad de negras y el de los negros cultivadores, conceder la libertad a los esclavos con 15 años de servicios así como a toda esclava que hubiera criado a cuatro o cinco hijos, darles a los esclavos una parte del producto neto, y otras tantas reformas. Asimismo, como medios para “aflojar los lazos de la esclavitud”, se precisaba de una rigurosa observación de las leyes contra el tráfico de negros, así como duras penas contra los que las violasen. Estas serían sólo algunas de las medidas más urgentes.

 Salta a la vista que la propuesta de Humboldt resulta un tanto ingenua. Su deseo de llegar a la abolición por vía contractual y pacífica pasaba por alto la improbabilidad de que  quienes sustentan su bienestar económico y su estatus social sobre la base de la esclavitud renuncien a ello, como no sea cuando el esclavo se convierte en un objeto obsoleto e ineficiente. Lo cierto es que el Barón no era amigo de las revoluciones. De hecho, el estudioso alemán Michael Zeuske ha afirmado que el sabio alemán había venido a América como enemigo de la Revolución Francesa, dada su aversión a los episodios de la etapa jacobina. Según Zeuske, originalmente su enemistad alcanzaba a todo político que abogara por la violencia física abierta y el terrorismo de estado, como fue precisamente el caso de los jacobinos de la Francia de 1793 a 1794.

 La esperanza del sabio de  llegar gradualmente a la liberación de los esclavos por vía pacífica se manifiesta en su reproche al gobierno de la metrópoli por no haber escuchado las propuestas de algunos hombres de talento, miembros del Ayuntamiento de la Habana, el Consulado y la Sociedad Patriótica, para mejorar la suerte de los esclavos; lo cual había impedido introducir mejoras para el estado social de la Isla de Cuba.

 Por el contrario, afirmaba, los esclavos se exponían a peligros en plantaciones o haciendas donde permanecían a merced de groseros capataces, armados con látigos y machetes y ejerciendo impunemente la libertad absoluta. Ni el castigo ni el tiempo de trabajo se encontraban limitados por las leyes, como tampoco se encontraba prescrita la cantidad de alimentos que debía recibir el esclavo. Y aunque existía una ley que permitía a este último recurrir al magistrado para pedir más equidad por parte del amo, existía otra que le condenaba a  ser atrapado y entregado si éste andaba sin permiso a legua y media de su plantío. El esclavo se hallaba indefenso ante este tipo de contradicciones. Las supuestas consideraciones para con él no eran sino una manera muy sutil de encubrir la bestialidad e indolencia del sistema político en cuestión.

 Estas son sólo algunas de las razones por las cuales Alexander von Humboldt rechazó abiertamente la inhumanidad del sistema económico esclavista de Cuba colonial. Un sistema que, en pleno siglo XIX, dejaba mucho que pensar sobre aquellos que se llamaban a sí mismos “ilustrados” con la misma tranquilidad que explotaban y maltrataban duramente a los esclavos de la Isla. La pasividad y complicidad de las autoridades en la perpetuación de estos males ponía de manifiesto la ausencia de un humanismo anunciado a voces, así como la incapacidad de los gobiernos de tomar responsabilidad en abrir caminos a las mejoras; mejoras que tuvieron que abrirse finalmente, no mediante un contrato pacífico, como esperaba el barón de Humboldt, sino mediante las armas y en duros combates donde la participación de los esclavos los convirtió en sujetos indispensables para el cambio y en protagonistas de su propia liberación.

En diciembre de 1823 Félix Varela llegó exiliado a los Estados Unidos; en 1824 comenzó a publicar El Habanero, considerado como el primer periódico independentista de Cuba; poco después, el gobierno vigente en la Isla pagaba treinta mil pesos a un asesino para que le quitara la vida.

  Varela había navegado rumbo a España como diputado a Cortes. Allí habló de los males que aquejaban a la Isla, de la necesidad de abolir la esclavitud, de las conspiraciones contra el sistema institucional, y de otros temas cruciales.  Sin embargo, no tenía Varela la intención de solicitar la independencia de Cuba. Antes bien, su propósito era conseguir reformas  para el desarrollo social de la nación.

Defendió con tanta pasión sus ideas, soluciones a problemas y propuestas de leyes, que las Cortes declararon que no había lugar para votar por su dictamen. Y no sólo eso, sino que tuvo que salir de inmediato hacia Sevilla, luego a Cádiz, donde votó por la suspensión del Rey por incapacidad para ejercer sus funciones, de allí a Gibraltar y, finalmente, ya condenado a muerte, a los Estados Unidos. En España había visto de cerca la corrupción, el influjo de intereses personales y la poca disposición para el cambio por parte de los defensores del status quo;  de inmediato pasó Varela de reformista honrado a independentista convencido.

 En Filadelfia el maestro funda entonces el primer periódico revolucionario de la historia de Cuba que, como recuerda Gay-Calbó, había tenido como antecedentes las polémicas y discusiones que treinta años antes daban origen al periodismo con el Papel Periódico. En total se publicaron siete números, aunque en la edición de 1945 constan sólo seis, pues la búsqueda del séptimo había sido infructuosa hasta entonces. Hace algunos años el séptimo número ha sido encontrado en una biblioteca de los Estados Unidos; había sido publicado en 1826, en la imprenta de Juan Garay (Nueva York). 

El periódico en cuestión se titula El Habanero. Papel político, científico y literario, ya que en él también aparecen comentarios sobre descubrimientos de las ciencias naturales de la época, cartas respondiendo dudas filosóficas, opiniones sobre el estado eclesiástico en Cuba y por supuesto, las ideas políticas del autor. Emilio Roig de Leuchsenring encuentra que estos números permiten calificar a Varela como el primer cubano que escribe con toda claridad sobre la necesidad de romper el vínculo que ataba la Isla a la metrópoli; el primero que pone su pluma al servicio de la liberación del país; el primero, en fin, que predica la revolución como único medio de conquistar los derechos políticos y económicos de la Isla.

 Nutrido de la información que le suministraban las cartas que recibía de Cuba, y al tanto de cada acontecimiento que sucedía en Europa, Varela escribía con un estilo directo y con una envidiable lógica en la argumentación estos folletos de pequeño tamaño (dieciocho centímetros por once), y los hacía entrar a Cuba doblados en cuatro, dentro de sobres que omitían la procedencia. Ya después del tercer número, los registros de las cartas se hicieron más exhaustivos; entonces los equipajes de los extranjeros se convirtieron en los receptáculos más habituales. Una vez en Cuba, amigos y adeptos hacían copias del periódico, cuyo contenido era leído y discutido en ambientes privados.

 Impotentes ante la difusión de El Habanero en la Isla, el gobierno denunció el periódico al Rey, quien no lo pensó dos veces para prohibirlo. Curiosamente en su Real Orden, Fernando VII ni siquiera menciona a Cuba, de modo que sólo en la Metrópoli quedaría vedado. La furia que desató El Habanero puede explicarse sin dificultad. Varela abogaba por la separación política de la Isla de Cuba; de la Metrópoli sólo podía esperarse la explotación que suelen generar las tiranías. Pero tal independencia tendrían que conseguirla por sí mismos los cubanos, sin ayuda de ningún ejército extranjero; la anexión a México, a Colombia, o a los Estados Unidos no debía considerarse como una opción. Para el filósofo cubano, ningún gobierno podía estar por encima de la ley; ni el Rey tenía esos infantiles derechos divinos que solían atribuirles sus vasallos, ni los españoles tenían autoridad legítima sobre las colonias. Era el pueblo quién debía elegir a los gobernantes y sustituirlos a conveniencia; los congresos o asambleas debían ser constituidos por los gobiernos y no por las oligarquías.

 Además, Varela critica la indiferencia del pueblo cubano ante el lamentable y servil estado en que se encontraba el país pues, ocupado por resolver los propios problemas y los de la familia, cada cual ignoraba que la suerte personal dependía de la suerte de la nación. Asimismo, expone las características que hacen reconocibles a quienes usan “máscaras políticas”, así como a los “cambia colores”, esos tipejos que truecan de bando cuando el viento político gira inesperadamente condicionando la apariencia pública de sus intereses.   Las cartas que le llegaban desde Cuba hacían ver al profesor de filosofía la persecución que sufría El Habanero, a pesar de que, como se asombraba, “todos confiesan que dice la verdad”. En su opinión, mucho más subversivas eran las torpes operaciones del gobierno español.  Pero obviamente la veracidad o falsedad de las ideas expuestas en el folleto no eran el criterio para perseguirlo, sino lo incómodo que le resultaban al sistema colonialista los peligros que entrañaba aquel para su permanencia en el poder y la semilla revolucionaria que se iba sembrando en la inquieta juventud.

 Tal vez uno de los artículos más interesantes del periódico sea la carta que Varela dirige en el número cuatro a un amigo. Aquí no se sorprende el autor porque su Papel hubiera recibido una buena acogida por parte de los independentistas y una pésima por los amigos del gobierno, sino de que algunos hombres imparciales y de buen sentido asintieran ante las verdades pronunciadas a la vez que creyeran que se decían en un mal momento. Incluso, una gran parte de los agentes del gobierno estaban convencidos de que el sistema imperante era insostenible y sólo se mantenían en sus puestos para conservar sus empleos y evitar grandes trastornos. Si el gobierno cambiara, muchos de ellos cambiarían a su vez su reconocida opinión.

 Por otra parte, Varela admite todos los riesgos que conllevaría hacer una revolución en la Isla, pero, a su juicio, si bien el remedio al gravísimo mal era bastante arriesgado, a la vez era de aquellos que no pueden dejar de aplicarse y que son menos eficaces cuanto más tarde lleguen. Antes de terminar la carta, última del cuarto número, Varela aclara a su amigo que los treinta mil pesos pagados al asesino no valdrían de nada pues él estaba dispuesto a decir treinta mil verdades. Fuera un proyecto real para asesinarlo o uno virtual para asustarlo sería igualmente fallido. En el primer caso no sería fácil para ellos y, como ya había dicho, el resultado sí sería muy perjudicial y contrario a sus expectativas; en el segundo caso, el proyecto se revelaría inútil: el maestro estaba curado del mal del espanto.

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