La Edad Media fue una época mucho más fecunda en transformaciones acaecidas en el ámbito del libro, la literatura y el pensamiento, de lo que generalmente se admite; de hecho, fue el período a través del cual tuvo lugar la consolidación de la primera gran revolución de la lectura: la transición del modelo de lectura oral a la definitiva preponderancia de la actitud silenciosa ante el texto. A la vez, es la etapa donde la iglesia de la nueva religión de Occidente concentra cada vez más poder para prohibir y condenar obras y autores; para dictar y establecer un status quo de legitimación teológica; para aceptar e incluso potenciar el cambio siempre en función de la reposada majestad de lo divino.   

 Los libros dejaron de ser un mero objeto de entretenimiento para convertirse en instrumento de salvación. Como bien ha dicho Malkolm Parkes en su artículo La alta Edad Media de donde tomo la mayoría de los datos de éste y del epígrafe siguiente, si en la antigüedad romana la enseñanza de la lectura se efectuaba sobre la base de los poetas clásicos, la alta Edad Media impondrá el salterio como norma, hasta el punto de que durante siglos se continuarían utilizando para evaluar si se sabía leer y escribir. Las vidas de los santos proliferaban a la par de los libros católicos, que conducirían al lector a llevarse una interpretación adecuada de la palabra divina para nutrir el alma. Está claro que esta adecuación no era más que parte del proceso de adoctrinamiento mediante el cual el poder eclesiástico pretendía sembrar sus dogmas en las cabezas de la gente.

 Los primeros siglos de la Edad Media, constituyen el período dorado de los monjes y los monasterios. Es gracias en gran medida al monacato que ocurre  uno de los cambios más revolucionarios de la historia de la lectura: el paso de la lectura oral, distintiva de toda la antigüedad, a la lectura en silencio, modelo que heredará la posteridad hasta el día de hoy. 

 Las fuertes raigambres que tenía lectura en alta voz en la antigüedad se debilitan y quedan relegadas a los espacios litúrgicos, a la fase de aprender a leer y a la lectio monástica, donde el lector debía ejercitar su memoria “auditiva y muscular”  de las palabras como base para la meditatio.

 Es sobre todo a partir de siglo VI cuando la lectura silenciosa se comienza a imponer con más fuerza. La Regla de san Benito no pasa por alto la necesidad de leer para sí mismo para no molestar al otro; san Isidoro prefiere la lectura en silencio  porque, a su juicio, el lector aprendía mucho más si no escuchaba su propia voz.

 El hecho de que la escritura  fuera un medio de conservación de las tradiciones de la Iglesia y de fomento entre las generaciones más jóvenes favorecía el desligamiento de la asociación del sonido con lo escrito. Como dice Parkes, si en el siglo IV para  san Agustín las letras eran símbolos de los sonidos y estos a su vez símbolos del pensamiento, en el siglo VII san Isidoro considerará las letras como símbolos sin sonidos que pueden trasmitir  los pensamientos de los ausentes.

 Pronto se comenzaron a desarrollar diversas técnicas para hacer más legibles las letras sobre la página. La letra cursiva, sustituta de la uncial y la semiuncial de la época imperial tardía, traía consigo una variedad de complicados enlaces (ligados) entre las palabras que hacían realmente difícil la comprensión del texto, sobre todo en aquellas regiones donde el latín era la segunda lengua.

 Los amanuenses anglosajones fueron pioneros en la reducción de esas variantes y los primeros que produjeron la litterae absolutae, es decir, las letras invariables en minúsculas. Cada elemento tendría a partir de ahora una sola forma reconocible. Más adelante en toda Europa se adoptaría esta convención enfatizando los rasgos distintivos mínimos de cada letra.

 Esta es la base de la escritura minúscula que se empleó durante siglos en Occidente y que serían la base de los caracteres modernos, donde “cada letra tiene su propio contorno, y el “etc.” [&]- originalmente un et ligado- se percibe como una forma por derecho propio.”  

 Los amanuenses irlandeses, por su parte, abandonaron la scriptura continua y, siguiendo los criterios morfológicos mediante los cuales los gramáticos efectuaban sus análisis, introdujeron espacios entre las partes de la oración, pero sólo para el latín, pues en su lengua mantuvieron las palabras agrupadas en torno a un solo acento tónico principal (isaireasber= is aire as ber ).

 Además, desarrollaron la littera nobilior, es decir, la letra destacada para enfatizar visualmente los inicios de secciones o textos. Los amanuenses europeos les seguirían en esto, y añadirían letras sueltas tomadas de los libros antiguos,

 “para usarlas como «presentación terciaria», es decir, como litterae notabiliores al comienzo de las nuevas sententiae, la parte restante de las cuales se escribía en letra minúscula. Cuando el amanuense utiliza las versales rústicas o versales cuadradas para este propósito, podemos hablar ya literalmente, por primera vez de «letras mayúsculas» como elemento de escritura”

Continuará…

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