Modalidades de lectura: ¿huellas de una coexistencia?  

 Todos los especialistas coinciden en una misma idea: la modalidad de lectura original en la Grecia antigua fue en voz alta. Pero más allá de conformarse con una conclusión semejante, lo que resulta interesante es seguirle la pista a la cadena de inferencias. Me parece conveniente corroborar esta hipótesis sobre la base del examen de los verbos griegos; para ello, reseñaré en este epígrafe los resultados de la investigación de Jesper Svenbro al respecto, expuestos en su ensayo La Grecia arcaica y clásica. La invención de la lectura silenciosa.

 A partir del año 500 a.C. se encuentran más de 10 verbos que significan “leer” en los diversos dialectos de esta lengua,  que  testimonian un período de “puesta a prueba” en el cual se notan preferencias por algunos de ellos. Es precisamente gracias al rastreo de estos verbos que se abre una vía para la comprensión del fenómeno de la lectura.  

 Tomemos por ejemplo el verbo némein, que significaba literalmente “distribuir”; pero que se le encuentra con el sentido de “leer” en tres papeletas del lexicógrafo alejandrino Hesiquio. También Sófocles (496-406 a. C) lo emplea de esta manera cuando hace leer (distribuir oralmente) los nombres escritos en una tablilla. 

 Sin embargo, los verbos compuestos se empleaban con un significado más especializado. El poeta Teócrito atestigua que  ananémein, por ejemplo, era más frecuente en el dialecto dorio.  Así se utilizó por el poeta siciliano Epicarmo (≈530-540 a. C) y así aparece en un vaso de inicios del siglo V a. C.  hallado en Sicilia: ananémein era el verbo dórico que significaba leer.

 El uso corriente del verbo  némein, y sus formas compuestas ananémein y epinémein (este último también corroborado por Teócrito en el sentido de leer) muestran que en aquel entonces el lector era un mero instrumento al servicio de lo escrito; el texto demandaba un préstamo de la voz para que la lectura cobrara sentido, pero siempre en función de la transmisión del mensaje a otras personas, sin tomar en cuenta a quien leía. En una palabra, el lector era un mero “distribuidor”.

 En la primera mitad del siglo V, tanto en  Esparta, como en Sicilia, también se encuentra la forma ananémeszai. El epitafio de un tal Mnesitheos, inscrito en una estela funeraria en dialecto jónico comienza del siguiente modo: “¡Salve,  transeúntes! Yo descanso muerto aquí abajo. Tú que te acercas lee (ananémeszai) quién es el hombre enterrado aquí abajo: un forastero de Egina, de nombre Mnesitheos”. 

Ahora se percibe un ligero cambio en esta forma media, empleada en el epitafio de Mnesitheos: ananémeszai significaba “distribuir incluyéndose en la distribución”; esto quiere decir  que el contenido se distribuía tanto a los transeúntes como al propio lector.

Como afirma Svenbro, ese lector puede “distribuir” el contenido del escrito sin siquiera tener oyentes: “se los distribuirá así mismo, pasando a  ser su propio oyente, como si para entender la secuencia gráfica, le fuese necesario vocalizar las letras para que lleguen a su oreja, capaz de captar su sentido. Para él su propia voz se ha convertido en el instrumento”.

 Por otra parte se halla el verbo légein, que podía tener también el sentido de leer. Platón lo emplea en Teeteto: “¡Venga esclavo, toma el libro y lee! (lége)”. Entre los oradores del siglo IV a.C era frecuente la fórmula: lége tòn nómon (lee la ley). Los romanos debieron tomar prestado este verbo griego para formar su legere, es decir el verbo que para ellos significaba leer.

 Como sucede con némein, existen testimonios del empleo de los compuestos de légein para referirse a la lectura: analégein y analegesthai. Tanto némein como  légein se hallaban en el centro de dos familias léxicas “a imagen una de la otra”. A pesar de los matices, sus miembros significaban “leer”.

 Continuará…

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