Leer no es sólo decodificar de modo mecánico un conjunto de caracteres previamente inscritos en un soporte material. La lectura tiene una historia, presupone la activación de la subjetividad y su encuentro con otros mundos pensados, soñados, descritos. Para comprender su trayectoria es necesario hurgar en las tradiciones en que se enraíza este fenómeno, vital para el desarrollo de la cultura escrita, indagar en sus modalidades primarias, esto es, remontarse a la antigüedad clásica griega, cuna de las tradiciones occidentales.

 Es necesario advertir que lo que se sabe de la práctica de la lectura en el mundo griego ha tenido que deducirse de los escritos de la época, sea infiriéndolo de algunas narraciones que directa o  indirectamente dejan ver ciertos trazos; sea rastreando en la evolución del aparato lingüístico; sea estableciendo complejas hipótesis a partir de detalles aparentemente triviales; ora en tablillas funerarias, ora en rollos de papiro de diversa índole y función, ora interpretando pictografías arcaicas. 

 La dificultad de esta labor indagadora se comprende mejor cuando se conoce la profunda importancia que tenía en Grecia la tradición oral. Como ha notado el investigador sueco Jesper Svenbro, cuando alrededor del siglo VIII a. C. el alfabeto llega a aquel territorio por primera vez, irrumpe en un escenario de oralidad; un escenario donde lo que los héroes épicos perseguían era la fama, que sólo tenía sentido para ser escuchada: “La gloria de un Aquiles era, pues, una gloria para el oído, una gloria acústica, sonora”.

 Tanto es así que el alfabeto, importado de los fenicios, pronto fue modificado: se operó en él una redefinición de signos que permitió la inclusión  de las vocales. Pero la naciente cultura escrita estaría al servicio de la oral. Más que salvar la tradición épica, se contribuía ahora a la producción de sonidos, de nuevas palabras, de “gloria clamorosa.”

 Es obvio que no puede pensarse la antigüedad griega en términos modernos cuando se habla de libro o de la lectura. Tómese por ejemplo la difusión de lo escrito en un ámbito donde muy pocos sabían leer aunque, como se verá más adelante, no se dejara de disfrutar el contenido de los textos a través del oído.

 Una transición entre la escasa presencia del libro y su distribución pública la enmarca el erudito francés Roger Chartier desde el siglo VI hasta finales del V a.C. Separación que se evidencia  cuando en su obra Fedro, Platón hace decir a Sócrates que todo texto escrito “circula en múltiples direcciones” susceptible de ser malinterpretado.

 Hasta ese entonces, la función de la escritura en la Grecia clásica había sido la de conservar  los textos. Muestra clara de ello son los testimonios antiguos sobre obras científico-filosóficas o poéticas dedicadas a templos donde quedaban luego encerradas con el sello del autor, como garantía de la autenticidad del escrito.

 Pero ya los vasos áticos del siglo V. a. C ilustran no sólo escenas representativas del uso escolar de los libros, sino aquellas de lecturas protagonizadas por hombres y mujeres en contextos de ocio, que incluían conversaciones en espacios de vida asociativa. La lectura individual era poco frecuente.

 Hoy llama la atención la carencia de textos de entretenimiento en aquella época, a diferencia de los que Chartier llama “obligatorios por la profesión”. Creo que hasta podría decirse que se estaba operando una diversificación de la exclusiva función profesional a una función lúdica del texto.

 Recordemos que Platón sólo toma en cuenta en sus Diálogos los textos filosóficos, es decir, aquellos que circulaban en el ámbito académico. De hecho, las primeras colecciones privadas de libros conocidas son de carácter profesional, como es el caso  de las de Eurípides y Aristóteles.  

 Que las cosas comenzaban a cambiar también en este sentido se nota en la pregunta de Sócrates a Eutidemo: “¿Deseas ser rapsoda? (…) se dice que posees todo Homero”. Los rapsodas eran cantores populares errantes de la Grecia antigua, que recitaban sobre todo trozos de los poemas homéricos, de modo que la pregunta de Sócrates se funda en el hecho de que quien poseía “todo Homero” era con algún propósito profesional. Sin embargo Eutidemo no tenía tal propósito, sino el de leer cuantos libros le fuera  posible.

 En el Erecteo, de Eurípides, se leen los siguientes versos: “posa la lanza […], pueda yo desplegar la voz de las tablillas de donde sacan fama los sabios”. Esta lectura en voz alta, afirma Chartier, no tiene vestigio profesional. También un libro de arte culinario mencionado por Platón indica que a comienzos del siglo VI a.C. comenzaban a circular algunas  literaturas de consumo.

 Continuará…

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