Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

El período comprendido entre 1800 y 1868 ha sido considerado como uno de los más prolíferos en cuanto a emigraciones francesas hacia el oriente cubano (1). Esto significó, más que un mero crecimiento demográfico en la Isla, un importante florecimiento de la agricultura y el comercio, así como una valiosa entrada al país de elementos culturales, modos de vida y costumbres que llegarían a ser parte indisoluble de la cultura cubana.

No todos los flujos migratorios franceses llegaron directamente desde el país europeo, ni la inmigración de los galos comenzó en el siglo XIX. Se conoce que ya en el último quinquenio del siglo dieciocho existía en Santiago de Cuba una discreta población de franceses provenientes de las colonias americanas. De hecho, los registros muestran que por esta fecha vivían allí 918 galos, la mayoría comerciantes, colonos y artesanos, muchos de los cuales se hallaban casados con criollas de la región.

La revolución haitiana propició el primer gran flujo migratorio del siglo, sobre todo entre los años 1800 y 1809, con el arribo de más de veintisiete mil individuos de todas las clases al territorio oriental. La ciudad de Santiago de Cuba, que por esa fecha no disponía de aceras, ni de calles empedradas y que desconocía el uso del quinqué y de las lámparas, se vio afectada ahora con la falta de agua potable, de abastecimientos y de espacios para contener tan grande oleada.

Pronto los recién llegados se percataron de las favorables condiciones geográficas que presentaba esta nueva tierra. En un inicio se orientaron fundamentalmente hacia las actividades portuarias, y hasta llegaron a desplazar temporalmente el comercio de los catalanes asentados en la jurisdicción. El puerto de Santiago de Cuba cobró mucha más actividad, hasta el punto de reportar altos niveles de desarrollo mercantil.

El corso también alcanzó una gran demanda: constituía una fuente de subsistencia y acumulación de recursos a la vez que ofrecía empleo a armadores franco-haitianos radicados en la jurisdicción. Se cita el caso de goletas de refugiados franceses que, tripuladas por mulatos y negros, proporcionaron a los colonos los fondos necesarios para establecer algunos cafetales en Cuba.

Con esta alza demográfica, además de lograrse por primera y única vez en la historia de Santiago un relativo equilibrio entre blancos y negros, ocurrieron algunos pequeños cambios sociales como la apertura de una nueva botica, la habilitación de inmuebles del gobierno, la facilitación del arribo de víveres y carnes desde otras plazas o la ampliación de las postas de correo.

Además, el Capitán General de la Isla y el gobernador de la jurisdicción aprobaron el fomento de la agricultura plantacionista cafetalera, con el empleo de emigrantes franco-haitianos, sobre todo de aquellos franceses blancos que resultaban “solventes y confiables”, y que por tanto eran considerados como de buena opinión.

Ya en 1804 se contaban en tres mil hombres los que cultivaban las tierras improductivas. Se compraban, vendían y revendían terrenos, a la par que se creaban proyectos económicos con capitales criollos, franceses y de otras nacionalidades. La combinación de estas actividades agropecuarias con las marítimas llegó a convertirse en un motor para la economía santiaguera.

Para 1807, año en que Cuba exporta café sobre todo hacia los Estados Unidos y España, un informe de Sebastián Kindelán, gobernador de Santiago, revelaba la suma de quinientas mil plantas de café cuya producción de diez mil quintales podría cuadriplicarse en 1810. Pero pronto este auge se vería opacado. La guerra entre Francia y España condicionó una orden de la capitanía general de la Isla que obligaba al exilio a franco-haitianos y franceses residentes. Ciertamente, esta no era una buena noticia para Kindelán, quien había visto el desarrollo económico alcanzado en muy poco tiempo por su jurisdicción gracias a la tenacidad y el espíritu francés.

Ni corto ni perezoso decidió entonces escribirle al Capitán General para expresar su “prudencia preparatoria para hacer efectivo el cumplimiento de sus órdenes superiores, relativas a la exportación de los extranjeros de la nación francesa”. El Capitán General se mostró impasible: sólo los franceses naturalizados y cuya conducta fuera “arreglada a las costumbres españolas” podrían permanecer en Cuba.

Morro y entrada del Puerto de Santiago de Cuba

No se conoce con exactitud la cifra de franceses expulsados de Santiago de Cuba. Lo que sí se sabe es que la mayoría se mudaron a la parte sur de los Estados Unidos; y que el éxodo se realizó sin violencia, contrariamente a lo que sucedió en otras regiones del país.

El corto plazo otorgado a los franceses para negociar sus bienes los obligó a vender en precios risibles y sumamente desventajosos para ellos. Incluso aquellos que estaban naturalizados sufrieron la retención de sus bienes así como el estado de rechazo creado hacia todo lo que estuviera relacionado con la procedencia gala, fundamentalmente por parte de algunos grupos y personas, como fue el caso del Obispo de Santiago de Cuba.

Pero como los vientos políticos suelen afectar para bien o para mal a los individuos, en 1814, con el restablecimiento de la paz entre Francia y España, se permitió el retorno de los franceses emigrados que, sumados a otros nuevos, constituyeron lo que se ha considerado como un segundo flujo inmigratorio francés a Santiago de Cuba.

No sólo las sociedades económicas se incrementaron con este segundo flujo sino que, para 1817, Santiago se convirtió en una potencia mundial de exportación de café. Para ello fue necesaria una notable expansión del grano en la jurisdicción; se crearon viales para poblar la Sierra Maestra, así como sistemas de acueductos y se aprovecharon algunas tierras improductivas hasta la fecha.

Entre 1818 y 1835 se ubica el tercer flujo inmigratorio a Santiago de Cuba, respaldado por una Real Orden que pretendía “blanquear” a la población cubana. En este período debieron llegar alrededor de setecientos treinta y un inmigrantes procedentes de la región sudoeste de Francia. Es de notar que no fuera la agricultura el polo de atracción económica, pues sólo el 23 % del total se dedicaría a este tipo de trabajo. El comercio y las actividades portuarias se fortalecen ahora mucho más que en el período anterior.

A partir de 1821, unos años después del tratado entre España e Inglaterra para la supresión de la trata de negros, se incrementa el tráfico de esclavos y el puerto santiaguero se convierte en uno de los más activos en este sentido; pero también cobra fuerza la exportación de azúcar, miel, miel, cera, café, tabaco y aguardiente de caña.

Poco después la minería surge como un nuevo factor de desarrollo económico; se habla incluso de una “fiebre minera” para referirse a la nueva situación creada. De hecho, algunos inmigrantes dejaron el trabajo agrícola para dedicarse a este prometedor renglón de la economía.

En 1830 se consolida la primera sociedad económica francesa para la explotación minera, que contará con las mejores técnicas para la explotación mineral y con una gran fuerza de trabajo, por lo cual se cuenta entre una de las fuentes económicas más importantes del período. También surgieron sociedades relacionadas con tiendas de pulpería, almacenes, sastrerías, y otras de ventas de artículos al por mayor, etc.…

El cuarto y último flujo de inmigrantes franceses a Santiago de Cuba en el período abordado se sitúa entre los años 1836 y 1868. En su mayor parte, provenían de la parte atlántica francesa y se registran en un número de más de dos mil doscientos.

La economía se fortalece en la medida en que los inmigrantes se incorporan a las tradicionales fuentes de ingreso. Pero van más allá. En 1851 los franceses promueven una línea de vapores para lograr una mejor comunicación entre Santiago de Cuba y Nueva York; surgen nuevas compañías y sociedades dedicadas a la panadería, al comercio de madera preciosa y al desarrollo ferroviario.

En 1844 el ingeniero francés Julio Segebien realizó el proyecto de la vía ferroviaria del Departamento Oriental, considerada como la primera obra de este tipo en la región y que se proponía unir las minas con el puerto santiaguero. Este y otros ingenieros aportaron grandes sumas para la expansión del ferrocarril, a la cual se le destinó una gran parte del capital de las sociedades, sobre todo desde 1843 y hasta 1861.

La producción de café se mantuvo en el primer lugar de la agricultura por encima del azúcar. Fue precisamente en la década del cuarenta cuando Santiago de Cuba alcanzó su mayor nivel productivo de este grano; y también cuando, ya al final de la misma, comenzó a declinar, debido a la quiebra de algunos hacendados, a la atracción que representaba la explotación de los yacimientos del cobre, al igual que la producción de azúcar. Pero la gran crisis de la producción de café en la región estaría marcada por inicio de la primera guerra de independencia.

Está claro que estos emigrantes no se consagraron exclusivamente a los pocos renglones económicos anteriormente mencionados. De hecho, existen curiosas diferencias en cuanto a la contribución de cada oleada inmigratoria. Así, en los flujos indirectos se destaca más la presencia de hacendados, comerciantes y hombres de mar; mientras que en los directos fueron los oficios y profesiones los más numerosos. La panadería, la medicina, la ingeniería, el derecho, la pedagogía, la carpintería o la gastronomía fueron también algunos de los sectores donde aquellos franceses del siglo XIX, que escogieron a la Isla de Cuba como destino económico, dejaron su impronta.

Nota:  

1- A demostrar esta aseveración está dedicada la obra de la investigadora santiaguera Laura Cruz Ríos Flujos migratorios franceses a Santiago de Cuba (1800-1868), de la cual tomo los datos que cito. La variedad de fuentes que emplea y, particularmente, el recurso a documentos de la época obtenidos en los archivos de Santiago de Cuba convierten esta investigación en un texto de necesaria consulta sobre el tema.

 

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